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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Estoy actuando en una sala pequeña, con corazón. Ante unas 30 personas, aproximadamente. En primera fila, bien pegadita al escenario: una ausencia. La señora que la llenará con su carne sale del baño, una vez tirada la cadena, cuando yo ya he empezado la función. Gracias al Teatro, lo hace en un momento de transición, apenas al principio, cuando he acabado la canción de bienvenida al asunto escénico. Ni tan mal, a pesar del ruido que hace al desplazar su presencia desde el baño hasta su silla. Saludo al respetable, con especial dedicación a la señora por su tardía incorporación, quien, con voz alta y clara, pide perdón mientras se sienta. Todo en orden pues. Empezamos. Proseguimos.

Me lanzo a contar, a accionar, a ilustrar con manos y pies la historia que porto, que traigo y transcribo conmigo. Lanzo 30 hilos invisibles con los que conectarme a cada conciencia para galopar juntas por los 50 minutos que dura el espectáculo. Pero hay un anzuelo que se resiste. Es la señora de marras que no se qué asunto se trae ahora con su móvil. Esta es la cara amarga de trabajar la hipersensibilidad, la escucha total y la mirada periférica: Entrenas a tu cuerpo para ver sin tener que mirar directamente y ahí está: la dichosa lucecita azul de la pantalla de la señora, que no deja de estar presente y distraerme, atrayéndome como la más voluptuosa sirena que pudieras encontrar en alta mar.

Como actriz, cuento con el suficiente arrojo como para pegar un toque directo y certero a la señora del móvil. Delante de todos. Pero decido no hacerlo. Porque decido no darle el poder de secuestrar mi atención y mi buen o mal hacer de actriz en detrimento de las otras 29 conciencias que si siguen atentas mis peripecias sobre el estrado. No me da la gana. Y así sigo y prosigo en una lucha encarnizada por mi atención, la suya y la del grupo de personas que han pagado una entrada para que yo les cuente una historia. ¿Saben qué sucedió? Que el propio grupo se reguló solo. Y aunque el toque de atención de los propios espectadores llegó algo más tarde de lo que yo hubiese deseado, fueron finalmente ellos mismos los que hicieron que la señora en cuestión guardara por fin el juguete en el bolso y dedicara al asunto teatral la mucha o poca atención que era capaz de implicar.

Hay un momento, justo antes de empezar cualquier hecho teatral, en el que el aire debe volverse denso. El silencio se espesa y las pelusas que vuelan por el aire se hacen visibles en su cadencia. Esto no surge porque sí. El actor debe hacer un esfuerzo consciente para que así sea. Debe honrar al Teatro antes de saltar del trampolín para zambullirse en la piscina. Si no genera ese silencio cargado de expectativa, el teatro se vuelve pobre.

Aquel día, en aquella salita con corazón y ante 30 personas, no tuve el coraje de honrar al Teatro a pesar de saber que el momento del aire denso no se estaba dando. Cuando la luz de sala se apagó y se hizo el silencio natural que se genera en todo teatro antes de empezar una función, una guirnalda de luces amarillas siguió flotando al fondo de la sala. Esa luz no debía de estar encendida, sentí, pensé, supe con meridiana claridad. Debería entonces haberme plantado sobre el escenario y haber dicho con voz tranquila y clara: ¿Por favor, podríamos apagar la guirnalda de luz antes de empezar? Pero no lo hice. En vez de eso, empecé a cantar. Y después, ya conocen la historia. La señora rubia tiró de la cadena de los despropósitos a destiempo. Creo firmemente que nuestros tiempos se hubiesen acompasado mejor si hubiese sido yo capaz de honrar al Teatro antes de comenzar aquella inolvidable función.