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Lun, Mar

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Y empezamos de nuevo. A intentar relajarse, respirar profundo, inhalar, exhalar, cerrar los ojos y sin más, lanzarse al vacío de las compras. Hace un año ya, titulé un artículo igual a este. Todos sabemos que la vida es cíclica y todo lo que fue será, en una repetición sin fin, todo lo bueno y lo malo también.

En esta época de fin de año, al menos en el mundo judéo cristiano, somos bombardeados sin piedad por mensajes melosos capaces de adherirse a nuestro sub consiente para hacernos creer en la materialidad del amor. Mientras más se gaste, más se quiere. Incluso si el amor se debe pagar durante un tiempo eterno en sufrientes cuotas mensuales, más queremos.

La única forma de escapar a este ambiente pegajoso, es huir lejos, muy lejos, a una reclusión monástica, pero de ser así, no recibiríamos nuestros regalitos, y a todos nos gusta recibir regalitos. El enorme problema es que, desde hace un tiempo ya, al menos yo, hago los regalos que he escuchado los otros desean o he deducido interpretando sus indirectas muy directas, y yo he recibido unos preciosos calcetines.

Afortunadamente el amor no se mide en cosas materiales.

¡Hereje anti sistémico!

Mejor no repito la idea porque podrí ser recluido en alguna institución de salud mental.

Jo, jo, jo... stress, stress, stress.

Escribir esto me permite hacer un paréntesis para reflexionar sobre el materialismo al que hemos sido empujados lenta, gradual y eficientemente, sin poder resistirnos activamente, sobre todo porque nuestro entorno afectivo también ha sido empujado.

Si no regalamos somos unos tacaños. Si regalamos alguna cosita, al menos nos hemos acordamos. Si regalamos algo costoso, en ese momento queremos de verdad, aunque solo recibamos a vuelta de mano, unos calcetines made in china.

La ecuación no es tan compleja. Todos deberíamos entenderla, pero por, sobre todo, acatarla.

La mejor forma de darse cuenta de este engaño mercantilista, como suele suceder, es aprendiendo de los niños, los más pequeños, de 2 o tres años son capaces de imaginar mundos con la caja de zapatos de la mamá. Deben ser muy pequeños, porque muy tempranamente son contaminados y un niño de 5 años, ya desea el juguete puesto de moda por el mercado, y si no lo recibe, dios nos guarde de su furia, además de transformarnos en los miserables culpables del trauma que irresponsablemente le provocaremos. No se trata de regalarle una bicicleta cualquiera, sino de la bicicleta fabricada por aquella empresa con mayor inversión publicitaria. Al fin de cuentas todas las bicicletas son chinas, porque hoy todo es chino, pero en la mente de un niño, una es infinitamente superior porque tiene pegatinas de súper héroe.

Este año la cosa está difícil pero no tanto como el próximo. Con paciencia y una buena respiración de la utilizada en ejercicios de yoga, podremos soportar estos difíciles momentos para salir adelante con el menor daño co lateral posible.

Jo, jo, jo, quedan pocos días para celebrar navidad, paz, amor y regalos, regalos, muchos regalos... y calcetines.

Tranquilos, ya dejarán de sentir mi presencia, pero ténganlo claro; el próximo año volveré con mi sonrisita mercantilista y unas ofertas irresistibles de amor comprado con la tarjeta de crédito.

Jo, jo, jo...

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