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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Decíamos la semana pasada que dentro de todo el proceso productivo era la autoría, el autor o autora, la pieza más desprotegida desde el punto de vista de avance o pago de su trabajo, ya que siendo en muchas ocasiones el inicio, el que aporta la idea previa, el texto, el guión, espina, cañamón, no figura dentro del presupuesto de producción una partida para esa escritura. Maticemos, si es una obra realizada por encargo, es posible que sí figure. Y si es una “adaptación” de un clásico muerto, especialmente, entonces sí que se ven unas partidas económicas bastante sorprendentes por su elevada cantidad.

Un autor o autora, en un proceso tipo, escribe su obra en su estudio, en soledad frente a su ordenador. Puede que sea a partir de una ocurrencia propia o por la incitación de un director o un colectivo. En el primer caso es cuando el perfil de autor entra en lo más reconocible. Esa obra escrita, generalmente con nocturnidad, vivirá una vez colocado el cae el telón final, una peripecia bastante poco agradecida. Puede ir a los varios premios que se convocan, puede enviarse a los directores y productores amigos o conocidos, puede formar parte de un corpus secreto de un autor o autora en ciernes, y hasta es posible que pueda encontrar la edición de esa obra en alguna editorial especializada. En todos los casos, si ustedes se fijan, hasta el momento todos los gastos son a beneficio de inventario. Todo es una inversión del autor a la espera de un estreno.

Sí, es cierto, en algunas comunidades se dan una suerte de becas para escribir obras. ¿Y qué? ¿Dónde están esas obras escritas con subvención? Pocas veces trascienden, y curiosamente se otorgan esas ayudas a autores o autoras con algún recorrido demostrado. En todos los casos, queda pendiente una  apuesta por los emergentes, por los nuevos, lo que utilizan otros lenguajes, los que proponen otras relaciones.  Sucede algo parecido con los premios, existen algunos que llevan emparejada la edición, hasta los hay con apoyo a su montaje, pero debe existir una desconexión absoluta entre los jurados de los premios y el oligopolio productivo español, porque es raro, muy raro, que vean la luz las obras premiadas, y si lo ven, su recorrido posterior es bastante corto.

Volvamos al principio, si quien aporta la idea previa, el texto, la obra, el material fundamental sobre el que se estructura el reparto, la escenografía y todo lo necesario para convertir en un espectáculo, al tener escrita ya su obra (es un suponer) no cobra ni entra en los presupuestos subvencionables, ¿qué está sucediendo? En primer lugar que los autores, dramaturgos, como queramos llamarles, no pueden alcanzar su profesionalización total. Por ello se encuentran tantos funcionarios en la nómina de los autores. Y últimamente se produce otra circunstancia bastante interesante de analizar: las mejores cabezas de la escena están vendiendo sus energías a las series televisivas. Es lógico, es casi la única manera de sobrevivir con dignidad, pero nadie me va a negar que se descapitaliza la escena.

Por todo lo anterior, y muchas otras reflexiones que intentaremos ir vertiendo en entregas posteriores, se debe atender de manera clara a los derechos de los autores. Deben cobrar por su trabajo y o se les paga por adelantado, que es el famoso sistema anglosajón: un tanto alzado, más algunas correcciones porcentuales, por un periodo de tiempo concreto, que el productor paga y después lo recupera a base de entradas, ventas o subrogaciones, o se hace siguiendo las normas de nuestro sistema, recordémoslo una vez más, se cobra a partir de un porcentaje (el 10 por ciento) de las entradas generadas por cada representación, aunque también tienen los autores la potestad de poner un mínimo por representación. De esa cantidad, la entidad de gestión y cobro se lleva una parte para mantener la estructura administrativa. Esa es la fuente de ingresos de un autor.

Es más, existen otras circunstancias más crueles: hay autores vivos que escriben teatro de éxito y que ceden parte de sus derechos a la productora con el fin de ver en pie sus obras. Y ganar, pese al “descuento” buenas cantidades de euros. Es una práctica de “mercado”, pero tiene componentes mafiosos.

Existen multitud de relaciones del autor con la producción, pero en estos momentos la más efectiva, la que nos produce mayores satisfacciones artísticas es cuando se une en la misma persona la figura de autor, dramaturgo y director. La nómina es larga, Rodrigo García, Marta Galán, Fernando León, Angélica Liddell, Guillermo Calderón, Mauricio Kartún, Arístides Vargas, por citar algunos. Deberíamos saber por ellos mismos, qué parte de sus ingresos les llegan directamente de la autoría.

No damos por cerrado este asunto. Esperamos opiniones e ideas. Estamos con los autores, sin condiciones. Otra cosa es lo que hagan los directivos de alguna entidad gestora que no solamente son opinables, sino que en ocasiones nos producen un poco de vértigo por no decir rechazo directo