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Lun, Dic

Foro fugaz | Enrique Atonal

Vi la película de Polanski: extraordinaria, redonda de principio a fin, emocionante: actuaciones excepcionales (se me van a acabar los adjetivos laudatorios), con Jean Dujardin a la cabeza de un gran elenco, decorados muy logrados, con París como personaje principal, música acorde con la acción, fotografía de Pawel Edelman inspirada en los cuadros de la época, y un trabajo de recreación de época fuera de lo común. Todo ha sido reunido para un gran momento de cine, y J’accuse lo es. 

 

La película narra el Affaire Dreyfus, escándalo judicial que convulsionó a la sociedad francesa a finales del siglo XIX. Un capitán de ejército francés fue acusado de alta traición con pruebas falsas, por el simple hecho de ser judío. Así como su defensa con un panfleto histórico de Emil Zola: precisamente el J’accuse (Yo acuso) que da título a la película y que marcó una época. En base a estos hechos se construye una historia de espionaje, colusión y alta traición que tiene una extraña resonancia con nuestra actualidad, en donde a través de las redes sociales se puede terminar con la reputación de una persona en juicios sumarios que implican nuestros prejuicios y nuestras falsas intuiciones: una cacería de brujas que no por virtual es menos dañina. 

L’affaire Polanski

La película ha suscitado un nuevo escándalo Polanski, porque pocos días antes de su estreno, una actriz y fotógrafa francesa lo acusó de violación. El problema es que los hechos se remontarían a 1975, y pues que la denuncia aparezca después de 44 años, poco antes del estreno de la película, resulta por lo menos tardío. Si hay delito, ya está prescrito.

Grupos feministas exigen que se prohíba la película en Francia (no dudamos que en otras partes del mundo), y han conseguido que en varias partes se suspendan las proyecciones. Escándalos semejantes han ocurrido en Francia, durante el estreno en 1988 de la película La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, cuando grupos católicos extremistas exigieron su prohibición y como no lo consiguieron, pusieron una bomba en el cine parisino que la exhibía y provocaron 14 heridos, cuatro de ellos graves. 

Molière también sufrió el peso de la censura por Tartufo y por La escuela de las mujeres, sólo lo salvó de la picota el apoyo del rey Luis XIV. Pero seguramente sería perseguido en nuestros días por haberse casado con su hija adoptiva, y por compartir el lecho con varias de sus actrices. Eso no ocurrió en aquella época, pero ahora bien podrían perseguirlo. También pienso en Lewis Carol, que ha sido denunciado post mortem por su afición a fotografiar niñas desnudas. Por suerte aun no se prohíbe la lectura de sus libros. Porque es indudable que su afición por la pequeña Alicia, heroína de sus dos relatos, fue el motor para la escritura de Alicia en el país de las maravillas, y Alicia a través del espejo. Las relaciones entre la obra de un creador y su vida personal muchas veces son complejas. 

El caso Polanski se inicia con el abuso sexual de una adolescente de 13 años en Los Ángeles en 1977. La justicia USA aún espera el momento en que podrá juzgarlo y someterlo a un castigo ejemplar, a pesar de que la víctima de la agresión ha pedido de mil maneras que se cierre el caso y ha perdonado al realizador. Es verdad que hay otras denuncias por abusos sexuales y violaciones, aunque ninguna ha sido llevada a los tribunales y sólo son expuestos la picota de la vindicación pública en Internet, palabra contra palabra y cero pruebas y un culpable. 

Tal vez ese sentimiento de sentirse perseguido le dé tanta fuerza y convicción al film J’accuse que narra precisamente un caso de persecución injusta. 

Este caso nos recuerda al de Woody Allen perseguido en las redes sociales y en ciertos ámbitos por un caso que fue juzgado dos veces, y en el que no se hallaron pruebas suficientes para condenarlo. 

Y a pesar de las fuertes presiones para que nadie vaya a ver el film, el público ha acudido en masa a ver la película en sus primeros días de exhibición en Francia, tal como sucedía con Molière cuando se censuraba alguna de sus obras. Porque el público sabe que está frente a una creación importante, una especie de testamento de un judío de 86 años que ha realizado en el pasado excelentes películas. En la función a la que yo asistí un día normal en un cine normal, la mitad de la sala aplaudió al final de la película. 

Vivimos una extraña época, singular época que castiga sin juicio, que conoce la realidad a través de una pantalla y que quiere imponer su visión del mundo en redes sociales. 

Volvamos al principio, más allá de las opiniones de unos y otros, J’Accuse es una gran película, coronada en el Festival de Venecia a pesar de las críticas que recibieron los organizadores por programarla.