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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Como la vida, el teatro es efímero y heterogéneo. Y como la vida es una sucesión de acontecimientos que van formando una biografía y se van asentando en el imaginario personal y colectivo. Las carreteras están abarrotadas de ciudadanos que van de un lugar a otro buscando vestigios de su infancia o recuerdos de su vejez futura. Es verano en Europa y se vive con un mantra: "cerrado por vacaciones". El sol, los lugares de descanso y confluencia de veraneantes fugaces, un rito que a partir de un concepto de los derechos laborales se ha convertido en una necesidad de clase.

Y en muchos lugares de destino, aparece el teatro, las artes escénicas como reclamo turístico. Es cuando el teatro se convierte en utilitario, cuando se descubre que sirve para otras cosas que su esencialidad; cuando aparece en los carteles turísticos, siempre rodeado de grandes y nobles palabras, pero en el fondo convertido en un entretenimiento nocturno que pasa sobre la población en chancletas como pasa la brisa entre los matorrales. Y no es que este teatro utilitario no pueda ser de calidad, o que tenga un valor cultural menor, sino que es utilizado por las autoridades para crear otra imagen de su gestión.

Festivales de verano, festivales en verano. Convocados en nombre de lo clásico, de los contemporáneo, de lo greco-romano, de la posmodernidad o desde la tradición. De calle, para niños y niñas, para alegrar fiestas patronales o para reasignar utilidad a monumentos y patrimonio arquitectónico. Sean todos bienvenidos porque ellos aportan, en numerosas ocasiones, la única posibilidad real de acercamiento de conciudadanos con las artes escénicas en vivo y en directo. Bienvenidos sean porque crean un hábito, una tradición en lugares que el resto del año parecen páramos perdidos de la mano de las artes escénicas. Todo lo que tiene de bueno, del simple y fundamental hecho que se hagan estas programaciones y festivales, se aplaude sin reticencias.

Lo que cuesta un poco más aceptar es el contenido de las programaciones de alguno de ellos y la insistencia en la estacionalidad. La concurrencia de veraneantes, el incremento de la población en tránsito en esos lugares son el motor de arranque de algunos festivales, lo que les confiere una idea muy específica para sus contenidos que deben ser, en general pensando en esa población forastera. La realidad es que la aceptación de estas programaciones estivales sobrepasa con creces a la media habitual que se puede producir el resto del año, suponiendo que exista, y eso nos debe dar motivos para otras reflexiones sobre los mecanismos de producción, exhibición y comunicación con los públicos potenciales.

Sin entrar en mayores profundidades, seguramente el eco de estos festivales en los lugares que se desarrollan, la tradición, el tratamiento de los mismos por los medios de comunicación unido a unos ciudadanos sin tantos compromisos laborales, sin estrés, con muchas horas libres, en un ambiente en el que no existen muchas otras ofertas de ocio y entretenimiento de esta entidad ayuden a que tomen la decisión de acudir. Se trata, también, de un acto social muy extendido. Todas las circunstancias nos ayudan a entender que existe otra posible relación de la ciudadanía con las artes escénicas que se debería propiciar con mayor ahínco. Al menos sacar alguna conclusión de este fenómeno para aplicarlo en el acontecer cotidiano en las grandes ciudades y las poblaciones con programaciones esporádicas. Siempre con el fin de colocar las artes escénicas en los hábitos de entretenimiento cultural de una mayoría de ciudadanos. Esto que se solicita es un plan cultural, no empresarial.