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Sáb, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

 

Allá por el siglo XIX a algún curioso investigador le dio por estudiar el porcentaje de suicidios que se daban en diferentes comunidades prusianas. Los datos crudos dejaban una conclusión inequívoca al parecer: era en las comunidades protestantes donde había mayor cantidad de suicidios. De ahí se podía deducir que, dada la mayor benevolencia de esta rama religiosa respecto a este tipo de muertes, las personas protestantes se suicidaban con más frecuencia que las católicas. La realidad, sin embargo, era la contraria. Era cierto que la mayor parte de los suicidios se daban en las comunidades protestantes, pero eran las personas católicas quienes lo hacían, pues se sentían social y religiosamente aislados entre tanto protestante. Este error de apreciación, donde se llega a una conclusión analizando lo que ocurre desde una perspectiva global, sin tener en cuenta la idiosincrasia de los individuos, es lo que en estadística se llama "falacia ecológica".

El término puede tener sus derechos de autor vinculados a la estadística, pero el problema que esconde, la tramposa idea de generalizar sin atender a requerimientos individuales, salpica múltiples facetas de nuestra vida. Sin ir más lejos, los datos que hablan de una recesión económica global son una falacia de este tipo, puesto que bien sabemos que el hecho de que tal o cual índice alcance límites paupérrimos no afecta a toda la sociedad por igual: mientras para una mayoría ello implica mayor pobreza, para unos cuantos es exactamente lo contrario, prolongar un agosto que ya les dura varios años.

Sin intención de seguir meando fuera del tiesto, decía que no hace falta saber estadística para cometer la falacia ecológica. Quién sabe por qué, tenemos una mente mejor entrenada para captar la realidad en su generalidad que para detenernos en peculiaridades. Reconocemos mejor los bosques que los árboles que lo componen. Dicho en términos fotográficos: aplicamos con más frecuencia el objetivo panorámico que el zoom que acorta las distancias. En consecuencia, nuestra tendencia es aplicar reglas generales para resolver problemas concretos. Y si bien esto a veces funciona, otras no hace sino convertir la nueva solución en un escenario de nuevas situaciones sin resolver.

En el ámbito de la educación del arte ésta es una encrucijada que se reconoce con cierta facilidad. Se parte de una materia concreta que se tiende a explicar de una sola manera y donde el alumnado será evaluado de una sola manera, cuando cada alumno, siendo particular, necesita un seguimiento y un acicate específico que le ayude a desarrollar y articular sus aptitudes. En el marco de una educación basada en criterios inflexibles, se pierde la aportación artística de aquellos alumnos que, debido a sus peculiaridades, tienden a pintar fuera del cuadro. Se excluye así el brillo de la excepción, la rebelión lúcida, ese lugar donde el arte encuentra nuevos horizontes. Esto se debe, en mi opinión, a que en arte pocas veces se asume que la formación consiste en despertar y desarrollar talentos concretos y específicos, y no en adquirir una serie de conocimientos generales.

Lo dicho puede trasladarse a aquellas compañías de teatro que trabajan en colectivo, pues en ellas también encontramos esa dialéctica entre lo panorámico y lo microscópico, entre lo general y lo particular, la línea invisible que conecta al grupo con las personas que lo conforman. Por un lado está el impulso que dibuja un entramado común, reconocible para los ojos que observan, con sus líneas estéticas e ideológicas; y por otro, la esencia intransferible de cada individuo, con unos trazos que siguen su propio curso, muchas veces de forma insospechada para los demás, incluso para los propios compañeros del grupo. Uno y otro describen dos niveles de organización diferentes que deben posibilitarse, hacerse compatibles, simbióticos, si es posible. Nadie dijo que fuera fácil. Pero sucede que caer en la tentación de entender que un colectivo artístico sólo persiste gracias a un criterio global que no tiene en cuenta la idiosincrasia de sus individuos, es simplemente una falacia. Una falacia ecológica.