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Dom, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Una vez, hace unos cuantos años, Javier Villán y un servidor, después de ver una corrida de toros en la plaza de toros de Bilbao, de hacer la crónica para nuestros respectivos periódicos, él en El Mundo, yo en Egin, tomamos mi coche y nos fuimos hasta Santander para ver una obra de Shakespeare que hacía nada menos que Vanesa Readgrave. A la vuelta nos encontramos en el hotel de Javier a un torero de primera fila que se iba a dormir y llevaba en la mano un libro. ¡Un libro! Y era una obra de Shakespeare. A la mañana siguiente tanto Javier como yo mandamos nuestras respectivas críticas de lo que habíamos visto en el teatro a nuestros periódicos y seguimos acudiendo a la feria taurina. 

 

Existió una tradición menor sobre individuos que compartían las críticas de toros y teatro. Son dos pasiones. En los toros existe una dramaturgia férrea, que solamente varía por la circunstancia de tratarse de un animal, un ser vivo, al que se tortura y se da muerte frente a unos miles de personas que aplauden o silban, según sea la tarea del tipo que vestido de manera anacrónica intenta convertir un oficio de matarifes en un simulacro de arte, aunque a nadie se le escapa que se puede encontrar belleza, mucha belleza estética, en muchos lances de la lidia.

Tanto Villán como este que tanto los quiere, nos hemos retirado, en ese mundo se llama cortarse la coleta, de la crítica taurina y de ir a las plazas y al menos yo, ni siquiera los veo por televisión. Es un acto voluntario. Uno debe cambiar conforme va descubriendo argumentarios que le convencen sobre el maltrato animal, sobre una llamada tradición algo salvaje, quizás catártico, que cuesta encontrarle el sentido de algo culturalmente importante, aunque hay que reconocer que alrededor de la tauromaquia se ha hecho literatura de magnífica calidad y en las artes plásticas se han logrado obras de un exquisito valor y que en nuestro lenguaje cotidiano utilizamos palabras y frases hechas que vienen de ese mundo, por otra parte muy cerrado y actualmente muy utilizado por la derecha española que se lo ha apropiado, lo quiere hacer suyo, contra otros puntos de Iberia donde, de manera políticamente imprudente, se han prohibido o se cuestionan. Los toros fueron antes de Franco y después de Franco. Dos detalles, el toreo a pie nace en Euskadi. Las grandes ganaderías de reses bravas son de origen navarro. En algunas plazas de Euskadi compartía páginas con un excelente historiador y crítico taurino que escribía sus crónicas en euskera. Y tenía todo el léxico apropiado.

Estamos recordando el asesinato de Lorca y fue un apasionado del toreo debido a la existencia de un torero poeta. Picasso se moría de amor por los toros y los toreros. Salvador Távora de La Cuadra de Sevilla fue torero profesional. Valle-Inclán declaró que el teatro debía provocar en el público las sensaciones de una corrida de toros. No quisiera confundir. Racionalmente estoy a un leve empujoncito para hacerme antitaurino, pero desde niño, el día de mi comunión, con mi traje blanco, fui a una corrida de toros donde tomó la alternativa Victoriano Roger “Valencia”; mi abuelo paterno me llevaba con él a su abono de barrera de andanada de la Monumental de Barcelona cada semana, he visto torear a los más grandes, morir toreros en la plaza, triunfos y desastres, por lo que forma parte de mi educación estética y emocional. De jovencito iba a recoger las vitolas de los puros que había por los tendidos para mi colección.

Durante mucho tiempo el Teatro y los Toros han ido a la par. Ya he contado lo de compaginar las críticas de ambos espectáculos, en Bayona y Biarritz, asistía a las reuniones de una peña taurina de intelectuales franceses, la mayoría dedicados al teatro, que se llamaba Ignacio Sánchez Mejías, al que le dedicó Lorca ese poema mortuorio tan excelente con esa letanía de a las cinco de la tarde. Tengo que confesar que me he encontrado a más críticos de toros o informadores de fútbol en los teatros, que periodistas de las secciones de cultura con las que he colaborado en varios medios. Por interés, no por trabajo. Son paradojas. 

Los tiempos cambian. También cambian los hombres y mujeres que ayudan a cambiar a otros hombres y mujeres para intentar todos en conjunto cambiar el mundo. 

Sigo en el Teatro con cierta tendencia a la valoración de lo efímero como un acercamiento a la eternidad. Pero confieso que, en esa barbaridad de los toros, la muerte es un elemento real, no solamente del torturado, el toro, sino de los torturadores y asesinos en manada, los toreros. Y eso se nota en los tendidos. Y eso hace que todavía existan conciudadanos que sientan ese vínculo ancestral, intangible, y les siga gustando ver cómo se dan algunos pases que, conociendo el lenguaje propio de la tauromaquia, dibujan espacios y tiempos muy bellos, porque es cierto, hasta el rabo, todo es toro.