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La calle del medio

Desde pequeño recuerdo escuchar la frase "tirar por la calle del medio" y percibir el tono despectivo que generalmente la acompañaba. Según mi memoria, frente a cuestiones que exigían un posicionamiento claro, proponer una alternativa que no fuese ni A ni B, ni blanco ni negro, ni sí ni no, era "tirar por la calle del medio". Indicaba que uno se estaba saltando por alto las opciones oficiales mejor asumidas. En resumen, era inventarse una tercera calle intermedia donde sólo había dos. En mi imaginación, a esa supuesta calle iban a parar las soluciones más alocadas, imprevistas, inseguras o rebeldes. El diccionario afina el significado que guardan mis oídos: "tirar por la calle del medio", dice, "es adoptar una decisión terminante, superando las vacilaciones". Muchas veces es una frase que se arroja a la cara de quienes han tomado una decisión precipitada, atropellando los derechos de los demás. Por esto algunos políticos la conocen bien. Pero mirada con benevolencia, entendida como la toma de una decisión determinante que opta por soluciones alternativas, me parece que puede ser una expresión útil para quienes se dedican a las Artes Escénicas.

Una de esas salidas de urgencia, una de esas calles intermedias que se ha abierto más claramente como consecuencia de esta crisis, es aquella que se encuentra entre lo profesional y lo amateur. La razón es tan lamentable como clara: el ámbito profesional, aquella calle principal aparentemente tan bien adoquinada, se ha vuelto casi intransitable. Las compañías se encuentran con programaciones escuetas y herméticas a las que resulta cada vez más difícil acceder. Sin actuaciones y sin los consiguientes ingresos, la profesionalización por medio de las propias creaciones resulta una meta inalcanzable. Uno podría pensar que al menos las compañías más consolidadas tienen el futuro asegurado. Pero nada de eso. La morosidad de los ayuntamientos es tal que incluso las grandes estructuras se encuentran con las deudas al cuello. Y la marea no deja de subir. Un ejemplo alarmante es el de la compañía Animalario que, tal y como anunciaban en la prensa y a pesar de su éxito abrumador, se ha quedado sin fondos para sustentar el siguiente proyecto. Por desgracia, la cuestión no es exclusivamente monetaria. Ya se sabe que cuando la economía tiembla, el resto se tambalea, y los procesos artísticos no son una excepción. Así las cosas, tratando de salir al paso de esta situación crítica, hay un peligro que nos viene de cara: tender hacia un teatro que busque sólo la rentabilidad empresarial y que se esquine el riesgo y la investigación. El reto, entonces, está en hacer de esta calle intermedia un espacio que permita mantener el pulso innovador y salvaje de la creación escénica, sin perder rigor ni calidad.

En realidad, esta calle del medio es una vieja conocida para muchos que hacen arte de forma menos convencional. Desde hace tiempo, la vía semi-profesional ha sido la opción elegida por muchos que pretendían desarrollar propuestas alejadas de los lenguajes habituales. Sabían que, aún en períodos de bonanza económica, el riesgo artístico conllevaba un riesgo económico no menor, que sus creaciones, aunque estuviesen sustentadas por una calidad incuestionable, muy probablemente se saldrían de los presupuestos estéticos de los circuitos usuales. La decisión era clara: mejor hallar el sustento por otras vías y dedicarse a la creación con total libertad y entrega, que acceder a un estatus puramente profesional que condicione y coarte el impulso artístico. De ahí que incluso las compañías de investigación punteras hayan buscado vías de financiación al margen de sus creaciones, a través de la pedagogía u ofertando otros servicios conectados o no con la escena.

La situación actual tiene los colmillos más afilados, pero la referencia de quienes han habitado esta calle del medio durante años con dignidad, talento y coraje, sigue siendo válida. Toca pues reinventarse siguiendo su estela. Aguzar el ingenio para que esta bajada en los presupuestos financieros no lleve consigo una bajada equivalente en los presupuestos artísticos. Todo sea por evitar que la zozobra económica nos haga más conservadores, más miedosos, peores artistas.

Aunque quede claro que, sea como lugar de tránsito o como espacio permanente de residencia, esta vía está lejos de ser una panacea. Si proviene de una inercia tibia, de una reflexión sin fundamento, la calle del centro es sólo una salida a medias, una huida cobarde, el camino más directo para irse por la puerta de atrás. Pero si se le aplica conciencia y disciplina, arte y astucia, puede ser un verdadero camino de resistencia, una manera loable de sobrevivir y avanzar salvaguardando la pureza del arte, a la espera de que los vientos cambien. A veces es también la única manera de ir contra una corriente que amenaza con arrastrarnos a todos.

 

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