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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Inventemos la artesanía del futuro, dijo el hombre micrófono en mano. Hablaba de alpargatas o de pendientes o servilletas pero yo pensé en teatro. Y se me cruzaron los cables, porque eso de inventar la artesanía del futuro me pareció un contrasentido maravilloso. Una oposición digna del más excelso equilibrio precario. Esta última frase es un guiño a la antropología teatral. Según esta disciplina del teatro, todos los artistas escénicos del mundo trabajan, muchas veces secretamente, según una serie de principios que realzan su presencia en el escenario. Uno de esos principios consiste en buscar una oposición en el cuerpo, dos vectores, dos direcciones opuestas que marcar desde dentro. Automáticamente, se atrapan miradas. Y eso sucede en la China, en Japón, Miranda de Ebro y Sebastopol.

Otro de los principios universales es el equilibrio precario. Prueben a ponerse de pie. Las dos plantas apoyadas en el suelo y ahora sí: busquen las puntillas de un solo golpe ¡zas! Puntillas y después, vayan al talón, a los talones ¡hop!, sujeten ahora todo su cuerpo con los talones y vuelvan de repente a las puntillas; y talón de nuevo ¡hop! y puntillas ¡zas!. Mientras su cuerpo se debate entre la vida y la muerte que plantea todo desequilibrio, su cuerpo entero, sus brazos, cabeza, espaldas y tronco adquirirán una fiereza nueva, ganarán una presencia extra-cotidiana, digna del escenario. No hay nada que le guste más al espectador que mirar mientras un cuerpo se debate entre la vida (mantenerse en pie) y la muerte (caer al suelo). Sus ojos serán suyos. Juraíto.

Pero volvamos a dónde empezamos que no fue otro lugar que el de inventar la artesanía del futuro. Aquella propuesta me golpeó, me sacó de mi zona de confort porque siempre he asociado la artesanía con algo que hay que salvaguardar. (¡Vaya pensamiento más inmovilista!, pienso ahora, la verdad.) Artesanía entendida como algo que viene de lejos y que ha pasado de mano en mano hasta llegar a las nuestras. Un legado ¿vivo? que nos viene dado por manos antiguas, llenas de callos y cortes y herrumbre y que hemos de procurar cuidar y proteger para pasar a los que vendrán después. Este era mi pensamiento arraigado y escondido. Y a medida que escribo estas líneas empiezo a entender por qué me golpeó de tal manera aquella frase que animaba a crear sobre lo recibido. A reinventarlo. Por antiguo y noble que sea. Porque si no lo hacemos será una artesanía muerta la que pase por nuestras manos y no un corazón que palpita.

Romper los moldes construidos da miedo. Pero más acojona aún ver las ruinas de lo que fue. Las ruinas de un pensamiento arraigado, de una actitud corporal, de una forma de estar en el mundo o de modelar el poco o mucho arte que tengamos. Quedamos detenidos ante ese vacío infinito: un abismo en el que mirarse que también porta consigo la llave de la libertad infinita. Un maravilloso contrasentido digno de la más excelsa de las oposiciones. Nuestros pies pisan cristales rotos. Para no hacernos daño, al seguir avanzando, comenzamos a movernos en equilibrio precario. ¿Creemos estar re-inventando algo? ¿Por qué? Si, al fin y al cabo se trata de un principio artesanal que ha acompañado al arte del actor desde el principio de los tiempos. Aunque hayamos tardado siglos en identificarlo y ponerle nombre siempre ha estado ahí. (Alguno se sonreirá ahora pensando: "claro, maja, es que no hay nada nuevo bajo el sol").

Y sin embargo, las ruinas que tenemos bajo los pies son nuevas. Porque nunca se había construido hasta aquí, tampoco se había nunca destruido hasta aquí. Los cristales que nuestros pies tratan de evitar están por primera vez ahí. Y nuestros pies tendrán que aprender a lidiar con su forma precisa de hacer daño. Quizás sea precisamente esta realidad la que nos obligue a encontrar una nueva forma de movernos en precario, de reinventar la artesanía. Y si no, que se lo digan al Butoh.