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Mar, Nov

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

La historia del arte, en general, es androcéntrica. La mayoría de artistas, los creadores, son hombres y sus musas suelen ser mujeres. Trazando un paralelismo aproximado, la historia del teatro no se escapa de esta tendencia androcéntrica y heterosexista.

 

Ampliando el paralelismo, el teatro dramático mimético de los realismos, dentro del orden jerárquico de los relatos que representa, hace de la actriz y del actor intérpretes o medios para corporeizar las grandes ideas, los textos y los proyectos del dramaturgo y el director (en la historia del teatro, en la dramaturgia y la dirección, la mayoría también son hombres). La actriz y el actor crean los personajes en base a la creación primigenia del dramaturgo y a la orientación escénica que le da el director. Se trata, por tanto, de un sistema piramidal y jerárquico de creación, en el cual, en la cúspide, emulando a Dios, estarían el dramaturgo y el director y, después, todo el equipo artístico a su servicio. Al servicio de la obra (opus dei) del dramaturgo y del proyecto escénico del director.

Evidentemente, esto es una generalidad reduccionista. Pero la realidad tampoco está tan alejada de ello, dulcificada, eso sí, con el buenrollismo imperante.

Hacia los años 60 y 70 del siglo pasado, con la revolución hippie y los movimientos sociales contra la guerra, el racismo, el apartheid, el machismo, la homofobia… y su utilización de la performance para sus reivindicaciones, se generaron unas dinámicas asamblearias y colaborativas. La estructura vertical y jerárquica, típica del hetero-patriarcado comenzaba a ceder hacia un trabajo más horizontal.

Richard Schechner y el Performance Group de Nueva York, por poner un ejemplo, sacaron el teatro del edificio teatral, con su environmental theater. Un teatro de ambientes que mezclaba actrices, actores y espectadoras, espectadores, de una manera activa, sin la típica división de escenario y platea. Schechner, junto al antropólogo Víctor Turner, estaban interesados en recuperar la dimensión comunitaria del antiguo teatro griego.

Entre las características más destacadas de la performance está el rechazo de la noción de interpretación teatral, que se substituye por la presencia real de la performer. También la valoración del proceso más que la de una obra cerrada final. La valoración de la textura más que el texto o estructura. La ironía, el humor, el azar y la improvisación eran factores que, ya en los años 50 del siglo pasado, el compositor, músico y filósofo John Cage, introducía en sus acciones musicales. Estas son solo algunas de las características que absorben las denominadas dramaturgias posdramáticas.

El viernes 1 de noviembre, asistí, con mucha alegría, al nacimiento de una nueva compañía que se llama Pornós Teatro. Un grupo de jóvenes, alrededor de los veinte y pocos años, principalmente actrices, que ganaron, con su pieza FARTS, la primera edición del concurso “Sumidoiros” (Sumideros), que organiza la Sala Ingrávida de O Porriño (Pontevedra). El premio consistía en una residencia en la sala, que gestionan Irene Moreira y Alex Sobrino, y el estreno de la pieza.

FARTS se gestó en las aulas de dramaturgia de la Escuela Superior de Arte Dramático, ESAD de Galicia.

Me interesa subrayar que se trata de una pieza gestada en las aulas de dramaturgia. Me interesa resaltarlo, no porque yo sea uno de los profesores de esa área y esté orgulloso, claro que sí, de que algunos años salgan proyectos innovadores y exitosos, enriqueciendo el panorama del teatro, sino porque la dramaturgia, como disciplina, suele ser la más incomprendida e invisibilizada entre las materias de las artes escénicas, tanto en la profesión como, incluso, en la academia.

Casi todo el mundo sabe para qué sirven las asignaturas de danza, técnicas corporales, técnica vocal y dicción, canto, interpretación… En lo que se refiere al teatro, casi todo el mundo sabe en qué puede consistir el trabajo de una actriz o un actor, de una directora o director, de una escenógrafa o escenógrafo… Sin embargo, la dramaturgia, como disciplina artística, y la dramaturga o dramaturgo, como profesión, son algo misterioso e invisible. Asiduamente, suele pensarse que la dramaturgia es escribir un texto teatral, una obra de teatro. Por tanto, si no hay texto no hay dramaturgia y, en consecuencia, la dramaturgia en el teatro físico o en la danza contemporánea son un OVNI.

Eso de reducir la dramaturgia a la escritura de una obra literaria para el teatro ha hecho que, en los países menos desarrollados a nivel de infraestructuras e inversiones en el sector de las artes escénicas, más que de una disciplina artística propia, per se, o de una profesión, fuese uno de los quehaceres de los “hombres de letras”, literatos, periodistas y filólogos. Sin embargo, se trata de una especialización académica y en algunos lugares incluso una profesión.

La cuestión es que sin dramaturgia no hay espectáculo, hoy en día, ni de teatro, ni de danza, ni de circo… porque la dramaturgia es la ingeniería del espectáculo, el arte de la composición de una partitura de acciones, con un sentido determinado, para un espectáculo. Esas acciones pueden ser coreográficas (dancísticas), lumínicas, sonoras, gestuales, verbales, objetuales y, por supuesto, dramáticas (personajes en pugna por resolver sus conflictos y conseguir sus deseos).

No obstante, la dramaturgia sigue siendo una disciplina artística minorizada en Galicia, a la que se le dedican pocos esfuerzos, poco estudio, pocas horas… y eso, sin duda, entre otros factores, claro está, redunda en que las artes escénicas gallegas no acaben de dar el salto.

Retomando el hilo, FARTS es un pequeño milagro de la dramaturgia posdramática colaborativa, en la que un grupo de siete jóvenes, sin un demiurgo que les diga lo que tienen que hacer, sin un texto previo a representar, se juntan y juegan a ser el medio y la creación.

Ese proceso colaborativo, horizontal, deja traslucir la visión que el equipo de jóvenes tiene sobre el arte y la sociedad. Este es uno de los valores, según mi opinión, más destacables de esta pieza: el hecho de mostrarnos, de manera nítida, sin intermediarios ni adulteraciones, la perspectiva que siete jóvenes, de veinte y pocos años, tienen de diferentes aspectos del arte. Jóvenes que, además, estudian en una escuela superior de arte, una escuela pública, y que se están preparando para hacer (¿o ser?) artistas.

Uxía Algarra, Alba Delgado, Yago Durán, Noelia González, Carlota Mosquera, Lydia Prada y Lucas Simón han conseguido lo más difícil y, quizás, lo más importante para hacer teatro: equipo. Han conseguido trabajar en complicidad y en escucha, como un buen equipo de fútbol. Y así se trasluce, también, en el escenario. Esta es otra de las cosas bonitas, cuando participas como espectador en FARTS, poder sentir esa implicación común, ese ritual comunitario, la confianza de un equipo ilusionado con lo que hace.

¿Están FARTS de todos los condicionamientos y apriorismos del arte al cual se supone que se encaminan? FARTS en catalán es HARTOS.

Pero en inglés es PEDOS. Estar pedo es una cosa y los pedos son otra. Obviamente, la sublimación artística, a través de la dramaturgia, va a hacer que el estar pedo no nos confunda, o si nos confunde, que esto nos libere de los encasillamientos nocivos. Y que los pedos no huelan.

No hay ningún pedo en esta pieza, pero sí la irreverencia y la parodia de las poses que se esperan de la artista.

FARTS es una rebelión contra el supuesto rol pasivo de las actrices, una rebelión de las musas que se erigen, ellas mismas, en artistas. Una rebelión contra los tópicos del arte de la actriz, que debe llorar de manera convincente, que debe tener muchos seguidores en Instagram, que se debe tragar los papeles que le asignen y no los que a ella le interesen o le gusten más, que debe ser escogida en un casting, que debe competir con otras actrices y pelearse por un papel… Ese papel por el que compiten Uxía y Carlota, que se lo comen y acaban por vomitarlo, con la ironía de que, encima, se trata de un papel mal pagado.

Alba está en lo alto de una escalera, micrófono en mano, haciendo el personaje alegórico del arte, la voz del arte, que les dice al resto de compañeras lo que deben hacer. La dictadura del arte, según las tendencias actuales, de lo comercial, en el que prima la pose y el marketing, el saber venderse. El grupo ejecuta las órdenes con simulacros y juegos irónicos, conformando un paisaje escénico heterogéneo y atractivo.

Entre los alicientes de FARTS están las citas o versiones, que las actrices hacen de algunas obras de arte emblemáticas, dentro del sentido de esta pieza. Por ejemplo el juego sobre el misterio y la mirada en el arte, a través de La Mona Lisa (La Gioconda) de Leonardo da Vinci. Una secuencia tan sencilla en su concepción dramatúrgica como fresca en su ejecución y eficaz en su nivel metafórico: Lydia manipula un marco dorado, en el centro del cual se sitúa, como la efigie de La Gioconda, y sus compañeras observan el cuadro y debaten sobre si las mira o no las mira, si sonríe o no sonríe, con sorpresa y parodia final.

Otro ejemplo de sencillez, frescura y eficacia es el cuadro en el que evocan a la Ofelia de John Everett Millais. Una secuencia coreográfica hipnótica en la que repiten el movimiento de resbalar, tumbadas en el suelo, con las manos elevadas como si flotasen en la superficie de un río, mientras Yago repite unos arpegios en el bajo eléctrico. Ofelia, uno de los personajes femeninos más desgraciados de la historia del teatro. La musa callada, muerta, la que se lleva el río…

Otro ejemplo digno de mención es el cuadro semi-onírico en el que Lydia posa para si misma, en un vídeo-selfie, sobre una alfombra de hierba artificial, mientras Lucas, desde lo alto de la escalera, hace pompas de jabón. Las compañeras activan Instagram en sus teléfonos y le muestran a las espectadoras y a los espectadores el resultado artístico de la pose grabada por Lydia. También podemos verlo proyectado en una de las paredes laterales de la sala. La cuestión de la autenticidad y la pose en las historias fungibles de Instagram.

Otra secuencia que nos traslada una de las caras del poliedro de su actitud frente al relato hegemónico, es en la que versionan el tema “Historia del arte” de Las Bistecs. “Historia del arte, penes con pincel”, en el estribillo de una canción con la que disuelven toda la grandilocuencia y el glamour que se le presupone al arte. Estas chicas sitúan al arte fuera de los marcos, fuera de los museos, fuera de los grandes coliseos teatrales, fuera de la historia.

Y del mono de trabajo, que vistieron durante toda la pieza, al desnudo de la secuencia final. Siete desnudos diferentes, realizados desde siete juegos diferentes. Desnudos que, en algunos casos, resultan icónicos respecto a algunas obras emblemáticas de la historia, como La Maja Desnuda de Goya o alguna Gracia de Rubens, pero que aquí aparecen desde una actitud y una óptica alejadas de la mirada androcéntrica. Se trata de desnudos en los que la musa es también la creadora, voluntad y obra al mismo tiempo, auto-realización y apertura.

Sobre la estampa de los desnudos de Alba Delgado, Yago Durán, Noelia González, Carlota Mosquera, Lydia Prada y Lucas Simón, Uxía Algarra escribe un fragmento de un texto de Angélica Liddell, en el que se despacha a gusto con las neuras y las miserias de los artistas. Un texto que Uxía escribe en su portátil, mientras nosotras/os lo leemos, impreso sobre la estampa de los cuerpos desnudos de sus colegas.

Ese desnudo final, sumado al (auto)escarnio del gremio del arte, en la acción caligráfica proyectada sobre los cuerpos, es, en si mismo, un manifiesto. Libertad y autocrítica. Emancipación y comunión.

No hay sociedad humana sin una práctica artística que la confronte, la eleve, la trascienda y le de placer. No hay sociedad humana sin nacimientos y nuevas maneras sutiles de ver el mundo. No hay sociedad humana sin la mirada juvenil y sus atrevimientos, su falta de malicia, su alegría hormonal… Por eso lo celebro tanto, cuando tengo la oportunidad de asistir al nacimiento de un equipo de jóvenes emprendedoras en lo artístico. Me alegro cuando puedo percibir, como en este caso, esa libertad y ese estremecimiento de la ilusión por hacer lo que a una le gusta, desde la entrega, la generosidad, el trabajo, la consciencia de lo pequeño, la comunión con otras compañeras. Algo que pocas veces se da y que suele acontecer desde la libertad de jóvenes que no van de enfant terrible ni están pagadas de si mismas, o en grandes maestras y maestros del teatro, con experiencia y trayectorias que nunca tuvieron como foco el poder, la fama, el dinero, etc., aunque sin perseguirlo lo consiguiesen.

Una pieza sobre el arte, cuando le quitas los marcos y lo desnudas, es, al fin y al cabo, una pieza sobre la sociedad. Y la sociedad es diversa y cambiante, por eso necesitamos fenómenos como el de Pornós Teatro y piezas como FARTS.

 

P.S. – Sobre otros trabajos noveles, nuevas compañías y debuts:

Experiencias Festival Oh! de Guimarães”, publicado el 09/04/2018.

Los perros no comprenden a Kandinsky pero sí a AveLina Pérez”, publicado el 09/07/2017.

Prodigios que aparecen En silencio, Xoel Álvarez”, publicado el 01/07/2017.

Trascender la escuela. Tras Tannhäuser”, publicado el 24/07/2016.

Fumando (des)espero, my Honey Rose”, publicado el 03/07/2016.

Dramaturgia de proceso y creación de compañías. Feira do Leste”, publicado el 30/04/2016.

Oh! Dramaturgias performativas posdramáticas”, publicado el 05/02/2016.

Universos bizarros”, publicado el 09/10/2015.

Texturas, textos y dramaturgias”, publicado el 28/06/2014.

La flor de mi secreto. Intimidad II”, publicado el 28/03/2014.