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Vie, Abr

@Irene G. Lara

Crónica de la disrupción

En fechas recientes, el Parlamento español ha admitido a trámite la llamada Ley de Eutanasia, con una mayoría significativa y contra la opinión de los partidos políticos encallados en los criterios de la Iglesia Católica. Las discusiones previas –ante una enfermedad grave, dolorosa e irreversible– se centran en el concepto de dignidad que unos y otros repiten para defender sus posiciones. ¿Morir dignamente o vivir con dignidad? Ahí está la cuestión.

 

La compañía Cuarta Pared ha estrenado “Instrucciones para caminar sobre el alambre” que se anuncia como la segunda parte de una trilogía iniciada con “Nada que perder”. Con los mismos autores –QY Bazo, Juanma Romero y Javier G. Yagüe– y con idéntica técnica del formato “thriller”, el texto se adentra en los vericuetos de la sociedad contemporánea para reflexionar sobre situaciones, personajes y comportamientos que nos devuelve en forma de espejo nuestro cotidiano sentido existencial tanto colectivo como personal.

Si en “Nada que perder” se transitaba por los conceptos de la corrupción, la educación y la responsabilidad, entre otros aspectos, ahora se “camina”, concepto que está en el título del nuevo texto, “sobre el alambre”, quizá con una doble poética: alambre de espino –dificultades para sobrevivir–, y alambre como elemento de tensión, que soporta la tirantez hasta el punto de “disrupción” que es una forma de desaparecer.

En “Instrucciones para caminar…” se trata sobre la vida y la muerte, sobre la subsistencia y el perecer, sobre el paulatino morir viviendo y el vivir aguantando hasta la extenuación.

Los autores trazan el hilo conductor en Alba, una joven que sucumbe a la vida dejando algunos rastros con los que la familia intenta reconstruir momentos, circunstancias y avatares que permitan comprender a Alba quien metaforiza al ser humano en general. Porque, más que el deseo de encontrar al personaje físicamente, la obra trata de dibujar, de justificar, de descubrir motivos, referencias y vivencias que han llevado a Alba, a la sociedad, a la destrucción; es decir, la obra habla del proceso –pero no es una performance–, no habla del fin que es conocido como dice el clásico, “es el morir”.

Javier G. Yagüe ha dirigido una puesta en escena compleja en cuanto que juega con los tiempos y los espacios sin un sentido lineal, sino saltando adelante y atrás a modo de puzle de escenas concretas que el espectador tiene que engarzar de una forma global para encontrar el significado. Es decir, sigue un discurso un tanto cinematográfico con flases que apuntan a tiempos anteriores que se repiten a lo largo del espectáculo: por ejemplo, el pedalear sobre la bici –metáfora de la ambición–; la preparación para el proyecto de exposición publicitaria –metáfora de opresión–, entre otros pasajes; y tiempos presentes. En cuanto a los espacios, sucede otro tanto. No hay un lugar escenográfico específico, sino múltiples zonas que se construyen y de construyen con los elementos escenográficos donde se representan los respectivos momentos y situaciones, según conviene la narración.

Por lo demás, el montaje escénico se desarrolla en un amplio polígono con el público a tres lados; es decir, desaparece la frontalidad para crear un ámbito envolvente donde los intérpretes juegan a representar que escenifican diversos pasajes de la representación teatral. O sea, el público asiste a un juego metateatral donde se hilvana la narración con “las instrucciones” (45) que se recitan por los intérpretes en los momentos de transición entre las escenas, al tiempo que desplazan lo diversos elementos para componer los espacios y jugar a jugar.

Javier G. Yagüe ha creado un espectáculo denso e intenso. De una parte, exige que el público imagine, que no solo mire y sienta, sino que vea más allá de lo concreto, que poetice el significado de cada situación; pero que ni saque conclusiones precipitadas ni se deje atrapar por la emoción.

De otra parte, el director ha impuesto un ritmo frenético, atosigante, tan agobiante como lo que sufren los personajes: en la consulta del médico desbordado por los enfermos, y éstos impacientes por la deficiente atención (crítica política); en el entrenamiento sobre la bici con el pedaleo de más y más (ambición) hasta la fatiga suprema; en la preparación para la presentar el proyecto de la empresa publicitaria (presión sicológica); en el hotel el amigo se quiere suicidar (impotencia e indefensión); en el control del aeropuerto (estrés); en el trabajo exigencia de ideas y más ideas con prontitud (acoso sicológico); fatiga, depresión, “aquí no hay salidas”, el sufrimiento de vivir y morir por disrupción, la dignidad, ¿dónde está la dignidad del ser humano para vivir?, quizá la deshumanización, “no haber nacido (…) desprogramarse, desdibujarse, desaprender, des avanzar, descansar…”

En “Instrucciones para caminar sobre el alambre” el público asiste a un espectáculo que derrocha energía tanto por la palabra como por las acciones sin sosiego y por el contenido sicológico y social. Los intérpretes, incansables, actúan como un reloj de precisión cada uno con su personaje humano a la espalda, pero con enorme potencia e intensidad dramáticas. El espectáculo no da tregua, no hay un instante para las emociones ni para pensar. El espectador se ve inmerso en una especie de olla a presión que, con los personajes dentro, en cualquier momento pudiera estallar. Nadie puede quedar fuera a salvo, indiferente, en este espectáculo de alta tensión.

Manuel Sesma Sanz

Espectáculo: Instrucciones para caminar sobre el alambre - Dramaturgia: QY Bazo, Juanma Romero y Javier G. Yagüe - Intérpretes: Marina Herranz, Rosa Manteiga, Javier Pérez-Acebrón, Guillermo Sanjuán y Aitor Satrústegui - Escenografía y vestuario: Monika Rühle - Iluminación: Mariano Polo - Dirección: Javier G. Yagüe - Compañía Cuarta Pared - Sala Cuarta Pared de Madrid, jueves, viernes y sábados de febrero y marzo.