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Mié, Jul

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Sea lo que sea lo que hagamos, dondequiera que lo hagamos, siempre buscamos sentirnos realizados. Y para sentirnos realizados necesitamos progresar. Y no sólo eso: necesitamos percibir el progreso en nosotros y poder mostrárselo a los demás. Es algo innato en nosotros que por mucho que aderecemos con discursos intelectuales y buenas formas, subyace en cada una de nuestras acciones. El deseo de progreso está siempre ahí, aunque a veces no lo escuchemos. Funciona como un motor silencioso que trabaja sin descanso, como las patas de los gansos que chapotean sin cesar bajo una presencia majestuosa. Schof, schof, schof. Siempre queremos ser mejores de lo que fuimos ayer. Y cuando lo conseguimos queremos disfrutarlo y que los demás disfruten observándonos.

José Antonio Marina, filósofo y viejo conocido en esta columna, cree que todo esto de lo que hablo se materializa y expresa de forma inequívoca cuando somos niños, cuando las palabras todavía salen sin pulir por la boca y decimos: "¡Ama-ama-ama! ¡Mia, mia lo que hago!". Ahí está. Sentimos haber alcanzado un logro, algo inimaginable para nuestra pequeña cabecita, y necesitamos compartirlo con alguien cercano. Imperiosamente. Alguien que lo vea y lo aplauda. Sin alabanzas no hay paraíso. La cuestión es que por muy mayores que nos volvamos o nos creamos, esta propensión a demostrar nuestros méritos recientes no desaparece. Se vuelve una necesidad sutil, secreta, escondida, que no ensucia nuestras apariencias. Pero sigue estando ahí. Aunque apenas se la sienta. Como las patas de los gansos.

Nos toca hablar de las gentes que viven en el arte y sus alrededores, y quizá ya se huelen las preguntas: ¿En qué dirección progresamos en estos momentos cuando la estructura que habitábamos está derruida? ¿Dónde pisamos ahora cuando lo que antes era sólido ha dejado de serlo? ¿Cuáles son las coordenadas según las cuáles decidiremos qué es éxito o fracaso? ¿Cuándo exigirá nuestro niño interior ser el foco de atención por haber alcanzado una meta?

Y ahora nos toca hablar de teatro. Hace un tiempo progresar podía ser tener cada vez más funciones. Tener mejores contratos. Que se aplaudiese tu trabajo aquí, pero también en algún lugar remoto. Ganarse la vida haciendo arte. Y con el tiempo ganársela holgadamente. Que llegado un momento el sueldo diese para celebrar fiestas sin tener que presupuestar la alegría de antemano. Que la furgoneta deje de ser un camerino. Que el camerino deje de ser el restaurante que siempre ofrece sándwiches para cenar a deshora. Desacostumbrarte a cargar y descargar escenografías para que se acostumbren otros. Que lo más cansado que haya que hacer sea la función y no su desmontaje.

Hace un tiempo, decía, quizá podíamos trazar la trayectoria de nuestro progreso por estos derroteros. Pero hoy sabemos que son caminos etéreos. Que quizá estuvieron ahí durante algún tiempo, pero hoy nadie puede contar con ellos. O peor. Que si seguimos empeñados en intentar mejorar nuestro status por estas direcciones exclusivamente materialistas, probablemente acabemos perdiendo el norte, convirtiéndonos en aquello que nunca quisimos, mercaderes desalmados que ponen título a su mercancía: arte. El riesgo es concreto: en la lucha por un progreso económico imposible, acabar siendo mercenario, alguien que sólo acepta intercambios interesados y nunca interesantes; una suerte de artista degenerado que cede a otros su impulso creativo, para satisfacer los impulsos menos creativos.

Es obligado entonces redefinir nuestro concepto de progreso en cuestión de arte escénico. Valorar cada acción por la capacidad de revelar esas pepitas esenciales que guardan intacto su aroma antiguo. Comunidad. Encuentro. Viveza. Humanidad. Trasvase de emociones. De pensamientos. De imágenes y sonidos. Visualizar el teatro como una fábrica de Momentos. Con mayúscula. Momentos que son palabras, que son movimientos, ecuaciones imposibles de luces y negros, Momentos que se hacen con un simple gesto, con una nota o un desgarro desafinado. Que al final, el verdadero oficio sea crear instantes que nacen irrepetibles para ocupar, sin permiso, nuestra memoria. Y que eso sea suficiente. O mejor. Que lo sea casi todo. Que sólo falte esa mirada que dé sentido completo a nuestros progresos.

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NOVEDADES EDITORIALES

Los cinco continentes del Teratro

Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
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Puntos de vista

Es un privilegio el poder dar a conocer el trabajo que desde finales de los años 60 Suzanne Osten ha desarrollado tanto en Suecia como en el resto del mundo, a través de presentaciones, giras, conferencias y workshops. El alcance de la obra de Suzanne se se debiera condensar en unas pocas palabras toda su obra hablaría de: riesgo, compromiso, comunicación, lucha y una inalterable apuesta por los olvidados dentro de los olvidados: los niños. Y junto a ellos los jóvenes. Es a ellos a los que Suzanne ha dedicado una enorme parte de su actividad creadora.
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Poética del drama moderno

El objeto de esta obra es el de definir el nuevo paradigma de la forma dramática que aparece hacia 1880 y que continúa hasta hoy en las dramaturgias contemporáneas. Se tiende así un puente entre las primeras obras de la modernidad en el teatro como las de Ibsen, Strindberg o Chejov, y las más recientes, ya se trate de las obras de Heiner Müller, Bernard-Marie Koltès o Jon Fosse. Jean-Pierre Sarrazac desvela la dimensión rapsódica del drama moderna: una forma abierta, profundamente heterogénea, en la que los modos dramático, épico y lírico, e incluso argumentativo (el diálogo filosófico que contamina al diálogo dramático), no dejan de ensamblarse o de solaparse. Lejos de compartir las ideas de “decadencia” (Luckàcs), de obsolescencia (Lehmann) o de la muerte del drama (Adorno), Poética del drama moderno dibuja contornos, siempre en movimiento, de una forma la más libre posible, pero que no es la ausencia de forma.
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La zanja

¿En qué momento compartimos el viaje que nos hizo ser tan iguales? ¿Cómo reprocharnos y atraernos tanto? La respuesta está en el tiempo pasado, en nuestros ancestros, en el recuerdo común que permaneció oculto. Porque en definitiva, hemos heredado las acciones de unos hombres sobre otros y las influencias sobre el colectivo. La Zanja refleja el encuentro entre dos mundos, ese ciclo infinito que se repetirá una y otra vez. Es un trabajo exhaustivo de creación, surgido de la documentación de las crónicas de la época y nuestros viajes al Perú actual.
Precio : 10€

Pasarela Senegal

En enero de 2007 el diseñador Antonio Miró presentó en la Pasarela de Barcelona un desfile no exento de polémica con ocho inmigrantes sin papeles y una escenografía con una patera y cajas. De tal acontecimiento le surge la idea de la obra a López Llera, quien, a raíz del suceso siente la necesidad de reflexionar sobre el papel del artista en la sociedad del espectáculo2, sobre la validez y efectividad de las denuncias sociales a través del arte y sobre el sentido de su propia escritura. La pieza constituye una magnífica denuncia dramática de la banalización de la cultura y del espectáculo.
Precio : 10€

Hacia una poética del arte como vehículo de Jerzy Grotowski

La reinvención de Pere Sais ondea en el título de la obra: Hacia una poética del arte como vehículo. Grotowski, como se sabe, imaginaba que la “cadena” de las performing arts podía mantenerse tensa entre dos extremos: el arte como presentación por una parte y el arte como vehículo en el extremo opuesto. Al hablar de poética del arte como vehículo se realiza un salto epistemológico.
Precio : 24€