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Lun, Dic

Sangrado semanal | Juana Lor

Nos hablaba Ricardo Iniesta hace años de la importancia de la seducción cuando el actor está en escena. Hay que seducir, nos decía, desde su vehemente entusiasmo. A Max Estrella le decían todo lo contrario en Luces de Bohemia, pero lo cierto es que el actor tiene que ponerse estupendo cuando pisa las tablas. Habla y exige a sus alumnos mucho placer en escena el bufón Philippe Gaulier. Es otra manera de lograr lo mismo. Ya que ese placer, ese goce, ese divertimento interno se traduce en magnetismo, fuerza o potencia que se irradia, comunica, transforma y cautiva. Las presencias que prenden la atención y los corazones tienen la cola del pavo real bien abierta y extendida, con sus mil ojos de colores llenándolo y viéndolo todo. Es este uno de los secretos a voces que el actor puede trabajar para convertirse en un ser invencible a las toses que rompen los silencios densos de la comunión escénica.

La clave que nos daba Iniesta al hablarnos de seducción es muy útil para el actor porque opera, automáticamente, a varios niveles: 1) Para seducir hay que activar un mecanismo muy interno que, sin embargo, se expresa siempre en el mundo exterior, porque se desborda por los ojos de quien seduce. 2) Seducir implica siempre, al menos, una segunda persona, una diana humana a la que apuntar, como diría Declan Donnellan.

3) La humanidad lleva la seducción tatuada en el secreto de su pervivencia, así que todos lo sabemos hacer. Y con esto tenemos las tres piezas del trampolín sobre el que alza vuelo el hecho teatral: el interior activo, una persona hacia la que dirigirse y un mecanismo ancestral que poner en marcha.

Piénsenlo, ahora mismo, desde donde están. Aprovechen que no les mira nadie. Imaginen que van a seducir a alguien que tienen justo detrás, a su derecha, en tres, dos, uno... Vuélvanse ¡Ya! ¿Sucedió algo? ¿Adquirieron los ojos más viveza y una dirección clara hacia la que mirar? ¿Se les alargó la espalda, quedó la boca entreabierta, expiraron el aire con más densidad? En otras palabras ¿Se pusieron estupendos? Es el arte de la seducción un motor que ondula. Nace esta ondulación tres dedos por debajo del ombligo. Danza nuestro interior dibujando un ocho acostado, el símbolo del infinito. Una vez activo, nos recorre toda la columna vertebral hasta llegar a lo que Roberta Carrieri llama nuestra primera vértebra: los ojos. Son los ojos el portal físico por el que derramamos en el mundo nuestras interioridades. Ya conocemos los actores esa frase que nos recuerda que procuremos dejar la tragedia en el escenario y no llevárnosla a nuestras vidas. Pero en este caso tan seductor que nos ocupa, nos animo a seguir el consejo del gran maestro brasileño Omulú: ¡Avanzemos por la vida "movendo cintura"! AXÉ.