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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Semana a semana cambia el ánimo de los profesionales de las Artes Escénicas, en un ambiente ciclotímico, pero con una tendencia a estabilizarse en la depresión. No parece una mera astenia primaveral, sino de un problema más profundo que se va aposentando en todos los estamentos concurrentes, y que teniendo que ver primordialmente con el ahogo económico, presenta rasgos y sintomatología de ser un problema más grave, estructural, de falta de instrumentos realmente apropiados para superar la actual situación de anemia institucional.

Por lo tanto, a la espera de la estocada definitiva que llegará la semana próxima en la que conoceremos los presupuestos generales del Estado español, y con ellos los recortes en cada ministerio, y dentro de ellos, de cada secretaría de Estado, y dentro de ellas, lo concerniente a todos lo capítulos recortables, a excepción del primero, el del personal, para entendernos. Por lo tanto, las rebajas porcentuales que se nos dirán, no son de aplicación general directa, sino al capítulo dos y a las producciones, por lo que la situación va a empeorar, al menos en este sentido. En las autonomías, diputaciones y ayuntamientos, estos recortes ya se están aplicando.

El desastre va a ser muy importante debido al sistema que nos hemos dado en estos años, basado en el apoyo institucional, sin apenas tener una incidencia presupuestaria la respuesta de los públicos. Este sistema es el que se está resquebrajando, el que va a producir un parón, una ruptura, una discontinuidad que se nos antoja definitiva en algunas ocasiones. El tejido profesional, directo e indirecto, va a sufrir deterioros irreparables. Y no tenemos, a fecha de hoy, instrumentos de recuperación, ni de defensa, ni de proyección hacia el futuro.

Podríamos aceptar sin muchos recelos la privatización, clara, nítida, directa o indirecta, como una manera de mantener el pulso a la actividad, pero nos tememos que se trata de algo totalmente improvisado, de unos males menores, no de algo que se haya pensado y se hayan creado los cauces, los reglamentos, las relaciones justas y aceptables entre lo privado y lo público que además de ser legales, sean legítimas, y que se correspondan con un plan, con un futuro, con una solución.

Lamentablemente cada día tenemos noticias de acciones en este camino hacia la privatización. Que el festival de Mérida tenga una deuda histórica de más de tres millones de euros, que se haya nombrado una gerencia para intentar cortar esa vía de agua y que la solución sea entregar, por concurso o por proximidad a una productora privada la gestión artística, es una solución de urgencia, pero si no salen las cuentas, es decir si no entra público que pague la entrada, los números seguirán siendo deficitarios, o las programaciones serán muy baratas, lo que conlleva una pérdida de públicos por esa circunstancia que se añadiría a la de la crisis general.

Es importante recordar que Mérida, concretamente, ya tuvo co-gestión privada, productoras que hacían la gestión, y desde entonces, parece ser, se vienen acumulando los déficits. No es novedoso, lo que sucede ahora es que se presenta como un modelo. Y ahí es donde debemos afinar nuestras argumentaciones. Porque hay modelos que sirven para un festival, pero no para una programación habitual. Y al contrario. Y lo privado no es más eficiente, por ser privado, que lo público. Eso está demostrado. Por lo tanto, mientras nos dotamos de instrumentos para el futuro, tendremos que buscar las maneras de convivir lo público y lo privado, siempre con criterios claros, transparentes y que sea para mejorar el teatro, la danza, las artes performativas, y no solamente para incrementar la actividad mercantil de unos pocos.

Y sin olvidarnos de seguir apoyando todas las reivindicaciones, denuncias, acciones para que se corte en la medida de lo posible esta sangría, esta destrucción de lo poco que se había conseguido en las últimas décadas. Nosotros somos parte de los afectados, por ello estamos junto a todos los que luchan por mantener la dignidad de la Artes Escénicas como un bien cultural que además es una actividad económica.

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