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Vie, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Si en ocasiones nos sujetamos las opiniones para no caer en dogmatismos viscerales, seguro que actualmente podríamos acudir todos, sin necesidad de la petición de enseñar la patita ideológica por debajo del telón, al obituario de la posmodernidad, ya que si las circunstancias socio-políticas de los años finales del siglo XX nos llevaron a su encumbramiento de manera casi mística como sustrato desde el que elaborar discursos estéticos en donde el correlato de relación con la ética y la política se interrumpía, en ocasiones de manera abrupta, para que sobresaliera todos los conceptos más banales, más de mercado, por decirlo sin camuflajes, como enseñoramiento de un pensamiento único, neoliberal, capitalista, que zarandeó estructuras, dramaturgias, sistemas de producción, propuestas y acciones.

Ante la situación de crisis económica europea, aprovechada para desmontar todas las nociones de estado protector, de ese bienestar social tan atractivo en los folletos de propaganda, con ese retrato tan bucólico de una sociedad estructurada a partir de una correspondencia solidaria entre los ciudadanos, en donde prevalece la igualdad de oportunidades, los avances sociales y donde educación, sanidad y cultura, se convierten en derechos inherentes a la propia existencia, la respuesta ante esa vuelta atrás, debe ser el de reforzamiento de los ideales que hicieron posible el desarrollo de una sociedad mejor, de luchar para no perder esos logros que se consideraron progreso y que su pérdida no puede consentirse sin un intento de, primero frenar esa vuelta al pasado, y después, una nueva manera de restituirlos, como derechos humanos, sociales, irrenunciables.

Por lo tanto, y sin marcar líneas de trabajo a nadie, sugerimos que debemos abolir la banalidad, el artisteo desvergonzado, el compadreo de las artes con los poderes más pedestres e insignificativos, ese maridaje deshonesto que ha difuminado las líneas de contención entre los gestores, los políticos y los artistas, la desregulación, el todo vale, para encontrar, en lo nuevo, en lo existente o en los teóricos que nos llevaron hasta aquí, algunas pistas que vuelvan a dotar a nuestras artes escénicas de valores añadidos. De sentido, de estar en consonancia con la gravedad de la situación. No se trata de hacer teatro de partido, ni solamente de ideas, pero tampoco puede admitirse que sea solamente lo evasivo, el entretenimiento, el arte por el arte, es decir lo que se denomina arte de inmovilidad, de la derecha, el que perpetua el status quo, lo único que se visualice, lo que se proponga, lo que se programe, lo que se ayude de manera incondicional.

No va a ser fácil. No es el momento más oportuno para dejar a las artes escénicas en manos del mercado, aunque sea en una de sus partes. Lo que va a suceder a partir de ahora es fruto de la desmovilización, de la postura generalizada de salvar cada cual sus garbanzos, de la falta de un discurso elaborado, de la inexistencia de planes o leyes, de organizaciones gremiales débiles y solamente creadas para conseguir ayudas, no para tejer redes de futuro y elaborar propuestas de progreso, y, sobre todas las cosas, de una nefasta, inoperante y casual manera de buscar públicos, como si se tratara de números, de audiencias y no de ciudadanos con los que caminar conjuntamente. La inexistencia de una política de públicos, además de una tortuosa ineficacia en la formación, y una intermitencia en el proceso educacional con las artes, nos deja en peores condiciones para dar respuesta a la dura situación actual.

No hay que volver a empezar, hay que podar muchos árboles que tienen parte del tronco podrido y casi todas sus ramas. Hay que enterrar esa noción de culturilla de baratillo, incidental, de adorno u ornamento. O así me lo parece. No nos jugamos un año, o un bienio, sino una década, un futuro. Y con un convencimiento pesimista: no volveremos a disfrutar de las condiciones económicas y políticas como las que hemos abandonado. Nunca volverán los buenos tiempos. Vendrán mejores que ahora. Como mucho.