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Mié, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Al menos hasta hace apenas dos o tres quinquenios, los gestores, los empresarios, en el mundo de la cultura no eran, en su inmensa mayoría, vocacionales. El desarrollo normativo para acceder a las ayudas, la creación dentro de la administración pública de ciertas actividades de manera orgánica propiciaron la asunción de nuevas profesiones especializadas que hasta ese momento se hacían con otros nombres, sin tanta retórica, por lo que se necesitaron de nuevos profesionales que se hicieran cargo de su ejecución. Se accedió a esos puestos, en muchos casos estratégicos, sin formación.

Reclamábamos entonces la urgente necesidad de ordenar de manera cabal la formación para ocupar esas plazas, y fueron muchos de los que llegaron a hacerse con esas responsabilidades los que se preocuparon por ir ampliando sus conocimientos, lo que juntamente con algunas iniciativas universitarias, fueron dando posibilidades a que se fueran adquiriendo nociones de lo que era la gestión cultural, y en el campo de las artes escénicas de manera más precisa, para que no se convirtiera todo en una simple transación económica, en una lonja de pescado cuyas merluzas eran obras de teatro, para que se priorice lo cultural y se relativice lo de gestión, porque insistiremos: no hay gestión cultural, sin cultura.

Algunos hemos insistido, críticamente, durante mucho tiempo en esa necesidad de normalizar, de que las personas que se ocuparan de estos asuntos no accedieran a ello simplemente por una oposición generalista, sino muy especializada, porque se trata de algo, las artes escénicas, por ejemplo, que tiene siglos de existencia, que han sido muchas las opciones, con reinados, repúblicas, regímenes varios desde el inicio de la cultura occidental, y también en otras culturas en donde se ha ordenado el funcionamiento de los locales donde se hacía el teatro, las compañías, las relaciones, etcétera. La petición tenía un componente de mirada hacia el futuro, lo logrado lo hemos recibido como un signo del progreso institucional y el asentamiento de unas estructuras que permitirían avanzar, crecer, alcanzar los niveles europeos a los que nos queríamos parecer.

Hoy tenemos la obligación de redefinir todo ya que el modelo o sistema en que se ha implementado esta nueva situación está agotado. O acabado. O se ha suicidado. O se va camino de su extinción y nos tememos que sin haber previsto una alternativa viable.

Si antes el que se encargaba en un grupo de los asuntos de gestión, lo hacía "a palos", es decir, nadie quería hacerlo, era la función más desagradable. Era igual de importante como actualmente, pero no estaba tan estratificadas las funciones. Se podía ser la primera actriz, y la vendedora, para decirlo en lenguaje coloquial. Lo mismo sucedió con los programadores, eran personas con inquietudes, que tenían otras funciones, si se trataba de un ayuntamiento, y que lograba abrir escenarios cerrados, convocar a unos públicos activos que reclamaban ciertas programaciones como un acto de cultura que social y políticamente se colocaba con un punto de vista muy concreto.

La normalidad actual es buena, pero se han perdido demasiadas cosas en el camino, especialmente porque se ha laminado una forma de organización que era de economía social, que partía de un impulso artístico colectivo. No se puede decir a fecha de hoy que sea mejor ningún modelo organizativo para conseguir obras artísticas, con contenido social y político que la hagan ser asuntos culturales de gran magnitud. Lo que sí podemos aceptar sin acritud es que los nuevos gestores culturales, vocacionales, documentados, instruidos, deben plantearse su trabajo desde otra perspectiva menos economicista. Más cultural. Porque lo único que nunca ha faltado, desde el principio de la humanidad es quien cuenta historias y quien las escucha. Los intermediarios han ido variando, de nombre, de nómina, de función. Hoy hay gestores vocacionales, lo mismo que han parecido gestores de producción privados, distribuidores, que parecen aceptar su lugar en el entramado sin complejos, sin estar ahí "a palos", sino porque después de una vida profesional en otros puntos del entramado, han decidido especializarse en esas actividades.

Todos debemos mirar al futuro con un poco menos de soberbia, con un sentido de colaboración irrenunciable, y con un único objetivo: que las Artes Escénicas se coloquen en algo habitual en la vida de la ciudadanía.

La pregunta de la semana: ¿con qué criterios se deciden las subvenciones nominativas (directas y sin pasar por convocatoria) en el INAEM?