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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor
Ahora hay flores rojas en los ceniceros del bar de moda. Me dice la camarera que las traen los viejos del lugar. Yo no he vuelto a ser la misma desde que dejé de fumar. Y es que mi metro y medio de estatura, era más grande, a los quince años, piti en boca. Ahora ya no se fuma. ¿Dónde queda el glamour de los rostros blancos del cine más negro? Ya no es elegante, ya no es políticamente correcto fumar. Yo dejé el hábito y odié. Y eché espumarajos por la boca como un Rey Lear bien despechado. Hace mucho tiempo Antón Chéjov escribió. Eso ya lo sabemos. Lo que yo no sabía, hasta hace bien poco, es que también escribió acerca de los males del tabaco. Y puso las palabras en boca de un conferenciante. He oído que, hace unos años, este escrito se convirtió en uno de los textos fetiche que utilizaban los actores cuando debían trabajar con un texto como fin en sí mismo o como trampolín para algo más. “Sobre los perjuicios del tabaco” se llama la obra que un gran actor bilbaíno presentó recientemente en un espacio recogido y no convencional de uno de los teatros emblemáticos de Bilbao y que, parecía, por qué no decirlo, pintado para la ocasión. Aquello fue teatro puro. Pura conexión entre los espectadores y el anfitrión. La casualidad quiso que me cruzara con dicho actor un día antes de que tuviera lugar la representación. No le conozco mucho, pero si lo suficiente como para pensar: “Encuentro yo a este hombre un poco raro hoy” Y es que lo vi algo despeinado, con aire despistado, con los bultos de aquí para allá y… con un cigarro en la boca, eso si. La verdad es que no le di más importancia a todo aquello y me limité a achacarlo al ajetreo propio del día anterior a un estreno o actuación. Hasta que tuve la oportunidad de presenciar, y lo digo con todas las letras, el hecho teatral que aconteció al día siguiente, donde Ivan Ivanovich nos instruyó acerca de los aspectos nocivos del tabaco. Tras el acto, el actor se retiró a su camerino para volver después con nosotros de nuevo al mundo de los vivos ¿o debería decir de los muertos? Y, para mi asombro, tras la representación, veo reaparecer a un hombre pulcro, bien peinado, vamos… a otro ser. Y entonces lo entiendo todo de un fogonazo. ¡Joder!, me digo: ¿A quién vi yo ayer entonces? ¿Con quién hablé yo ayer brevemente a pleno sol a las 7 de la tarde en Bilbao? Pues con Ivan, me digo, ¡con el ruso!. Ayer tuve la extraña suerte de cruzarme con el personaje en Bilbao a pleno sol. Y ahora me digo: ¡Yo también quiero! Yo también quiero saber hacerlo. Yo también quiero ser capaz de construir o de hacer vivir en mí un personaje con tal naturalidad y organicidad como para que se confunda entre los dos mundos. La verdad es que no se cómo hacerlo. Y, además, a eso hay que sumarle que hace un año que dejé de fumar y que, desde entonces, mi cuerpo no ha parado de engordar. La cosa se enreda aún más: el personaje que me aguarda es prácticamente esquelético y además…¡no para de fumar!