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Mié, Nov

Sud Aca Opina

Hay que matar a todos los musulmanes porque son terroristas.

Hay que matar a todos los católicos porque sobornan a sus fieles con promesas de infierno y cielo.

Hay que matar a todos los judíos porque son dueños de los medios de comunicación e informan según su conveniencia.

Hay que matar a todos los dictadores porque no escuchan al pueblo.

Hay que matar a todos los comunistas porque no permiten el desarrollo del pueblo.

Hay que matar a todos los chinos porque como hormigas se están apropiando del mundo.

Hay que matar a todos los negros por el solo hecho de ser negros.

Hay que matar a todos los blancos porque la supremacía aria ya mostró su crueldad.

Hay que matarlos a todos. A todos menos a mí.

El mundo sería perfecto, al menos según mis estándares. Perfecto pero solitario.

El discurso de la intolerancia cada vez más validado por los medios de comunicación está instalado en la sociedad como si cada uno de los que juzgase fuese un juez inmaculado. Desde la famosa frase atribuida a un ser del cual ya no importa su existencia sino la imagen que se ha construido sobre su persona "el que esté libre de pecado que tire la primera piedra", a pesar de los años transcurridos, como humanidad no hemos aprendido absolutamente nada.

Nos hemos vuelto tan egoístas en nuestros juicios que por la comodidad de tanto mirarnos el ombligo hemos olvidado levantar nuestras cabezas y nuestro espíritu para ver más allá de nosotros mismos y de nuestros intereses particulares.

Por supuesto todo esto retroalimentado por quienes saben científicamente manejar los hilos de las marionetas en que nos hemos convertido.

A quien piense que la segunda guerra mundial solo se debió a las ínfulas macromegálicas de Hitler, lo invitaría a investigar un poco en las tramas económicas que gatillaron en gran parte el encuentro bélico. Que quede claro; no defiendo la locura mesiánica del tercer Reich pero no fue la única causa. Incluso quizás solo un individuo dio la excusa perfecta para las atrocidades y por cierto, para el mercado de las armas y una infinidad de negocios altamente lucrativos. De hecho los mayores enriquecimientos se dan durante guerras y crisis mundiales de todo tipo.

Nos venden tan bien una verdad fabricada que sin dudar la compramos entera. Hemos perdido nuestra capacidad de juicio objetivo hasta dejarnos llevar por la opinión de la masa que bien podría ser un solo individuo manejando los medios para hacernos creer que son millones los que ya han evaluado la situación y emitido un juicio. Ya no dudamos, simplemente aceptamos. Ya no mascamos el alimento, simplemente aceptamos la comida pre digerida.

La verdad única no existe ni existirá jamás por cuanto frente a un mismo hecho, en función de los factores de juicio a considerar la evaluación puede ser muy diferente.

El terrorista para algunos puede ser un héroe para otros.

Un criminal de guerra antes de ser condenado a cadena perpetua, bien pudo haber sido previamente condecorado por sus pares después de ser recibido con fanfarria.

Todo depende del lado en que se esté.

Sin embargo, lo que yo tengo claro es que la violencia no puede ser validada por ninguna causa, por más justa que esta aparezca.

Recuperemos gradualmente nuestra capacidad de juicio y que mejor que hacerlo gracias al arte. Frente a una misma obra siempre habrán más opiniones que espectadores lo cual, si se tiene la voluntad, enriquecerá nuestra capacidad de juicio para después ser capaces de opinar en relación a temas más trascendentales.

Toda discusión es positiva mientras no derive en pelea.

Pero en definitiva la solución es fácil; hay que matar a todos los intolerantes.

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