Sidebar

12
Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

¿Cómo puede una máscara desnudar a la persona de tal forma? ¿Cómo puede llegar a revelar el ser esencial que todos llevamos dentro tras capas y capas de piel y pensamiento? ¿No se supone que era al revés? ¿No está comúnmente aceptado que la máscara disfraza, oculta y distrae? El lenguaje que utilizamos todos los días tiene esta idea absolutamente incorporada. El verbo enmascarar significa encubrir y está también ligado a la idea del disimulo. ¿Cómo puede ser entonces que añadiendo una capa más a nuestra epidermis descubramos más verdad en todo lo que hacemos que con nuestro propio rostro al aire?

Cuando se trabaja con máscara hay que ir a la esencia. No queda otra, porque es entonces cuando ésta cobra vida. Cualquier tipo de constructo mental mínimamente rebuscado o que sólo queda en la cabeza sin ser llevado al cuerpo mata a la máscara de inmediato, revelando al actor que trabaja dentro. La magia desaparece y solo queda el artificio. Entones, es como si hubiera caído un panel en el escenario y hubiésemos pillado al actor a "calzón bajado", mientras se cambiaba de vestuario para entrar con un nuevo personaje en escena.

El trabajo con máscara también revela otra verdad, arraigada en el teatro y, por qué no decirlo, en la vida. Y es que la sensación interna que tenemos de lo que estamos haciendo rara vez coincide con lo que se está viendo desde fuera. ¿No ocurre esto también en la vida? Me refiero al cómo nos vemos a nosotros mismos y a cómo nos ven los demás. En esto consiste también el aprendizaje del trabajo con máscara. En ser conscientes de aquello que estamos haciendo exactamente en cada situación que se crea y, por tanto, en saber qué es lo que estamos contando con nuestro cuerpo a los de afuera, a los que nos ven. Al desarrollar este tipo de consciencia, aprendemos también, necesariamente, a escuchar a los demás y a la propia máscara. Y a partir del desarrollo de dicha capacidad de escucha se aprende a respetar al otro más que nunca.

Es entonces cuando la actuación se convierte en un juego en el que hubiera una pelota que va pasando de jugador a jugador: ahora acciono yo, luego tú, luego yo, luego tú. Quizás pueda colar con el rostro descubierto, pero como pises a un compañero con máscara sobre el escenario por no estar al juego estás perdido amigo...

Y es que, como no esté bien asentado, el ego mal entendido, asoma por todas partes a través de ese trozo de cuero que llevamos sobre la cara. Es demoledor. ¿Cómo hacer para dejar al ego en algún lugar en el que pueda campar a sus anchas y no dé el coñazo mientras trabajamos? Pues parece ser que una de las recetas más efectivas consiste, precisamente, en algo que hacemos a diario bastantes veces al día y que se llama respirar. Inspirando y, sobre todo, espirando, conseguimos eliminar rigideces y bloqueos corporales y mentales que matan a la máscara de inmediato. Cuando la respiración fluye, las articulaciones se ablandan, los cuerpos cobran vida y organicidad, los oídos y la piel comienzan a escuchar verdaderamente y los actores empiezan a jugar entre ellos y no con ellos mismos. Es entonces cuando no vemos 4 monólogos en escena al mismo tiempo, sino a 4 personajes que trabajan y juegan entre ellos, que proponen y son capaces de escuchar las ofertas de sus compañeros, las recogen, las transforman y las devuelven al campo de juegos. No hay ya distinción entre máscara y persona. Sólo personajes y humanidad a manos llenas.