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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Va una batallita personal. Una de fronteras. Una de "reciprocidad". Llega este viajante de ilusiones a Belo Horizonte y al presentar su pasaporte, el escudo de España solivianta a la funcionaria que me manda a una esquina, en una mesa apartada, pero a la vista de todo el mundo. Una vez allí, otra funcionaria me llama, abre el pasaporte y coloca el sello en el documento de entrada. En ese momento otro funcionario, varón, trajeado, llega corriendo y diciendo: "es español, es español". Y se aborta mi paso. Se vuelve a la mesa y empieza el interrogatorio.

No llevo carta de invitación. Esto es un dato objetivo. Una negligencia de alguien. Pero le enseño la revista ARTEZ de junio, donde hay una publicidad del FIT de Belo Horizonte, un extenso artículo informativo, le muestro mis credenciales, le enseño todos los mails de, llevo un billete de vuelta, para cinco días después. La actitud del funcionario es de absoluta dureza, distancia, no le importa nada. Debe mostrar su autoridad. Busco un teléfono, llamo a la organización del festival, le paso la llamada, hablan durante unos minutos, pero sigue con su actitud fría, obsesiva. No le importa nada. Dice que espera un coreo electrónico o un fax. Pasan los minutos. Ya llevamos más de media hora. No se resuelve nada. Cuando se acerca a mi mesa es para regodearse.

Hasta que le indico que no tengo ganas de molestar, que si no estoy detenido, ni retenido, me acompañe hasta el embarque que me vuelvo en el mismo avión. Ni se inmuta. Dice. "estoy buscando una solución". Le digo: "no, usted ha creado un problema y ahora quiere buscar una solución". Pasan más minutos, una eternidad, le insisto por segunda y tercera vez en que si no estoy detenido ni retenido, me acompañe al embarque que me vuelvo. Y que se dé prisa para que no pierda el avión, no sea que me tenga durante un día en el aeropuerto.

De repente aparece otro superior, uniformado. Me saluda con una sonrisa. Me indica el primer funcionario que le enseñe la revista, la abro por el anuncio del Festival, lo mira, pronuncia un "El FIT", y añade, "Es una excepción cultural, pase". Y me explica las razones, lo que sucede con los brasileños en las fronteras españolas. Y que se trata de una asunto de reciprocidad. El poli bueno es simpático. Me dan ganas de invitarle a un café.

En el interín, cada pasaporte español es revisado. Hasta el de Amador, un actor valenciano que viene para actuar con la compañía de Philippe Genty. Pasa después de varias preguntas porque lleva una visa de trabajo.

Escribo al liberarme a Guillermo Heras que viaja un día después para advertirle. Me cuenta que un becario iberoamericano que llega para hacer un trabajo seleccionado por Iberescena se pasó dos días retenido en Barajas, porque el funcionario no se creía que alguien podía venir a escribir teatro. Hace poco Aderbal Freire Filho fue devuelto en el mismo avión al llegar a México sin visa. Iba a participar en un encuentro con Sanchis Sinisterra, Eugenio Barba, ente otros.

Recuerdo que Luis Jiménez pasó un clavario con un grupo colombiano que no acabó de llegar a París para actuar en el Festival Quijote. Se me acumulan más recuerdos y problemas con los artistas iberoamericanos al entrar al territorio Schengen. Cada día suceden casos de esta índole en gente de la cultura. Son las fronteras que se van levantando cada día para molestar a los ciudadanos, una lucha de gobiernos, una vuelta al pasado. Los discursos se llenan de palabras que la práctica las desdice.

Nos ha tocado a nosotros, pero son todos los ciudadanos los que sufren estos apretones institucionales, esta manera de prevalecer los unos sobre los otros. Una competencia de ver quién reprime más, quien crea más problemas a la libre circulación de las personas. Vamos hacia atrás.

Proponemos una Cultura sin Fronteras.

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