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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Hay espectáculos que se quedan grabados en la piel. Como una cicatriz hecha de tinta china. No importa los años que pasen. Inesperadamente, vuelven a pedir una obra cuyos huesos llevaban años cogiendo polvo en el desván y uno se prepara, entonces, para "hacerle el boca a boca a un muerto", como diría Eduardo Galeano hablando del amor finito, y resulta que no, que allí donde hubo brasas quedan los rescoldos y que de las cenizas vuelven a surgir la carne y la vida, porque el cuerpo se pone a recordar, la voz se pone a recordar y cuando éstos dos recuerdan, no hay quien les pare. Así, la gran escena hecha de escenas está de nuevo en pie antes de que el gallo anuncie el nuevo día.

El teatro está hecho de carne, porque lo hacen las personas. Y las personas viajan, se mudan, hacen y deshacen, se juntan y se desaparecen. Lo habitual en el oficio del actor es que los actores y las actrices se encuentren para dar vida a determinado proyecto y formen una intensa familia durante los meses o semanas que éste dura para desfragmentarse después. Una vez finalizadas la obra, la gira, o las semanas que el espectáculo está en cartel, las partes integrantes se separan para seguir tal o cual camino y recorrer nuevas andaduras profesionales con otros directores y otras actrices. En sus bolsillos atesoran las experiencias vividas con un director u otro, con tal compañero o compañera.

Cuando la tarea consiste en revivir un espectáculo que, en principio, ya pasó, las personas que forman parte de un grupo estable juegan con ventaja, porque están y porque nunca se fueron. No se han desperdigado en mil aventuras ajenas o enredado en potentes cantos de sirena. Están y recuerdan como un solo cuerpo y entretejiendo sus voces hasta hacerlas retumbar en el espacio sonoro del mundo propio inventado.

El teatro es tan efímero que la permanencia es, ya de por sí, una especie de contradicción milagrosa. Formar parte de un grupo estable de trabajo es muy distinto de otro tipo de opciones: Los mismos compañeros, las mismas caras y la misma dirección a lo largo de los años. Ir creciendo y descreyendo, recordando, renovando y buscando sin darse por vencido. Por muy increíble que parezca, cuando uno trabaja en grupo, nunca acaba de descubrir del todo a los compañeros. Existen capas profundas que sólo pueden ser desveladas con el pasar de los años. Y entonces, al igual que ocurría cuando de niño ibas un día de excursión con la escuela, descubres a alguien que siempre has tenido cerca y lo miras con ojos nuevos. Se producen, entonces, nuevos enganches artísticos que propician el seguir andando. ¿Explica esto, quizás, la pregunta de por qué seguir juntos después de tantos años?

Una de las posibles respuestas a esta pregunta la encontré en el maravilloso libro Las Crónicas del Dolor de Melanie Thernstrom, quien afirma que la compañía es un bálsamo contra el dolor. Thernstrom menciona un experimento realizado recientemente por la Universidad de Oxford en el que se descubrió que los remeros que entrenan juntos soportan el doble de dolor que quienes entrenan en solitario. Al leer esta frase una sonrisa afloró a mis labios. Fue entonces cuando pensé que se puede decir más alto, pero no más claro. Avanzar en comunidad no es igual que andar en solitario. Al menos, en lo que a términos de dolor significa. Ahora la ciencia confirma que formar parte de un equipo te hace ganar en invulnerabilidad. Si ya lo decía el refrán: "Lo que no te mata, te hace más fuerte." Felices Pascuas a todos los equipos del mundo.