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Vie, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

 

Yo a lo mío. A las listas, listados y demás entretenimientos curriculares que acostumbran a provenir de un ombligo excitado. El periódico El Mundo ha publicado una lista de las cien personas más influyentes en España. Está claro que se trata de un juego de vanidades, que reparte influencias con clara tendencia política, que responde al capricho de un grupo de individuos, cuando no de uno solo, aunque en compañía de otros para recomponer este listado aleatorio, subjetivo y que más que señalar influyentes, busca lograr influencias.

Pues bien, hasta el número 90 no aparece nadie que podamos considerar perteneciente al mundo de la cultura creativa. Vale, hay periodistas, cuentistas, como algún ministro, pero lo que se dice gente del mundo de la Cultura, hasta ese número con Javier Bardem, nadie, ni por asomo. Y salta al 95 con Pérez-Reverte, sigue con Pedro Almodóvar, coloca a continuación a Penélope Cruz y el penúltimo, es decir el número 99 es Antonio Banderas. Bueno podríamos considerar que ese gran industrial, propietario del Grupo Planeta, se dedica a una actividad cultural, pues eso en el número 18 aparece José Manuel Lara. Lo demás son políticos, banqueros y deportistas.

Estamos de acuerdo en que se trata de una lista sin ningún valor crediticio ni administrativo, pero viene a señalar una realidad: no importamos. No pintamos nada. Un motorista como Marc Márquez está por delante de los actores de cine más famosos por trabajar en el extranjero, el director manchego y el cartagenero de las grandes ventas de novelas. Ni por asomo aparece un científico, un dramaturgo, un pintor, una poeta. Esta lista nos enseña una parte de la realidad, de la percepción que se tiene del mundo de la cultura: somos un adorno, algo que solamente se tiene en cuenta a partir de un cierto nivel de cachet.

Me reconfortaría pensar que se trata de El Mundo, con sus tendencias y sus gustos, pero me temo que estamos ante algo más extendido, que en estos momentos y perdonen la flojera y recurso fácil, puede ser más influyente Belén Esteban que Juan Mayorga. Es doloroso, pero en este estadio de incomprensión y desmadre se encuentra nuestra sociedad y, muy especialmente, los medios de comunicación que son los que van cribando para sus espectadores, oyentes o lectores la importancia de las personas, sus obras y su trascendencia. Que no existamos casi en los medios de comunicación es un síntoma, aunque a veces parece que esa sea la enfermedad, el desprecio, la falta de valoración de los asuntos culturales.

Y cuando se dedican a ellos, se hace con una jerarquía absolutamente comercial y disparatada, fuera de todo valor cultural, simplemente siguiendo la ola del famoso, de la rentabilidad, de lo efímero pero que se considere está de moda o está en boga. Salvo contadas y magníficas excepciones no existe información cultural solvente. Todo es un acto de propaganda y/o publicidad. Así se va desarmando culturalmente a la sociedad, especialmente a las clases más débiles.

Por eso debemos conjurarnos por mantener, aunque sea con ciertos toques dogmáticos, la defensa de una cultura activa, de un teatro no circunstancial y casual, sino culturalmente eficaz e importante. Tenemos que ser nosotros los primeros que denunciemos la banalidad y no contribuyamos a ella. Cuesta. Es lo más difícil, pero es la única manera de que mañana se nos siga considerando un bien cultural y no un entretenimiento de usar y tirar. Y así, quizás, tendremos mucha más influencia.