Sidebar

12
Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Traigo tres obras que he tenido la suerte de ver la semana anterior. Y las traigo porque a mi entender las tres tratan de las relaciones personales, de las relaciones mínimas, pero troncales, la familia y todo cuanto se adhiere a ella, la poliniza o la coloniza. Huyo de la tentación de establecer un discurso a partir de la constatación de la vuelta del teatro a los asuntos personales, a los que tienen que ver con lo cotidiano, con las costumbres y la vida familiar. Y mi huida es porque creo que en los tres casos que voy a intentar relatar, si bien se puede entender que la anécdota que es el motor de arranque roza lo irrelevante acaba convertida en otra cosa a través de las formas de su narración, desarrollo y utilización de los instrumentos puramente teatrales.  

 

Las tres obras son “La perra” de Cristina Rojas, en la Cuarta Pared;  “Bella Figura” de Yasmina Reza en el Teatro de la Abadía y “Umbrío” de Josep Maria Miró en Azarte. La de Cristina Rojas, que además dirige el montaje y actúa, tiene un subtítulo revelador: “o la necesidad de ser amado”. La anécdota que se convierte en categoría es la desaparición de una perra de compañía de nombre Marisol y a partir de ahí se desata casi una crisis familiar, que se asemeja a un drama, que se sitúa, además, escenográficamente en un lugar muy especial, una suerte de marisma, por donde buscan a la perra. Textos, interpretaciones, se mueven en un territorio naturalista, pero existe un componente añadido en la dramaturgia envolvente, y en la utilización del espacio y del cambio de personaje del equipo actoral. Es ahí, en ese juego de activación y desactivación, de existir unas líneas que delimitan el espacio de actuación y el de espera. En ese detalle, y quizás en la fragmentación de las escenas más narrativas, le encontramos un valor añadido. Al menos una diferencia sustancial para que no nos ahogue lo que emerge, las relaciones entre padres, abuelos, cuñados y vecinos.

La obra de Yasmina Reza, la vimos en portugués con sobretitulación al español, a cargo del Teatro Nacional Sâo Joâo de Porto, con dirección de Nuno Cardoso. Nos encontramos con una propuesta escénica que se va agitando, que arranca con un nivel de costumbrismo inquietante y acaba en un delirio escénico que desconcierta. El texto de Reza se sitúa también en ese territorio de las relaciones personales, familiares. Y lo sitúa en un restaurante de moda donde concurren, una pareja de amantes en plena discusión, junto a la celebración de un cumpleaños de una anciana junto a sus acompañantes que tienen una relación cruzada con la pareja en plena bronca. Se cruzan problemas económicos graves del amante y de por medio una botella de champán. Visto así, parece un texto de teatro burgués, sin más, con mayor o menor acierto en los diálogos y las sensaciones, pero aquí entra de nuevo la puesta en escena, la mirada de la dirección y todo lo que en principio es asumible, se va desmontando, camina hacia casi la deconstrucción de la misma situación, con una actitud crítica que logra romper cualquier discurso apacible y lo coloca casi con homenajes al más cáustico Luis Buñuel con su obsesión con la burguesía rampante, recién llegada, incapaz de lograr cenar.

La tercera experiencia es “Umbrío” un texto de Josep Maria Miró, dirigido por el mismo en donde se nos coloca, otra vez, en un salón de clase media alta, con un matrimonio aparentemente bien avenido y desde el inicio, ocurren cosas externas, ruidos, ausencias, sospechas. Dijéramos que estamos ante un texto muy pinteriano. Un lenguaje aparentemente normal y costumbrista que va encapsulando ideas, miedos, mentiras o relaciones de dominación. La entrada y salida de algunos personajes se establece en su forma desde la incursión sin protocolo, aparecen, se solapan, pero no se ven. Es un juego de planos textuales, de silencios, de narraciones que aparecen como surgidas de la nada y que pueden parecer recursos menores y se convierten en focos de atención superlativa. Y esa pareja tan ejemplar, triunfadora, esconde tantas miserias, dolores y engaños como cualquier otra y, además, el pasado acude siempre en forma de sombras que se hacen tangibles.

Estamos, pues, ante tres obras de hoy, que indagan en el mismo campo de emociones, la familia, la pareja, el amor, el desamor, la dominación, pero lo afrontan desde tres lugares estéticos diferentes. Y eso demuestra que las artes escénicas no son puras, y que acumulan signos y significados, en ocasiones que se contradicen entre sí, pero que acaban ofreciendo una obra completa, aunque sea abierta. 

Y dicho lo que acabo de decir, sigo en la obviedad: esto del teatro es algo plurinacional, pluriestético, y nos decantamos voluntaria o inconscientemente por unos trazos u otros, y en este caso, estos temas, estas situaciones están lo más alejados imaginable de lo que considero oportuno o necesario, pero como existen, por lo tanto son necesarios, y como además, tienen unos valores en su tejido escénico destacable, les dedico este tiempo porque no dejan de ser propuestas para algún tipo de público actual que yo no detecto en mi radar.