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Dom, Ago

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

La atención de un observador funciona a flechazos. No se puede prever, programar ni forzar. Cuando algo llama la atención lo hace sin avisar, bruscamente, a contrapié. Es una seducción a quemarropa. Los niños, catedráticos en caprichología, son los que más saben de esto. Ellos, con la curiosidad virgen, son capaces de embelesarse con cosas que los adultos consideraríamos anodinas.

Recuerdo las navidades de hace muchos años. Mi hermana era entonces muy pequeña, sólo mofletes a cuatro patas, y como es costumbre se encontró de bruces con una montaña de regalos. Abrió todos los regalos con ese entusiasmo inocente que tienen los niños, pero para sorpresa de todos, con la misma inocencia, se pasó el resto del día jugando con la tapa del basurero. Mientras lo hacía exhibía una sonrisa plena en la que le cabía todo el cuerpo. Para comérsela. Ningún muñeco, sonajero o golosina era más divertido que aquel simple pedazo de plástico redondo. Los allí presentes la veíamos gozar con aquella tapa hecha juguete y nos mirábamos con el desconcierto del adulto al que le han desvalijado los prejuicios. Parecíamos extrañados, pero probablemente lo que sentíamos era envidia.

Cuando uno se hace mayor, aunque el interés por las cosas se vaya gastando irremediablemente, la atención sigue teniendo el mismo espíritu caprichoso que cuando se es niño. Así me explico, al menos, que lo que mejor recuerde del único espectáculo de Kathakali que he visto sea una sonrisa. El Kathakali –para que no se descuelguen aquellos que lo desconozcan- es un teatro tradicional de la India de raíz religiosa, donde sus actores exhiben una capacidad interpretativa fuera de lo habitual. Lo que les cuento sucedió hace ya años, en una época en la que aprovechaba cualquier opción para ver teatro tradicional de Oriente. Me intrigaba la técnica de sus actores, su virtuosismo, su excelencia sobre la escena. Con la intención de saciar este apetito teatral me presenté en la función. El espectáculo fue magnífico y, sin duda, los actores sobrepasaron mis altas expectativas. Pero, como decía, de todo aquel extraordinario engranaje teatral recuerdo principalmente una sonrisa. Aquella apacible sonrisa que portaban dos actores antes de comenzar el espectáculo, cuando desde bastidores sacaron la tela que ocultaría al personaje principal. Durante años he guardado aquel gesto aparentemente trivial en la memoria sin saber muy bien por qué. Pero creo que hoy puedo dar una respuesta.

Una de las primeras cosas que me apasionaron del teatro fue el hecho de encontrarme un espacio donde se podían crear códigos, ritos y convenciones al margen de la vida cotidiana. No me refiero al ámbito de la escena, que también, sino sobre todo a la manera en la que se comunicaban las personas. Y no hablo en términos superlativos, hablo desde la perspectiva minúscula de los detalles. Me capturaba la atención cómo entraban los actores al espacio de ensayo, el clima de concentración que se creaba mientras entrenaban, cómo hablaba el director con los actores, la atmósfera íntima que emergía en las conversaciones. En cierto sentido el teatro me pareció una manera de reinventar las relaciones humanas. Desde entonces siempre me ha parecido que la forma en que las personas construyen su forma de comunicarse dentro del teatro, cobija la fuerza y la calidad de su arte.

Por eso cada vez que visito una compañía o grupo no observo tanto el trabajo artístico como aquellos pequeños detalles que lo rodean. Cómo se miran y se hablan los actores mientras descansan, cómo tratan el espacio, cómo hablan del director cuando éste está ausente o simplemente cómo acogen a las personas que les van a visitar. Presiento que lo que envuelve al trabajo teatral frecuentemente da más información que cualquier ensayo o escena. Allí se palpa la filosofía del grupo, su disciplina, su fe, su confianza.

En todos estos años he podido constatar que aquellos grupos o personas que conseguían envolver el rigor y la dureza inherente de cada trabajo dentro de una atmósfera amable y humana, eran a posteriori quienes mejor futuro guardaban. Es un equilibrio sensible pero crucial. Si uno se inclina por la pura y sola disciplina tiende a un encerramiento que le acaba ahogando, mientras que si prioriza lo humano sobre el resto, se corre el riesgo de infravalorar el objetivo artístico.

Si hoy recuerdo la sonrisa de aquellos actores de Kathakali es porque me pareció un maravilloso ejemplo de armonía entre trascendencia y frescura. Sin duda, tratándose de actores que habían dedicado infinidad de años a la preparación de su cuerpo y su voz, esperaba de ellos un gesto adusto, serio, de hormigón; y, en cambio, en su primera aparición ellos mostraron sus dientes con dulzura. De la misma manera que en una cebra la raya blanca es la que nos permite ver la raya negra, aquí la sonrisa nos dejaba ver toda la dimensión y trascendencia de su trabajo. Sonriendo daban relieve al drama. Como los niños cuando juegan, en cuya sonrisa se lee que el suyo es un juego placentero pero muy serio.