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19
Mar, Feb

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

La cantidad de unas sustancias en el cerebro, las llamadas catecolaminas, estima el grado de tristeza que tenemos. Hay una hormona del stress cuyos niveles en sangre nos dan una idea del desasosiego que acumulamos dentro. Dicen que computando la sudoración y la frecuencia cardíaca se puede detectar si alguien miente o no. Y más aún, la longitud de una parte de nuestros cromosomas, los llamados telómeros, puede predecir cuánto vamos a vivir. Ya se puede medir, pesar y contabilizar aquello que hasta hace poco no tenía altura, peso ni número. Así avanzan los tiempos, adelantándonos por el carril derecho. No nos extrañe pues si de aquí a un tiempo aparece una prueba de aliento que cuantifica nuestra sensación de libertad, si el grado de pasión se puede ponderar por el tipo de lágrima que baña los ojos, o si se descubre que la metáfora "romper el corazón" describe lo que en realidad sucede a nivel microscópico en el tejido de los ventrículos, donde se podrían ver y medir microgrietas causadas por desamor.

Una de las últimas conquistas en el reto de mensurar lo inmensurable la he visto en los Juegos Olímpicos, en la modalidad de natación sincronizada, esa disciplina que no se sabe si es un arte disfrazado de deporte o al revés. Resulta que en la valoración de esos ejercicios que desafían las leyes de la física corporal, de la física cuántica y acuática a la vez, hay dos baremos: el mérito técnico y la impresión artística. Siendo espectador fortuito, uno intuye que en el primero se valoran una serie de cuestiones como el grado de sincronía, la perfección en la ejecución o la limpieza en la lucha contra el agua. Ahora bien, ¿cómo se cuantifica la impresión artística? Los expertos dicen que ahí juzgan la coreografía, la interpretación musical y la presentación general. Pero sigo sin respuesta para la pregunta: ¿Cómo se valoran numéricamente todos estos elementos? Y lo sorprendente no es ya que se puedan cuantificar, sino que la nota se dé hasta con tres décimas de precisión. En la final por equipos, el equipo ganador, Rusia, obtuvo 49,690 sobre 50 en la impresión artística. En lo artístico a mí me pareció simplemente, eso: impresionante. Ignoro dónde se disolvieron esas 310 centésimas de imperfección.

Con toda la admiración que me produce este deporte –o arte–, al apagar el televisor sentí una angustia inespecífica dentro de mí. Me dio por pensar que llegado un momento todo en el arte podría ser monitorizado. Los ejemplos se agolpaban en mi cabeza. Para empezar, la capacidad de captar la atención de un espectáculo se mediría contabilizando el número de pestañeos de los espectadores. A menos pestañeos, claro está, más atrayente la obra. Si la obra fuese de suspense, a los espectadores se les pondría una especie de marcapasos y se haría una media de sus palpitaciones cardíacas. Cuanto más revolucionado el corazón, más intrigante la obra. Para medir la comicidad de las comedias se cuantificaría el número de contracciones en las comisuras de los labios, y si el espectáculo fuese circense se contabilizaría el número de apneas en los momentos de mayor riesgo. De esta forma cada espectáculo haría todas estas mediciones antes de estrenar, y así, los dossieres de las obras no tendrían la retórica que tradicionalmente les acompaña, sino un documento analítico, oficialmente sellado, que describiese objetivamente y con extrema precisión las características del espectáculo. Las programaciones y las subvenciones no tendrían más que seleccionar en función de los números, sin miedo a que se les acusase de ser subjetivos.

En medio de esta reflexión futurista, que tenía más de ficción que de ciencia, me acordé de un amigo, estudiante de teatro, cuyo director de tesis le propuso realizar un estudio sobre la influencia de las técnicas de interpretación en los espectáculos contemporáneos. La idea, expuesta en crudo, parecía interesante. Pero lo supuestamente novedoso de la investigación consistía en objetivar y cuantificar las influencias. Algo así como: en el espectáculo tal se apreciaba un 30% de la técnica Grotowski, un 20% de Stanilavski, casi un 50% de biomecánica de Meyerhold y unas trazas de Brecht. ¿Se imaginan? Mi colega desde luego no acabo de imaginárselo y cambió de tema. O de director de tesis, no recuerdo bien.

Finalmente llegué a una conclusión que me apaciguó. Me dije que de nada servía tanto empeño en objetivar y cuantificar si al final nos negamos lo esencial: el placer indescriptible de acudir a un evento artístico que es capaz de dejarnos sin palabras en la boca. Y sin números en la cabeza.

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