Sidebar

30
Lun, Nov

Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

Wikipedia dice que el estornino (Sturnus vulgaris) es una especie de ave paseriforme de la familia Sturnidae nativa del Palértico. Bueno, dice muchas cosas más pero para mí, lo más interesante son esas grandes bandadas que parecen campos de trigo flotantes sacudidos por el viento en los cielos en invierno. Todos hemos visto alguna vez esos bailes sincronizados hipnóticos, con cambios de dirección y de alturas dignos de estudio. Para realizar esos bailes, los estorninos tienen en cuenta varios aspectos siendo el primero de ellos la comunicación: haciendo mucho ruido, informando al resto de estorninos de cuál es su posición, evitando de esta forma que los individuos dentro del bando se golpeen o se molesten al volar. No se ha detectado si existe algún integrante dentro de la bandada que inicie los movimientos, puede que sean varios los que, en una especie de red perceptiva, los inicien, aunque como digo, no se sabe con certeza y puede que sean todos los que decidan generar esos movimientos simultáneos.

 

Bien. Pensando ahora en una audiencia teatral, reformulo las dos últimas frases del párrafo anterior: Para poder percibir de forma sincronizada y aceptando las variaciones en sus respuestas psicofisiológicas, los espectadores tienen en cuenta varios aspectos, siendo el primero de ellos la comunicación. Si bien un estornino dentro de una bandada se ve obligado a hacer ruido para indicar al resto de estorninos su posición y evitar golpes durante el vuelo, la presencia de un espectador dentro de la audiencia lleva asociada un ruido perceptivo correspondiente a su manera de percibir lo experimentado durante la obra, algo que es recogido por el resto de los espectadores para fundar una percepción global. Dicho de otra manera, un espectador sufre de una pérdida de identidad perceptiva frente al resto de la audiencia, circunstancia que le obliga de manera inconsciente a adherirse al estado atentivo y emotivo grupal.

La dinámica de grupo es el concepto que estudia este fenómeno y pertenece a los dominios de la psicología social. Se refiere a cómo los individuos afectan a los grupos y cómo estos influyen en los individuos. Las conclusiones de los estudiosos vienen a indicar que la naturaleza humana del individuo hace que este quiera y busque pertenecer a un grupo. La teoría fue introducida por primera vez por Gustave Le Bon en su libro, The Crowd: A Study of Popular Mind, de finales del siglo XIX donde reflexionaba sobre la mente colectiva y cómo esta toma posesión del individuo: cómo y por qué las multitudes producen comportamientos no característicos en un individuo. Posteriormente, ya en 1943 en un artículo de Abraham Maslow, A Theory of Human Motivation, el autor proponía que la jerarquía de las necesidades humanas incluye una etapa que enfatiza la necesidad de un individuo de sentir un estado de pertenencia. Se asume que un grupo genera una pérdida de la autoconciencia o la capacidad de mirar hacia adentro y una falta de lectura de la voluntad propia, por lo que se abre la posibilidad a pensar que los sentimientos y las emociones que tenemos como espectadores durante una representación teatral no son del todo propios. Esta característica humana, también conocida como desindividuación, es un estado que alcanza un individuo, quien estando en un grupo, modifica su reactividad a las señales externas como las que recibimos en una representación teatral. Como teoría es válida mientras no se demuestre lo contrario y lo cierto es que hasta la fecha todos los experimentos encaminados a validar estas afirmaciones han sido y siguen siendo no-empíricos, esto es, basados en observaciones y encuestas. 

El año pasado tuve la fortuna de ser invitado como investigador a un proyecto en Brasilia donde estudiamos, entre otros escenarios, el que acabo de presentar, con una tecnología no invasiva que mide la psicofisiología del espectador durante la representación, la actividad electrodérmica (EDA). La metodología que utilizamos fue la siguiente: se invitó a dos niños a presenciar un pasaje de una obra teatral de unos cinco minutos a los que medimos sus reacciones atentivas y emotivas. Los niños entran al teatro por puertas distintas y se sientan en sitios alejados de tal manera que no se ven el uno al otro. Terminado el tiempo, salen, una vez más por puertas distintas, de tal manera que durante la representación han asumido que han sido los únicos espectadores. Esto se hizo así para poder estudiar dos espectadores en una sola representación. A continuación se hace pasar a toda la audiencia y vuelva a medir las reacciones psicofisiológicas de los niños, esta vez en grupo. De ser correcta la teoría, las mediciones de atención y emoción captadas en la primera ocasión frente a la segunda podrían mostrar un patrón similar pero con distintas intensidades, es decir, existiría una pérdida de autoconciencia a lo experimentado y esa falta de lectura individual estaría mediada por el sumatorio de las percepciones del grupo. No voy a adjuntar curvas, pero créame el lector cuando digo que eso fue exactamente lo que captamos y procesamos. 

Somos animales sociales, y en sociedad inconscientemente interpretamos señales de manera distinta. El refrán dice que “donde fueres, haz lo que vieres”… pero bueno, no siempre hay que hacerle caso. Un espectador puede luchar por no caer en esa corriente perceptiva. Inténtelo. Examínese la próxima vez que vaya al teatro y piense si sus vecinos de butaca le condicionan la mirada. De ser así, no se preocupe, es normal, y si no, posiblemente sea de los estorninos que hacen bailar a los demás, porque digo yo, alguno tendrá que hacerlo, ¿no?