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Mié, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Hace unos años tuve la oportunidad de trabajar con el grupo artístico Škart, formado por Dragan Protic y Djordje Balmazovic. Antes de conocerlos en persona lo único que sabía de ellos, pues así estaba expuesto al aire en una página web, es que su objetivo como artistas era la “arquitectura de las relaciones humanas”. Qué bello eslogan, ¿verdad? La primera vez que tenía que encontrarme con ellos era en Belgrado, su ciudad natal, donde debíamos desarrollar un proyecto que después se llamó “Corners of Europe”. Cuando pisé tierra serbia, junto con esos nervios característicos que acompañan a la incertidumbre de todo nuevo proyecto, tenía una curiosidad punzante por saber qué era aquello de la “arquitectura de las relaciones humanas”. Bueno, pues ¿saben lo que hicieron Dragan y Djordje para conocerme nada más puse pie en Belgrado? No me invitaron a cenar, ni a tomar algo, ni me arrastraron de ruta turística por la ciudad… ¡Me llevaron a jugar al ping-pong! No es que fuera su pasatiempo favorito. En realidad, jugaban bastante mal. Pero me pareció un lugar idóneo para conocer a alguien por primera vez. Sin darte apenas cuenta, mientras juegas y recoges la pelotita, va fluyendo la conversación. En nuestro caso conversábamos sobre todo recogiendo la pelotita, porque como les decía éramos bastante malos. Pero siempre frente a frente, en una distancia adecuada, ni muy lejana ni muy cercana, y bajo una atmósfera de juego distendido... y la pelotita viajando de un lado al otro de la mesa, como las palabras. 

 

Conociendo como ahora conozco a Dragan y Djordje, sé que aquella idea de jugar al ping-pong no fue fortuita. Habían buscado el espacio arquitectónico idóneo para propiciar un primer encuentro divertido, humano, especial. Y así fue. Mis amigos serbios me habían ofrecido un bello ejemplo de cómo los espacios y su arquitectura tienen la capacidad de moldear las relaciones entre personas.

A la hora de enseñar o de guiar grupos, la arquitectura del espacio es esencial para determinar el tipo de vínculo que se quiere tejer entre la gente. Cuando daba clases de farmacología en la Universidad, la distribución del aula imponía claramente la comunicación que se debía instaurar entre profesor y alumnado. Sobre la tarima alzada, a la vista de todo el mundo, quien habla, enseña y dicta escribiendo en letra grande sobre la pizarra. Abajo, en sillas apiñadas, quienes atienden, callan y toman apuntes en letra pequeña. El aula universitaria no sólo establece la jerarquía entre profesor y alumnado, lo hace también entre el propio alumnado, pues no es lo mismo ser alumna de primera fila que serlo de la última. Como alumno uno ve menos y escucha menos, y a uno también se le ve menos y se le escucha menos a medida que su fila se pierde hacia el fondo del aula. En esta jerarquía espacial el rol que deben adoptar unos y otros se puede escuchar como un consejo fuerte. El profesor o profesora debe enseñar en acción: él o ella es quien explica, establece, impone. El alumnado debe aprender en pasiva: son quienes en silencio atienden y escriben. Evidentemente, quien lleva la batuta siempre puede romper la inercia y buscar quiebros pedagógicos para encontrar maneras de comunicación más activas y ricas con su alumnado, pero tendrá que ir en contra de lo que el espacio está proponiendo por sí mismo. 

Cuando dirijo o doy clases de teatro intento ser muy consciente del espacio en el que se plantea el encuentro entre las personas. Siempre comienzo las sesiones o los ensayos en un círculo aproximado, bien sentados o de pie. El círculo no es un tipo de espacio que me resulte particularmente atractivo pues tiene algo de imposición, de simetría forzada, pero desgraciadamente muchas veces es necesario moldear los marcos de encuentro desde fuera para posibilitar una igualdad entre las personas que la herencia social y cultural tiende a negar. Y en un círculo hay un mensaje que se puede leer intuitivamente: aquí estamos todos, todas, ahora, y trabajaremos de igual a igual, como colectivo, al menos en las siguientes horas que nos hemos dado. Eso no significa que las responsabilidades de uno se mezclen y diluyan con las de otros. Quien dirige, dirige, quien actúa, actúa, quien es alumna, es alumna. El espacio no tiene por qué enfatizar lo obvio, sí tiene, en cambio, que propiciar la naturalidad y la humanidad de la comunicación entre las personas; lo cual resulta particularmente relevante ensayando o enseñando teatro pues el escenario no deja de ser un espacio de juego y de exploración de las relaciones humanas. Siempre he creído que la atmósfera de los ensayos se filtra inadvertidamente en los espectáculos. 

Podemos moldear los espacios para crear lugares propicios para el encuentro, para el juego, para el fluir de la comunicación, para mover y conmover a las personas.

Un bellísimo ejemplo de lo que hablo es la instalación “Nowhere and Everywhere” de William Forsythe. El coreógrafo estadounidense cuelga del techo infinidad de pequeños conos pesados de metal en un amplio y diáfano espacio. Los conos se accionan y comienzan a moverse de un lado a otro como si fueran pequeños péndulos. El espacio antes estático se vuelve dinámico e impredecible con el incesante ir y venir de tanta cuerda y cono metálico. Quienes visitan la instalación tienen la hermosa posibilidad de entrar en ese espacio y desplazarse libremente por él mientras esquivan, miran o juegan con los péndulos en movimiento. Nadie les dice que tienen que bailar, ni cómo tienen que hacerlo. Es el espacio quien invita gentilmente a las personas a danzar, a moverse en patrones no definidos, en ritmos nunca bailados.

Hablamos de espacios que mueven y conmueven, pues no sólo afectan a la movilidad física, evidente a simple vista, sino que también son capaces de tocar la esfera más intangible de las personas, aquella que alberga sus percepciones y emociones. 

Una de mis primeras experiencias con estos espacios fue con las esculturas de Richard Serra del Guggenheim de Bilbao. Atravesando aquellas mastodónticas paredes de metal oxidado, con sus caprichosas curvas, espirales y recovecos, percibí vértigo, claustrofobia, como si caminase sobre una cubierta de barco con los sentidos aturdidos. Aquel espacio me capturó, alteró mi sentir del tiempo, como ralentizándolo, como meciéndome en un sueño extraño. Era la primera vez que una escultura me producía unas sensaciones físicas tan notables. Al margen de este agitar interno que se me reproduce cada vez que visito esas esculturas, hay otra cosa que admiro de ese mundo de láminas gigantes y color herrumbroso, y que a buen seguro odian muchos visitantes que necesitan militar en el silencio para apreciar el arte, y es la capacidad que tiene ese mundo de Serra para poner a jugar a las niñas y niños, que no pueden evitar corretear entre sus muros, perderse y aparecer, o desafiar al eco con su voz gritona. 

Un último ejemplo de estos espacios capaces de tales transformaciones son los columpios que un arquitecto, Ronald Rael, y una diseñadora, Virginia San Fratello, han construido en la frontera entre Estados Unidos y México. Atravesando el muro creado por el Reich de Trump, los columpios rosas permiten a niños y niñas de un lado y otro de la frontera jugar juntos al balanceo y entender, en el lenguaje de las metáforas, que aquello que uno hace a ese lado tiene un efecto en este otro lado. Ahí lo tienen: la pericia artística convirtiendo un muro indignante que distancia y desalma, en un espacio de unión y divertimento, transformando la prepotencia y el odio en una acción humanista y política. 

Hace poco el abogado medioambiental Gus Speth decía lo siguiente: “Pensaba que los problemas medioambientales más graves eran la pérdida de la biodiversidad, el derrumbe de los ecosistemas y el cambio climático. Pensaba que en 30 años de buena ciencia se podrían resolver esos problemas. Pero me equivocaba. Los mayores problemas medioambientales son el egoísmo, la avaricia y la apatía. Y para enfrentarnos a ellos necesitamos una transformación espiritual y cultural. Y los científicos no sabemos cómo hacer eso”. Y quizá Gus tiene razón. Quizá no sólo los problemas medioambientales, sino los problemas que nos llevan a un mundo cada vez más perverso e inhabitable pasen por un derrumbe de todos estos muros físicos y morales que estamos construyendo. Y para derruir esos muros quizá necesitemos un gran mazo de astucia que sólo se puede construir desde un imaginario que sitúe al ser humano y su cultura en el centro. Y quizá ni los científicos ni otros técnicos sepan construir un mazo así, pero quienes sí podrían hacerlo son los artistas, cuya especialidad es, precisamente, todo aquello que concierne a la imaginación, el espíritu y la cultura.