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Sáb, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

¿Habían oído ustedes alguna vez la palabra “reciprocar”?

A quien la escucha por primera vez, puede parecerle el típico neologismo inventado por el erudito de turno para hacer pomposo su discurso. Eso pensé yo, al menos, cuando la escuché saliendo de la boca de una conferenciante. Nada más finalizar la intervención, corrí al diccionario con el ceño fruncido y el tímpano extrañado, para comprobar si aquello era una bella maniobra de exornación o si era simple desconocimiento mío. Sorprendentemente, para alimentar mi sensación de ignorancia, ahí estaba la palabra con su oportuna definición. “Hacer que una cosa se corresponda con otra”, decía la hoja del diccionario.

Pero lo más curioso del palabro no era el palabro en sí, sino el contexto en el que fue dicho. La conferencia en cuestión versaba sobre “neuroética”, esto es: la conexión entre el funcionamiento del cerebro y el pensamiento ético. Concretamente en esta conferencia se trataba de analizar, de forma somera, las bases cerebrales que operan en el comportamiento ético de los humanos. Resulta que (resumiendo lo dicho por la oradora) la capacidad de reciprocar es una de las características más específicas que tenemos los humanos y que nos diferencian, al menos en parte, del resto de los animales. Algo que, dicho sea de paso, no deja de ser extraño, porque a medida que más nos conocemos, más nos parecemos al resto de la fauna. Pero vamos al grano. A ver si consigo explicar bien esto de la capacidad de reciprocar.

Hay en el estudio de la evolución humana una paradoja que aún no se ha conseguido explicar completamente. Esta paradoja se llama, técnicamente, “la paradoja del altruismo biológico”. Los científicos hacen uso de ella para referirse al hecho de que un individuo invierta parte de su energía para favorecer la adaptación de otro individuo. Desde el punto de vista de la evolución, esto no parece nada lógico: si alguien deriva parte de su energía en la supervivencia de otro ser humano, está perdiendo recursos para asegurar la suya propia. La situación, para que nos entendamos, sería algo así como tratar de reparar el tejado del vecino cuando tenemos goteras en nuestra casa. ¿Cómo se puede explicar entonces el contrasentido de la paradoja del altruismo biológico?

Una de las posibles explicaciones, según la investigadora, es la capacidad de los seres humanos para reciprocar, algo que, como decíamos, es una característica muy humana, que también poseen otros animales, aunque de forma menos acusada. La capacidad de reciprocar consiste en una particular relación entre el dar y el recibir. Quien es altruista no es alguien que da por dar, sino alguien que está en disposición de dar, con la esperanza de recibir algo al de un tiempo y, fortalecer así, cuando vuelve el boomerang, su propia posición. Si de esta relación entre dar y recibir que se establece entre dos o más individuos, resulta un equilibrio que favorece a todos, el altruismo no sería ya un inconveniente en términos evolutivos, sino una ventaja. Por lo tanto, de alguna manera, el ser humano, a lo largo de su evolución, ha desarrollado relaciones de reciprocidad, mediante las cuales ha consolidado estrategias para sobrevivir y evolucionar en grupo. Es decir, que aquellos grupos que mejores y más equilibradas relaciones de reciprocidad han construido entre sus individuos supieron superar con mayor eficacia las adversidades del entorno. La reciprocidad -el hecho de buscar intercambios equilibrados entre dar y recibir-, por consiguiente, está inscrita desde tiempos ancestrales en el cerebro del género Homo como un mecanismo social de evolución y supervivencia.

Llegados a este punto pienso en el teatro. Si alguien lo analizase desde el punto de vista de la supervivencia de la especie, en estos tiempos deshumanizados y materialistas, el teatro puede parecer una aberración biológica. Se invierten cantidades ingentes de energía para unos resultados, en términos materiales, paupérrimos. Y, sin embargo, ante esta balanza aparentemente desequilibrada, a quien hace teatro de forma instintiva e irracional parece compensarle toda la dedicación y el esfuerzo. Tal vez el teatro sea un bello ejemplo de reciprocación. Por un lado, quien lo hace parece colmarse si recibe del espectador una sonrisa, una lágrima, un suspiro, o, incluso, una crítica constructiva que le ayude en el camino. Por otro lado, quien va a ver parece llenarse si se le estimula, siquiera levemente, el ojo, el oído, el pensamiento o la emoción. Quizá este intercambio sea materia suficiente para que el teatro sobreviva, incluso en los tiempos tan difíciles que nos vaticinan. Mantendremos esta esperanza a fuego ante los malos augurios que pretenden aguarnos la fiesta.

¡Que el nuevo año sea recíproco con vuestra ilusión y esfuerzo!