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Lun, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Ando por tierras teatralmente agradecidas. Buenos Aires, Montevideo, Córdoba y ahora mismo Rosario. Aquí justamente acaban de rendirle un homenaje a Juan Antonio Hormigón en Experimenta 15 que organiza El Rayo Misterioso y he tenido el honor de compartir la mesa del acto inaugural. Hacía trescientos cincuenta y siete días que abandoné esta ciudad con muchas promesas y cuestiones a resolver. Hoy siguen siendo muchas de las promesas, buenas intenciones incumplidas y sin resolver quedan todas aquellas cuestiones que requieren algo más que un actitud voluntariosa, es decir que no se resuelven solamente desde la obcecación, la constancia o la predisposición, sino que necesitan colaboración, complicidad y actitud política desde las instituciones.

Parece indisoluble la relación entre vocación teatral basada en principios básicos y coherentes y la economía rayando la miseria o la marginalidad. Están contentos los amigos uruguayos porque ya se les ha recocido a los artistas el estatuto de trabajador. En Argentina y especialmente en algunas provincias van adelantando leyes para consolidar este conjunto. En estos países existen alunas instituciones con elencos fijos, sindicados, funcionarios que cobran un salario todos los meses. Pero esta realidad convive con los cientos de artistas, egresados de escuelas de interpretación de rango universitario que deben hacer otros trabajos para poder se dedicar a un teatro de calidad junto a los que tras un taller acceden a los repartos. El teatro comercial, en graduaciones variadas dependiendo del lugar acoge a un número determinado de profesionales que trabajan con seguridad cuanto dura esa producción. Y después la incertidumbre.

Me doy cuenta que estoy relatando lo mismo, con unos matices y una prosodia diferente a ambos lados del Atlántico Con una salvedad, no existen en España compañías estatales o de comunidades autónomas donde tengan actores y actrices contratados de por vida. Existen técnicos, que se han trabajado su lugar y que podríamos considerar incluso, que desequilibran la balanza en lo que es una producción. O sea, el teatro está semi-profesionalizado, o dicho de otro modo, por mucho que digamos que somos licenciados, si al final debemos servir copas o vender seguros u operar de ligamentos para mantener la familia y después hacer el teatro que nos interesa y creemos oportuno, habrá que empezar a considerarlo de manera más profunda, sin sectarismos, sino utilizando todas las posibilidades para darles cabida en todos los pensamientos, presupuestos, leyes, reglamentos o convocatorias como tártaro aficionado, sin ambages ni subterfugios semánticos.

Si se dice con toda solemnidad desde diferentes lugares profesionales que no supera el veinticinco por ciento de los actores y actrices los que viven del teatro ( de su profesión para ser exactos), ¿a qué esperamos para tomar medidas para resolverlo? Pero si se mira así, existe un setenta y cinco por ciento que debe estar haciendo teatro y no cobrando, o cobrando una miseria o grabando cortos o rebajando los emolumentos en las sesiones de casting o de televisión hasta lo denunciable comprometiendo realmente su nivel de vida con la esperanza de ver reconocido su esfuerzo.

Y por otro lado se firman convenios, se ratifican los firmados, se reclama el cumplimiento. ¿Se hace? ¿Qué fuerza existe real para hacerse cumplir los convenios? Estamos en una encrucijada. En estas tierras por donde ahora me relaciono, veo, charlo, sueño proyectos teatrales, a las que admiro por su vitalidad, estas contradicciones se resuelven a base de asumir demasiados riesgos, del pluriempleo, pero existe una suerte de retorno en forma de una satisfacción al verse acompañados en esta aventura por los públicos. O unos públicos. Que son insuficientes para solucionar la cuestión económica, pero que ayudan en estos tránsitos. ¿Existe esta complicidad en el Estado español?

No sabría contestar. Hay momentos que me parece el mismo problema con diferentes acentos, pero en otras veo diferencia insalvables de orden educacional y de aceptación social de las artes escénicas. No hay soluciones inmediatas, ni universales, ni absolutas, pero hay que ir rescatando o no perdiendo dignidad profesional, remuneración por el ejercicio de sus trabajos en todos los niveles y estamentos y la estabilidad en los artistas, especialmente en actores y actrices que son los fundamentales y eso no es solamente una cuestión empresarial y sindical, sino política. De mucho alcance y de una mirada con proyección de futuro, no con demagogias ramplonas o urgencias históricas.

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