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Mar, Mar

El Tío Vania de Veronese

Durante el otoño madrileño he podido disfrutar de una programación teatral amplia y variada, donde la revisitación de materiales clásicos ha sido constante. Entre las propuestas más atractivas, el Teatro Valle Inclán del Centro Dramático Nacional ha estrenado Espía a una mujer que se mata, escrita y dirigida por el argentino Daniel Veronese a partir de Tío Vania, una de las obras más representativas de Anton Chéjov. Temas como el aburrimiento, la vida rural donde aparentemente “nunca sucede nada”, la desidia, la nostalgia y el amor no correspondido, son cuestiones que nunca se ausentan de la dramaturgia chejoviana.

Aunque los montajes inspirados en el gran autor ruso suelen ir acompañados de un alto vuelo filosófico, aquí la particularidad no está en el éxito asegurado de un texto que parte de un clásico, sino en la maestría del director de la puesta que consigue una visión de la sociedad de este tiempo sin traicionar el espíritu original. Veronese ha logrado, con muy buen juicio, un equilibrio entre verosimilitud e intensidad en las situaciones dramáticas, y lo que me parece aún más interesante, dentro de un espacio escénico minimalista y sugerente.

“Una mesa, dos sillas y una botella. Quitando elementos hasta llegar a la expresión mínima, adecuada para los actores. Espía a una mujer que se mata acaba sedimentando algunas cuestiones de orden universal: el alcohol, el amor por la naturaleza, los animales toscos y la búsqueda de la verdad a través del arte. Dios, Stanislavski y Genet, desvencijados”. Esta afirmación del propio Veronese nos permite percatarnos de que la prioridad es desnudar las biografías de los caracteres en un exhaustivo trabajo del actor, del dominio del espacio vital, más que proponer una nube de artificios inservibles con los que muchas veces se atiborra a los clásicos.   

No se avista una concepción realista, mucho menos naturalista de la obra. La compresión extrema tanto de la fábula como del ámbito de acción ponen en primer plano la labor de los intérpretes y el tratamiento que dan a sus personajes, quienes transitan por un mundo de dudosas certidumbres, colmado de cinismo y de recelos. Y aunque la obra de Chéjov viene a ser en este espectáculo un vehículo para dialogar acaso con la realidad española, me quedo con una lectura que va más a lo humanístico y a lo universal, a los conflictos de estas personas que confluyen, sus sueños lastimados y sus penas.   

El relato y los personajes se nos muestran sin grandes variaciones con respecto al original. Vania (Ginés García Millán), el tío de Sonia (Marina Salas), enloquece de amor por Elena (Natalia Verbeke), la madrastra de su sobrina. Infelizmente casada con el profesor Serebriakov (Pedro G. De las Heras), en algún punto de la ficción Elena tiene un momento de debilidad emocional y termina besándose con el doctor Astrov (Jorge Bosch), amigo íntimo de la familia. Sonia, hija del primer matrimonio del profesor y con una baja autoestima porque se cree fea, siente una gran admiración de la inteligencia de Astrov, que confunde con amor. Otros dos personajes conforman la ficha: Teleguin (rol masculino en Chéjov que aquí asume Malena Gutiérrez), amiga cercana a la familia, cuyo matiz jocoso es una certitud que el montaje agradece, y María (Susi Sánchez), madre de Vania y admiradora de Serebriakov, típica mujer sin voz ni voto pero precisa en sus comentarios.

Vania sintió gran admiración por Serebriakov y lo consideró un genio de las letras. Pero en este momento, con el profesor exiliado –por voluntad propia y su delicada salud– a la estancia campestre, se suscitan una serie de conflictos que siempre estuvieron latentes. Crisis existencialista, óptimamente trabajada por el director y defendida por García Millán, que lleva al protagonista a desatarse y liberar todos sus demonios ante el anciano y los demás, al alegar que ha desperdiciado su vida ayudándolo y aquel se ha comportado como un egoísta y malagradecido.

Otro punto favorable de la puesta es la exquisita ilación de diálogos y estados afectivos lograda por los actores Jorge Bosch y Natalia Verbeke, cuando Astrov, defensor acérrimo de la naturaleza, le muestra a Elena un mapa y se dispone a explicarle sus conocimientos sobre el bosque en extinción y las posibles consecuencias que la desforestación puede causarle a la humanidad; pero este tema carece de importancia para Elena, quien se siente profundamente atraída por el doctor. Me sedujo asimismo Marina Salas en el rol de Sonia: una actriz que se mantuvo viva durante la hora y cuarto que duró aproximadamente la representación.

Veronese es sutil en el diseño sonoro, compuesto solamente por una filarmónica y la voz de los actores. Resulta curioso, además, que no hay cambios de luces hasta el apagón final, y francamente no fueron necesarios. 

El relato chejoviano ya es potente en sí mismo, pero la encarnación de estos actores con una calidad extraordinaria lo ratifican contundentemente. Gracias a la experiencia del director, Daniel Veronese, quien ha ideado una puesta en escena singular y que cruza referentes ineludibles del teatro contemporáneo –si tenemos en cuenta un dato como la inserción de breves textos de Las criadas de Genet, con los que Vania y Astrov juegan a representar– en función de un resultado metateatral relevante.

Roger Fariñas Montano

 

 

 

 

 

 

 

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