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Dom, Sep

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

 

Creo que como muchos, a veces he querido gritar solo por el hecho de hacerlo. Otro impulso reprimido incapaz de ver la luz. Quizás sea un instinto para liberar toda esa carga de negatividad acumulada por el simple hecho de vivir en una metrópolis contemporánea pero con lo que llamamos desarrollo, insisto, ha sido otro instinto reprimido.

Es que eso no se hace. Inmediatamente sería estigmatizado como un bicho raro y por lo tanto peligroso para la sociedad. Gritar no se puede, menos en la urbe donde las leyes de la adecuada convivencia limitan nuestras reacciones más naturalmente humanas y nos inducen a comportarnos a contra natura con nuestros semejantes. No se puede gritar pero a diario des consideramos los derechos de nuestros semejantes como si de enemigos se tratase. Siempre queremos estar delante de quien nos antecede aunque ni siquiera necesitemos hacerlo. Aplastamos con nuestras bocinas a los impertinentes peatones que pretenden hacer valer sus derechos en el cruce de peatones. Ni la dulce abuelita nos conmueve a la hora de abordar el metro. Si es necesario pónganle una mordaza pero que alguien calle a ese bebé que perturba mi mañana con la impertinencia de su llanto.

Ni siquiera un atisbo de humanidad nos muestra como lo que alguna vez fuimos.

Eso sí que para expiar nuestras culpas, sin siquiera verlo, de vez en cuando le entregamos la moneda que nos sobra a ese mendigo profesional parado en todas las esquinas de todas las ciudades.

Un grito descontrolado de vez en cuando es lo que necesitamos para descomprimir la presión acumulada, esa que a muchos los lleva a estallar en el sillón del psiquiatra o cometer algún acto brutal que será la columna vertebral de los noticieros matinales.

Alguna vez, cuando fuimos niños, expresamos libremente nuestros sentimientos. Los hombres evidenciamos nuestra debilidad llorando y las mujeres jugaron al futbol sin prejuicios que las transformaran automáticamente en lesbianas.

Lamentablemente la sociedad nos va entrenando gradualmente para homogeneizarnos hasta el punto de no diferenciarnos en lo absoluto de nuestros semejantes zombis.

Castigo y recompensa son las herramientas por las cuales somos "educados", "civilizados", "domesticados". Una estrellita o carita feliz dibujada en el dorso de la mano como premio a quien haya estado en silencio en clase o una comunicación negativa a los padres para que estos cumplan con su deber de enrielar al peligroso rebelde.

¡¡¡Aaaaaaahhhhh!!!

Así como la energía que se acumula por el desplazamiento de las placas tectónicas idealmente debe ser liberada a través de pequeños movimientos telúricos y evitar así un cataclismo devastador, de vez en cuando es necesario descomprimir para que la futura explosión que tarde o temprano llegará aunque no lo queramos, no de muela hasta las bases de nuestras estructuras psicológicas.

Llorar parapetado tras la penumbra de una sala de cine donde se exhibe la más extrema de las películas lacrimógenas, gritar hasta la afonía en un recital de rock, reírse como un estúpido con los memes de turno por internet, leer una y otra vez El Principito hasta desentrañar la inocencia que aún nos queda, exteriorizar nuestro más íntimo interior a través de la creación,..., los caminos sugeridos por las artes van más allá de un vano intento de explicación ya que los sentimientos no se explican, se sienten. Así como al explicar un chiste este pierde su gracia, si tratamos de explicar un sentimiento este se diluye por el peso de la razón.

Gritemos de vez en cuando para liberar nuestra energía negativa. Aunque no necesariamente sea alzando la voz.