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Vie, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

No sé cuándo, pero en algún momento ocurrió. Sucedió que en las grandes escuelas se comenzó a confundir el conocimiento con la inteligencia, hasta el punto de que el primero tomó el lugar de la segunda. Y así, llegó un día en el que durante el proceso educativo lo más importante no era espolear la inteligencia (o las múltiples inteligencias, como se les llama ahora), sino ampliar el conocimiento. Desarrollar las múltiples capacidades del alumnado que le permitiesen desafiar, de forma autónoma, realidades de diferente índole pasó a considerarse un objetivo secundario, frente al hecho de acumular referencias, fórmulas, fechas y demás unidades de conocimiento. El cerebro no era un órgano que había que estimular abordándolo desde múltiples flancos para alumbrarlo y expandirlo; se había convertido más bien en un saco de almacenaje, en el prototipo orgánico de lo que hoy es un disco duro. El estudiante dejó de sentir el proceso vivo de un cerebro que establece permanentemente nuevas conexiones, para establecerse en la pasividad de ser un mero acumulador de información. Hablo de alumnos de la escuela del día a día, o sea, de todos nosotros.

Quizá hace un tiempo, cuando Internet y la globalización del conocimiento eran sólo proyectos de futuro, cuando el acceso a lo que sucedía en otras partes del mundo o lo que había sucedido en otros tiempos era muy dificultoso, quizá entonces tuviese mayor sentido el hecho de orientar la educación hacia la acumulación de información y entender que una gran escuela, ante todo, lo que hacía era acercar realidades que de otra manera resultaban inaccesibles. Esta perspectiva educativa basada en el acopio datos y documentos en la actualidad, sin embargo, ha perdido gran parte de su razón de ser. Asomándonos a la ventana del ordenador y a nada que dominemos mínimamente el inglés, podemos conocer lo que sucede en prácticamente cualquier esquina del planeta, podemos encontrar un libro descatalogado sobre un tema que nos apasiona, ver una rareza cinematográfica de los años 30 o conocer el último proceso creativo de una compañía que trabaja a 15.000 kilómetros de distancia. Es decir, a una distancia de varios clicks y con un poco de astucia, tenemos a nuestro alcance una cantidad ingente de información que despertará nuestro interés.

La educación basada en el acopio informativo, por tanto, a día de hoy añade poco valor a lo que el mundo virtual ofrece. El objetivo no debería ser entonces convertir a los alumnos en archivadores vivientes, seres capaces recitar acontecimientos, ecuaciones o teorías que han aprendido de memoria, sino facilitar que puedan establecer nuevas asociaciones con datos ya conocidos para que de ese vínculo insospechado pueda surgir nueva información. Un aprendizaje que es más un conectar activo que un recolectar pasivo.

Hablamos de la posibilidad de relacionar datos aparentemente inconexos para generar nuevos estímulos, nuevas perspectivas; y con esta afirmación y sin querer, se describe casi literalmente lo que sucede en un cerebro que aprende. Hasta hace poco se pensaba que el cerebro adulto era un órgano estático, que una vez dejaba de crecer (sobre los 16-18 años) y establecidas las conexiones entre las neuronas (las llamadas sinapsis) apenas sufría cambios. Hoy se sabe que el cerebro es plástico, que varía permanentemente su estructura interna, que no deja de establecer nuevas conexiones neuronales para adaptarse constantemente a los cambios del entorno. A cada cosa nueva que aprendemos, por lo general, se establece una nueva asociación neuronal, se crea un nuevo circuito en nuestro sistema nervioso. Es decir, durante el aprendizaje se produce un curioso reflejo entre dos planos diferentes; al mismo tiempo que jugamos a conectar dos elementos de nuestro entorno para generar un vínculo hasta entonces desconocido, ciertas neuronas se conectan conformando una nueva vía cerebral.

Estamos describiendo lo que sucede en cualquier cerebro humano, pero la idea de un cerebro extremadamente plástico, de una mente especialmente capaz de establecer asociaciones entre sucesos aparentemente desconectados, me parece que está estrechamente relacionada con la actividad artística. Todo acto creativo debe su originalidad precisamente a una inesperada asociación de ideas que da lugar a una obra nueva, que revela algo en lo que antes nadie reparó. Al fin y al cabo, el chispazo creativo difícilmente surge de la avariciosa acumulación de datos con los que se asocia habitualmente el conocimiento; emerge más bien de la posibilidad de establecer conexiones entre una serie de elementos que hasta ese momento no parecían tenerlas.

Casualmente, mientras escribo esto, se puede leer en las noticias que, según estudios recientes, el cerebro de Einstein tenía sus hemisferios mejor conectados de lo habitual. No es de extrañar. Sus teorías eran tan científicas como creativas.