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08
Dom, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

A nada que hagamos el ejercicio, a veces tan liberador, de insultar a alguien, nos daremos cuanta de la cantidad de animales que usamos como palabras arrojadizas. Es un ejercicio ciertamente bruto, pero con una conclusión sutil: revela este afán tan nuestro y a la vez tan dudoso de distanciarnos del resto de los mamíferos, asumiendo que somos una especie diferente, superior. Hagan la prueba. Verán que no miento. Perro, zorra, rata, cerdo, merluzo, víbora, cabrón, gusano, burro, ganso... O simplemente: ¡Animal!

Paradójicamente, a medida que desarrollamos nuestra inteligencia, ese don que creemos que ninguna otra especie posee como nosotros, y somos capaces de estudiar el comportamiento animal con mayor detalle, más claro resulta lo que nos parecemos a todos ellos. Es más, con frecuencia ciertas conductas animales nos recuerdan características humanas como la empatía o la solidaridad que, despistados como somos, tantas veces olvidamos. Basta echar un ojo a cualquier gran primate como los chimpancés o los bonobos para ver en ellos la humanidad que ya no vemos en nosotros. Pero se puede ir más lejos en el parentesco animal para cerciorar, efectivamente, que de la misma manera que los humanos somos más animales de lo que nos gustaría, los animales son más humanos de lo que pensábamos.

Todo esto viene a cuento de una noticia que saltó hace un tiempo a la esquina de algunos periódicos, según la cual unos científicos demostraban el instinto de solidaridad y la capacidad empática de las ratas. Sí, sí: de las ratas. El experimento tiene su intríngulis. Vamos a ello.

Lo primero que hicieron fue situar a parejas de ratas durante dos semanas en el mismo espacio para que se reconocieran, conocieran y estableciesen vínculos emocionales. Posteriormente, a una de las ratas se la metía dentro de un cilindro donde apenas se podía mover. La otra rata se quedaba en la jaula de tal manera que podía ver a su compañera encerrada. El quid de la cuestión residía en que en la misma jaula había un mecanismo de apertura que la rata libre podía activar para rescatar a su pareja. Resultado: la mayoría de las ratas al ver el sufrimiento de la compañera, aprendieron a activar el mecanismo de apertura. Y no sólo eso, una vez liberada una de las ratas, ambas correteaban por la jaula en marcha triunfal. Si, por el contrario, en el cilindro en lugar de una compañera, se introducía un peluche o se dejaba vacía, la mayoría de las ratas no aprendían a activar el mecanismo de apertura. Es decir, hay un instinto empático en las ratas que estimula su aprendizaje.

Hablamos entonces de la empatía como impulso que activa la adaptación al medio y la adquisición de nuevas habilidades; y sabemos que todo proceso empático comienza por la percepción y asimilación del entorno. Hay pues en la empatía un previo ineludible: escuchar. Escucho lo que me rodea, lo incorporo y actúo en consecuencia. Si no hay escucha o ésta es defectuosa, no hay empatía, y en consecuencia el proceso de aprendizaje y adaptación que se desencadenaría se bloquea. Todo esto se puede extraer del experimento de las ratas, pero, como quizá hayan advertido, se trata de un proceso que, notoriamente más refinado, subyace en el aprendizaje del actor. El grado de refinación de su escucha define gran parte de su técnica y talento. A partir de ahí es capaz de adaptarse a los compañeros-personajes, dialogar sensorialmente con los espectadores, reconocer la capacidad expresiva del espacio, trabajar el tiempo como si fuese una escultura moldeable.

El actor guarda en sí el instinto de escucha que venimos heredando al menos desde la rata. Pero dicho instinto en un ecosistema tan complejo como el Arte Escénico no suele ser suficiente; para que sea parte esencial del oficio necesita convertirse en una capacidad extremadamente sensible y eficaz. Como la voz o el cuerpo, la escucha también se puede desarrollar a través de la experiencia o el entrenamiento. De ahí que, si bien nuestra capacidad de escucha y de empatía quizá no nos diferencia de la rata, con frecuencia sí permite distinguir al gran actor del menos bueno. Y a las grandes personas de las menos buenas.