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16
Lun, Dic

La voz antigua | Maite Tarazona

Hace unos días leí una entrevista a una artista australiana que conocí hace tiempo, y ella, ante la pregunta de cómo había sido su regreso a casa, ante la pregunta de si le era extraño regresar, ella respondía que todavía, y a pesar de haber pasado varios años de su vuelta, que todavía estaba intentando encontrar la manera de volver a casa, que la transformación vivida en ese viaje le hacía sentirse, a su regreso, un poco como una inmigrante (artística) en su propio país, que se sentía intentando hablar un lenguaje, que allí (que aquí), casi nadie habla.

No sé si os ha pasado a vosotros alguna vez, volver de un viaje, de algún viaje, de uno de esos viajes que te cambian la vida, y sentir todo extraño, tú mismo extraño, todo extrañamente extraño. Imagino que tendrá que ver con el desarraigo, con dejar pedacitos de ti en cada lugar que habitas, con haber vivido en otro lugar, con otras personas, momentos que han cambiado diametralmente tu vida, sentir que ya no eres el mismo, que ya nada volverá a ser lo mismo.

Cómo volver, dónde volver, si todo es ya distinto, si ni tu ni ellos ni nada son ya lo mismo, si perdidas las referencias te encuentras abocado a construir nuevos puntos de apoyo sin perderte en la continua mirada al pasado.

Hace unos días una chica me dijo, “bienvenida a casa”, y me sentí en casa, y no era aquí.

Al igual que mi compañera australiana, volví, y como ella y quizás por haber pasado por una experiencia similar, sigo intentando volver a casa, y en ese volver y no encontrar el camino y ante la imposibilidad de hacer, he decidido ver, ver teatro, más teatro, todo el teatro que pueda, todo el teatro que me de la vida, y en ese ver y vivir lo que otros hacen, encontrar en ese lenguaje lo que nos una en esta casa.

Y sigo asistiendo al teatro con sorpresa, y nunca sé lo que me espera aunque haya visto algún fragmento del espectáculo, aunque haya leído algo de él, a veces es la voz o la presencia de alguien la que me subyuga y me siento enamorada al instante durante las dos horas que dura el espectáculo, o a veces son los cambios de escena los que me confunden (para bien o para mal) y no dejo de preguntarme por qué.

Esta semana he visto “Incendios” y “Ensayo” y “Contra la democracia”, en La Abadía, en el Pavón Teatro Kamikaze y en el Teatro Galileo y en todas las propuestas más o menos cercanas o alejadas de mi sensibilidad o de mi forma de ver el mundo estaba la necesidad de quemar y de quemarse, de dejar huella, de hacer que se levante el mundo, que nos levantemos todos y que dejemos de estar ciegos y sordos y mudos ante lo que nos llega, ante lo que nos pasa, ante lo que somos, ante el mundo en sí, invitándonos a “romper el círculo del odio” y a construir en lugar de destruir. Por eso hay que ir al teatro, por eso merece la pena hacer teatro aunque el mundo se nos derrumbe en el intento, porque el teatro es una forma de cambiar el mundo, y no soy ingenua, no, no lo soy, creo firmemente en ello aunque a veces también dude. El teatro quizás sea una de las pocas formas que todavía tenemos en nuestras manos para poder cambiar el mundo, para poder intentarlo, para poder plantar semillas que crezcan en los pechos de los otros, semillas que germinen algún día y que den vida, y que nos hagan mejores personas. La experiencia vivida en el cuerpo de otro te cambia, y a veces no hay vuelta atrás ante ese cambio y no queda otra cosa que aceptar el desafío.

Hace casi un año que no escribo en esta columna, hace casi un año o más que me condené al ostracismo para poder sobrevivir, pensando que aislándome del mundo sería más fácil la reconstrucción de lo perdido, pero no fue así, supongo que somos seres sociales y que ante la nada, ante lo inconmensurable del infinito, solos y sin ningún apoyo más que nuestra propia soledad, estamos abocados al fracaso. Así que he decidido volver y escribir y vivir, vivir quizás a veces desde la nostalgia pero no más en la negación, sino mirando hacia delante, teniendo en cuenta el pasado pero mirando hacia el futuro desde un presente bien enraizado en la tierra, y he decidido vivir y vivir mucho, y querer mucho, y ver mucho teatro, todo el que pueda y en cuanto pueda, hacer.

A veces estamos abocados a cumplir nuestro destino, por mucho que no sepamos lo que nos espera, por mucho que no sepamos el camino, a veces solo sabemos que estamos perdidos, pero a pesar de todo, sabemos que hay algo ahí, que está más allá y que tenemos que ir a buscarlo.