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Dom, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

La otra noche asistí al ensayo general del Hamlet de Kamikaze en su vuelta al escenario del Teatro Pavón. Me parece un espectáculo ambicioso, un buen trabajo en general, espacio escénico, audiovisuales, idea estética e interpretación en consonancia, dentro de una coherencia. Y todo es opinable. Claro que sí. Es una mirada actualizada. Antes y después pude charlar un rato con Miguel del Arco y Aitor Tejada, que siguen recibiendo a los espectadores cada noche, cuidan la programación, sus producciones, pero... lo están pasando muy mal económicamente. No logran cuadrar los números. Ellos dos llevan meses sin recibir ni un euro de su trabajo en el Pavón, yendo bien, teniendo obras que han recibido la aprobación de crítica y público, no salen los números. Necesitarían tener una ocupación por encima del setenta por ciento de su aforo para acercarse a un nivel adecuado de sostenibilidad.

Se pueden hacer muchos análisis sobre esta situación. Celebramos la valentía de la gente de Kamikaze al dar este paso al frente, gestionar un teatro, hacer de él su sede y un foco de producción y exhibición. Y pensamos en aquel momento que dada su buena situación en el panorama teatral, su marca, la virtualidad de sus producciones, la aventura iba a ir bien. Y nadie puede decir que vaya mal, lo que sucede es que tropieza con la tozuda realidad. Los públicos buscan seguridad, nombres televisivos, ofertas sencillas sin riesgos. Y no es el caso de Kamikaze que siempre se mueve en el borde y los riesgos.

Pero hay otras cuestiones a señalar: Kamikaze paga seguridad social, impuestos varios, sueldos a quienes actúan, el alquiler del teatro, los derechos de autor. Y eso es importante tener en cuenta. Una gestión privada, hasta este preciso momento, sin ningún tipo de ayuda porque no existe ni en el ayuntamiento de Madrid, ni en la Comunidad, ni en el INAEM, ayudas específicas para este tipo de sala, que no es alternativa, es decir, es un teatro importante pues hay que recordar que hasta hace muy poco era la sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, pero que a poco que se quiera analizar en profundidad su programación no es comercial. El repertorio mostrado y los espectáculos invitados son una tercera o cuarta vía, es un teatro que busca otros lenguajes, nuevos públicos. Y eso debería tener ayuda institucional.

Es importante el matiz de la defensa de los derechos de los trabajadores, de actores, técnicos y demás, porque establecer una red de locales basados en la pauperización del mercado laboral, la pérdida de derechos, la falta de pago, la instauración de la miseria como signo de alteridad es algo que hemos denunciando siempre aquí. Y somos asiduos visitantes de estas salas que buscan la sobrevivencia. Comprendemos su situación, apoyamos sus esfuerzos, pero instamos a todos a buscar soluciones viables antes de que se acabe con la profesión o se deje en un terreno seudo-profesional. Frente a la tozudez quizás sea bueno inocular dosis de dignidad. O hacerlo todo con mucha más transparencia.

Yo me tomo la defensa del Pavón como algo personal, profesional, estructural. No se puede empujar a nadie al sufrimiento, ellos son los que deben decidir si siguen o no, pero desde aquí intentaremos ayudar a su sostenibilidad. Será poca ayuda, pero entre todos debemos defender estos espacios que no son un cortijo institucional, ni un supermercado teatral. Es una obligación para quienes amamos las artes escénicas y creemos en la iniciativa privada, en la libertad y en una cultura democrática.

Y de paso, recordar que hay otra batalla importante en marcha, ayudar a que no se pierda La Veleta, esa sala de Almagro donde están Luis y Elena defendiendo el teatro iberoamericano desde siempre y ahora están necesitando ayudas para seguir. El CELCIT no puede quedarse sin sala, sin voz, sin sitio.

Maldita realidad.