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Mié, Mar

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Aunque no lo hayamos racionalizado a cabalidad, para nadie es un misterio eso de que desde el momento de nuestro nacimiento, cuando comenzamos con el misterio de la vida, también nos estamos acercando al mayor misterio de todos, nuestra muerte, lo que da como para pensar en un ciclo sin fin, en un bucle infinito.

Las paralelas irreconciliables terminan siempre por juntarse.

¿Y si en el momento de nuestra muerte iniciáramos una nueva vida?

Desde el colegio sabemos que la energía no se gana ni se pierde, solo se transforma. En 1905 con su famosísima fórmula, Einstein puso en evidencia que materia y energia son equivalentes.

E=mc2

La energía es igual a la materia multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado (E=mc2) o lo que según las reglas de las matemáticas sería equivalente, la materia es la energía dividida por la velocidad de la luz al cuadrado (m=E/c2).

El ser humano es una singular mezcla de materia y energía por lo que sin aferrarse al bastón de las tan manoseadas religiones, podemos considerarnos científicamente inmortales al ser un vaivén entre masa y energía.

Claro está que nuestra mente racionalizadora no acepta tal posibilidad por cuanto nadie ha podido dar fe con hechos concretos de que la muerte no es un fin sino un simple momento, un umbral entre dos realidades igualmente vitales.

Muchos pueblos antiguos consideraban a la muerte como un fenómeno de la vida en que se cambiaba de estado o de nivel de conciencia pero jamás un fin.

Sería iluso pensar que nuestra inmortalidad implica seguir siendo lo que somos. Los mismos pensamientos y sentimientos en el mismo envase físico; que aburrido. Con una inmortalidad invariable sería mejor morir según la concepción clásica de finitud.

Afortunadamente el tiempo sabio nos va cambiando dentro de escenarios también en constante cambio.

Cada cual puede tener el nivel de misticismo o religiosidad que le acomode en función a sus más íntimas creencias y convicciones, eso sí, sin imponer por la fuerza o la sinrazón su propio pensamiento a quienes no lo comparten, el mal de nuestros días, el mal de siempre.

Lo físico parece ser, al menos hasta el momento, lo único verdaderamente imperecedero aunque inanimado.

¿Entonces por qué no trascender o ser inmortales a través de nuestras creaciones?

El arte con sus diversas manifestaciones, sin utilizar falsas promesas nos entrega inmortalidad asegurada.

Ginger Rogers (1911-1995), Elvis Presley (1935-1977), Edith Piaf (1915-1963), Tchaikovsky (1840-1893), Rembrandt (1606-1669), William Shakespeare (1564-1616), Miguel Ángel (1475-1564), Leonardo da Vinci (1452-1519), Filippo Brunelleschi (1377-1446),...

Tampoco se trata de llegar a niveles tales como para ser reconocidos por toda la humanidad, basta con que nuestros afectos nos recuerden para que nuestra energía siga presente en este mundo de inmortales al cual pertenecemos.

Un poema a la mujer amada que encuentren por azar los bis nietos, un dibujo de infancia heredado por algún hijo, tararear de manera inconsciente esa canción que alguna vez nos cantó nuestro abuelo antes de dormirnos, cualquier acto artístico es válido a la hora de manifestarnos como los inmortales que somos y seguiremos siendo mientras alguien nos recuerde.

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