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Lun, May

Y no es coña | Carlos Gil
Insistiremos un poco más ante la cascada de despegues abortados en varios puntos de la península de edificios singulares dedicados a alojar actividades culturales. El modelo faraónico, de arquitectura-espectáculo, en el que el continente cuesta mucho más en su ejecución que el presupuesto de varias décadas del contenido, es un fracaso. Lo era en tiempos de burbuja del ladrillo y de la cultura de la ostentación, y es inviable y una rémora en esta época de crisis económica e ideológica.

Por lo tanto, con los edificios terminados, no se sabe si pagados o hipotecados, habrá que empezar a hablar en serio del uso que se da a los mismos. El último escándalo, frenazo, decisión arbitraria tomada desde los gobiernos de turno ha sucedido en el Centro Niemeyer de Avilés, precisamente en la misma semana en que se ha producido un acontecimiento teatral de relevancia como es la presencia de Kevin Spacey interpretando el Ricardo III de Shakespeare durante varios días, en las únicas representaciones que tuvieron lugar en la Europa continental en el Palacio Valdés de la misma ciudad. Nada menos.

En el caso del "regalo" de Niemeyer a la ciudad, parece existir un conflicto de protagonismos entre instituciones, y la llegada al gobierno de Asturias de Francisco Álvarez Cascos, algo tiene que ver. Se constata una ausencia total de estudios que contribuyan a saber con una cierta dosis de acierto qué necesita una ciudad, una comarca, una provincia, una comunidad autónoma. Hablamos de este caso de Avilés, pero recordemos que en Gijón, en La Laboral, presentado como un centro para la creación más actual, acabó siendo gestionando por una empresa de José Luis Moreno. Pero la lista es inmensa, interminable, con ejemplos absurdos, frutos en la mayoría de los casos de una gestión política basada en la fachada, en tener el auditorio más grande que el vecino, insisto, en plena orgía de construcción, sin planificación, sin sentido, y aplaudiendo todos.

Hoy tenemos edificios a medio terminar, recuérdese el Centro de Creación de las Artes de Alcorcón, pero la Ciudad de la Cultura de Santiago es otro ejemplo que nos retrata. Este modelo está caduco, obsoleto, descentrado de su virtualidad, y crean ruinas imposibles de obviar. Lastran durante años presupuestos para la cultura, estigmatizan y confunden. Ingenuamente se puede pensar que una vez construidos, ya le encontraremos funcionalidad, que es mejor tener esas pretenciosa infraestructuras que un solar vacío, pero la realidad es que esos edificios, y todos aquellos existentes en cientos de poblaciones que han costando mucho construir y que no tienen programación, son cementerios de ilusiones, espectros, terreno fantasmal al que va a ser muy difícil encontrarle uso sino se establecen con prontitud líneas maestras de actuación global.

Repetimos el sermón: no existe ni un renglón, en ninguna ley ni local, ni regional, ni autonómica, ni estatal, ni europea que obligue, o al menos recomiende, qué hacer con el teatro, con las salas de exhibición. No tienen los ayuntamientos ninguna obligación para construir una sala, ni complejo teatral, ni para dotarla de programación. Pertenece a ese mundo etéreo de las "competencias impropias", por lo tanto, mientras no exista una mínima regulación, dependerá de la voluntad, del interés de las mayorías gobernantes en cada lugar y momento. Y así es como nos va. Cada uno haciendo lo que puede o le da la gana, y claro, muchos prefieren cuidar su facha, tener un edificio con buena fachada, que propiciar una vida cultural y teatral activa, sugerente, constante, planificada y sostenible.

Las soluciones tienen que empezar a irse perfilando ya, antes de que se caigan los edificos, a base de reglamentación, y si fuera con rango de ley, ahorraríamos a nuestros descendientes más disgustos. El modelo tiene que estar basado en el concepto primordial de que el teatro, las artes escénicas, son parte de la cultura, no del negocio del entretenimiento. A partir de ahí, pensar en la cercanía, en las circunstancias sociales y culturales de cada lugar y planificar programas de formación, de acercamiento, de difusión. Lo otro, lo que hacemos ahora es un sálvese quién pueda. Y quien puede, puede.