Sidebar

18
Vie, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Preposiciones. "A, ante, bajo, cabe, con, contra...". Animales invertebrados. "Poríferos, celentéreos, platelmintos, asquelmintos, moluscos...". Gases nobles. "Helio, neón, argón, kriptón, xenón y radón". Reyes visigodos. "Alarico, Ataúlfo, Sigérico, Walia, Teodorico, Turismundo....". Columna vertebral. "7 cervicales, 12 dorsales, 5 lumbares, 5 sacras y 4 coccígeas". Hay toda una generación anterior a la mía que es capaz de recitar de memoria infinidad de listas que aprendieron en la escuela. Cuando lo hacen, su voz muestra una seguridad inquebrantable, pero al mismo tiempo, los ojos, en su opacidad, apenas logran disimular el tedio acumulado durante el aprendizaje. Desde la distancia de quien no ha recibido una educación así, uno admira que pasados tantos años aún enumeren sin coger aire tanta palabra junta.

Un embelesamiento similar me produjo un juego tradicional de cartas japonés llamado "Karuta". Consiste en lo siguiente: sobre la mesa se colocan una serie de cartas que contienen los últimos versos de poemas japoneses antiguos. Alguien desde fuera lee un poema, y los jugadores tienen que descubrir entre todas las cartas que hay sobre la mesa, aquella que contiene el final del poema que se lee. Gana quien antes coja la carta correspondiente. En realidad, el juego es un pretexto para que desde niños, los japoneses memoricen infinidad de poemas que ensalzan la cultura y la tradición japonesa. En Inglaterra sucede algo parecido. Allí, sin necesidad de ningún juego de cartas, gracias a la obstinación de algunos profesores de escuela, muchos adultos son capaces de recitar de memoria fragmentos de obras de Shakespeare.

El aprendizaje que es fruto de una disciplina rigurosa -justa para quien enseña, exacerbada para quien lo padece-, imprime huellas que el tiempo difícilmente puede borrar. Son huellas que en el presente dejan una sensación ambigua, donde se mezcla el orgullo de conservar lo aprendido y el recuerdo de una tortuosa manera de aprender que tan bien sintetiza el dicho "la letra con sangre entra". En el oficio escénico ese tipo de huellas son las que estampa el ballet, el método Suzuki o el mimo corporal. También lo hacen la biomecánica, la ópera o cualquier entrenamiento físico o vocal que se realiza con ahínco durante largo tiempo. Impresiona percibir la estela que una dedicación artística deja en esos cuerpos, la pureza particular de sus movimientos, de sus voces, la perspectiva intransferible con la que analizan el arte y también la vida.

De forma quizá menos evidente, cada proceso de creación puede dejar huellas en los cuerpos. Huellas que aparecen después de haber utilizado la palabra de una determinada manera, de haber trabajado obstinadamente con un objeto, o incluso huellas que quedan impresas en el modo de pensar. De la misma manera que la profundidad de la huella de un zapato sobre la tierra depende de la fuerza con la que pise y de la dureza del terreno, la profundidad de las huellas artísticas depende de la disciplina que se aplique y de la ductilidad de quien la asume. Si el rigor es vago o si el artista es impermeable a nuevos aprendizajes, el proceso de creación difícilmente dejará huella.

Buscar el mejor rendimiento con el mínimo esfuerzo y asumir que los procesos no tienen por qué dejar rastro en quienes los desarrollan, es una opción posible. Seguramente sea la opción más sensata para estos tiempos insensatos. Lejos de esa sensatez contemporánea, hay otras posibilidades, quizá no mejores pero ciertamente más arriesgadas, en las que uno acepta que cada creación requiere de un particular aprendizaje que le dejará marcas de guerra. Cicatrices que serán vestigios de experiencias.

Cuenta la leyenda que una anciana actriz, momentos antes de fallecer, fue poseída por los diferentes personajes que había interpretado en vida. Durante su agonía, por su rostro desfilaron Antígona, Electra, Ofelia, Medea, Lady Mcbeth, Winnie y otras tantas mujeres más. De vez en cuando me acuerdo de la leyenda y me pregunto: cuando llegue el momento de la despedida, ¿quedará en nuestro cuerpo alguna huella artística que haya resistido el paso del tiempo?