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Vie, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Desde tierras colombianas, inmerso en un temporal de palabras, mitos y leyendas, mirando la cara de los asombrados niños, jóvenes, adultos o mayores que escuchan con una atención respetuosa y cómplice los diferentes acentos de contadores, narradores, actrices o cantamañanas de diez países diferentes, capaces de asimilar las partes más abstractas, las más míticas o las simples correas de transmisión de ancestrales cuentos de cordel, la organización se enfrenta, como en toda actividad viva, con una relación con sus públicos en donde se cruzan las tradiciones, lo que antes era lo normal junto a las nuevas costumbres y hábitos, lo que influye de manera obvia en la presencia de más o menos escuchantes. Es decir, si en Cali está cayendo una tormenta majestuosa, con las calles y avenidas inundadas y atascos monumentales es normal que se note una bajada en la asistencia a la sesión programa en el mismo lugar que hace dos años se llenó de manera exuberante.

Todo esto sucede, además, en los días alrededor del 1 de noviembre, y se descubre que la globalización penetra de una manera imperiosa, y la noche de Halloween se convierte en un desfile de jóvenes, niños y adultos disfrazados, adoptando una costumbre ajena convertida ya en propia, por lo que la contada en las puertas del cementerio de Buga, se convierte en un choque cultural de notable importancia, ya que los portadores de la palabra que llega de la memoria, de la costumbre, de lo antiguo, deben competir por espacio y tiempo con lo considerado, quizás de manera soez, como lo actual, lo moderno.

Todas estas experiencias me llevan a pensar que la Artes Escénicas, en su totalidad, en la práctica diaria, debe volver a plantarse muchas de los hábitos y costumbres que se han ido estableciendo a lo largo de los últimos treinta años en nuestros escenarios, y que, al menos, volverlos a pensar, acomodarse a la realidad actual, ayudaría a superar algunas deficiencias. Esto que sigue son impulsos, dudas, no hay ninguna idea, ni ninguna teoría sobre nada. Simplemente escucho, veo, comento, y me planteo temas menores, insignificantes, para ver si nos ayudan a mejorar nuestras prestaciones y relaciones con ELLOS, los PÚBLICOS.

Está claro que la temporada de otoño es el momento de los estrenos que en buena ley deberán llegar hasta pasadas las fiestas navideñas, de los festivales, de los acontecimientos de toda entidad. Es un hábito, una costumbre que se remonta a muchos años atrás, pero dadas las circunstancias actuales, las económicas, sociales y culturales, ¿no estaría bien racionalizar estas energías? Regularlas de una manera más científica, temporal, para que un aficionado no sienta la presión económica de tantas ofertas y estrenos que se solapan en un periodo de tiempo tan concreto.

Pasa así en Bilbao, en Madrid, en Girona o en cualquier otra capital, pero también en otras localidades de menor población se nota este incremento otoñal sobrevenido, esta entrada en los tiempos de recogimiento donde se concentraban las mejores marcas de asistencia a los espectáculos en vivo. Los hábitos ciudadanos cambian, las programaciones hasta la fecha han convertido todas las ofertas, al menos en provincias, en opciones únicas de un día en los fines de semana, donde se congregan actividades de toda índole que hacen difícil la selección. Por ello, ¿se podría crear una coordinación, una manera de hacer más eficaz y eficiente la inversión general?

Y una pregunta que tiene tantas respuestas como lugares de exhibición, ¿el horario de las representaciones responde a un estudio sociológico, a una cuestión sindical, por un intento de compatibilidad de horarios con los transportes públicos y la restauración o por qué otras razones? Yo mantengo que la sociedad española tiene unos hábitos horarios que no ayudan a la conciliación con el disfrute de las programaciones en los teatros. En general, pienso no son apropiados los horarios y lo peor es que no se vislumbran muchas alternativas. Cierto es que cuando los respetables públicos deciden acudir a una obra, no les importa mucho el horario, pero sí, es cierto, que los horarios podrían estudiarse con encuestas y experiencias. Yo juro que hay lugares territoriales en donde en un radio de 40 kilómetros se utilizan tres o cuatro horarios diferentes para las representaciones y en todos, la argumentación para que así suceda, es similar.