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Dom, Sep

A los pies del mito.

 

La figura de María Callas (1923 – 1977), casi un mito, sigue inspirando obras de teatro. Explorando diversos aspectos de la biografía de esta inigualable cantante, su carrera excepcional, sus amores devastadores, su personalidad intransigente, colérica, su pasión por la música, su perfeccionismo, etc., los autores contribuyen a la creación del mito. Seguramente la figura de María Callas reúne todas las características para convertirse en un personaje de teatro. Roberto Dalessandro, con La camarera de la Callas, añade su piedrecita al monumento erigido a la gran diva.

En su obra propone una visión de Callas, desde el prisma de la mirada de su camarera personal, Bruna Lupoli, que convivió con ella durante 24 años hasta su muerte.

Una confidente fiel y leal, que grababa diariamente en su memoria, como en un espejo, a lo largo de su intimidad con Callas, sus menudos gestos y los pormenores de sus sentimientos, emociones, angustias, miedos y desánimos. 

El texto de Roberto Dalessandro abarca los años 1953 – 1977 de la vida de Callas. Un largo periodo marcado por pequeños y grandes acontecimientos de su vida privada y artística que Bruna, su camarera, desgrana, a modo de documental precisando las fechas. 

Pero, este recorrido cronológico, en el que alternan evocaciones de momentos relevantes de la carrera de Callas, su interpretación de Medea en la película de Pasolini, sus triunfos operísticos, encuentros con celebridades de la época, su lucha con el sobrepeso, las confidencias a Bruna y sobre todo, diversos episodios de su tormentoso amor con por el magnate griego, Aristóteles Onassis, carece de espontaneidad y de la involucración emocional de la actriz. 

Parece más una selección ordenada de hechos biográficos, centrada particularmente en la pasión trágica de Callas por Onassis.

Evidentemente, Bruna, con su devoción ciega por la diva, la idealiza, como artista y como persona, pero este retrato de Callas deja, curiosamente en la sombra, una parte de su personalidad autoritaria, su carácter impulsivo, sus cóleras, su extrema exigencia consigo misma y con los demás.

El escenario, con un piano en el fondo, una mesita con una silla en el centro, a los lados caballetes con fotos de Callas y en el suelo una maleta con ropa.

Laura Cepeda, como camarera, con un vestido negro y chaleco beige, se mueve entre estos objetos, a veces demasiado agitada, contándonos su vida al lado de Callas.

Empieza con un tono monocorde, que luego matiza un poco con todos los tópicos del monologo y con ese "hum", parecido a un hipo, que puntúa cada dos o tres frases. 

Su interpretación, que se queda en la superficie, está salpicada de expresiones de emociones artificiales, enfatizadas. 

En la puesta en escena realista, sin profundidad, hay frecuentemente redundancias, lo dicho está ilustrado en la actuación, etc.

Algunas arias celebres interpretadas por Callas, la de Lucia di Lamermoor y, como no, Casta Diva de Norma, ilustran la trama sin integrarse dramatúrgicamente en ella. 

Hay muy buena voluntad y buenas intenciones en este trabajo, el resultado no me satisface.

Maria Callas, a la que admiro desde mi infancia, me parece demasiado reducida a una visión estrecha y sentimental. 

 

Irène Sadowska 

 

La camarera de la Callas de Roberto Dalessandro - Dirección: Eduardo Recabarren - Escenografía: Eduardo Recabarren y Laura Cepeda - Vestuario: Laura Cepeda - Iluminación: Intzane Garreta - con Laura Cepeda - Teatro de las Culturas de Madrid - Martes y domingo del 3 al 29 de abril 2018

 

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