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Dom, Feb

Y no es coña | Carlos Gil

Es difícil encontrar un día entero. Entre restricciones y toques de queda, los horarios en las salas y teatros se van adelantando. En otros lugares se cortan las actividades de cines y teatros. Los públicos se están convirtiendo en fanáticas seguidoras, en fieles acompañantes, en heroínas capaces de trastocar su agenda a cada decreto, a cada golpe de decisión que nos suena siempre que llega con retraso, que se toma con timidez, que intenta que la gota malaya vaya golpeando en la frente de un cuerpo inerte que se llama Teatro. O Danza. O Música. O cine. Y produzca un malestar que puede acabar en ansiedad, paranoia, desafecto o incluso abandono.

 

Cuando escribo estas líneas me siento concernido por casi todos los puntos cardinales conocidos y aquellos que se instaurarán en los próximos decenios. Familiares, amigos, compañeras de trabajo, tenderos habituales, referencias periodísticas o grandes de la escena que o están ellos directamente infectados, o están de cuarentena por contacto directo o por precaución, pero lo evidente es que quedar con alguien, para cualquier cosa, es depender de una serie de circunstancias azarosa que puede desbaratar desde un ensayo, a un estreno o a una cita amorosa o de trabajo. Es la carcoma de estos medios días que está desmoronando nuestra seguridad, nuestros proyectos, nuestra fuerza de recuperación ante tantas dificultades encadenadas.

Pero la vida sigue, he ido esta semana pasada casi cada día al teatro, algún día dos veces, me siento eufórico, tanto por los que me han parecido espectáculos reseñables, como aquellos a los que le he encontrado alguna vía de agua. En muchas ocasiones reparable, en otras en un choque con mi propia concepción del hecho teatral, del lugar del teatro como arte y como herramienta de comunicación, de lo que se dice en los escenarios y, sobre todo, cómo se dice. Así estamos, en una situación de una precariedad hiriente, pero con un espíritu de superación digno de mencionar. E insisto, hoy, de entrada, el que se hagan las funciones, ya lo considero un éxito. Otra cosa es que podamos caer en el vicio de la condescendencia, de anular criterios de calidad, de oportunidad, de importancia y rigor en lo que se nos ofrece y cómo se nos ofrece. Y ahí hay que mantenerse firme para no precipitarse en lo que todo vale. 

Quiero acercame a una triste polémica relacionada con los fallecimientos de tres personas de cultura, tres escritores que se nos fueron en el maligno 2020. A dos de ellos, Juan Marsé y Carlos Ruiz Zafón se les está organizando un homenaje en Barcelona. Y algunas voces se han quejado porque se trata de dos autores barceloneses, cuya obra en su inmensa mayoría se ha escrito en castellano. Y ahí llega otra vez el viejo debate, ¿solo es autor catalán el que escribe en catalán?, al que no quisiera entrar por mi contaminación personal, soy barcelonés, formé parte de la obra que representó al Teatro en el primer congreso de cultura catalana, pero escribo (y pienso) en castellano. No cuento para nada, era una cuña identitaria de despiste.

El tercer hombre de letras que falleció el año pasado es nada menos que Josep Maria Benet i Jornet, el gran dramaturgo catalán, que escribió siempre en catalán y del que se han olvidado en este homenaje. Otro apunte personal. Yo le estrené su obra para públicos infantiles 'Supertot' en euskera. Pues bien, quienes han protestado por esta ominosa omisión lo hacen desde el amarre del idioma, del catalán, de lo identitario mayúsculo, pero a mí, lo que de verdad me duele, lo que sospecho que sucede es que un autor de teatro, aunque ha tenido éxitos, no ha tenido la repercusión económica ni de exportación que los dos novelistas señalados. Es la confirmación, una vez más, y además desde una tierra que considero es de teatro, del desprecio a esta actividad. 'Papitu' es uno de los grandes dramaturgos del siglo veinte y de este actual. Sus obras se han traducido a varios idiomas, se han representado por muchos lugares de Europa, pero no estaba en los medios de comunicación dentro del entramado mercantil de las novelas, por eso lo han despreciado. Aunque deberían recordar que fue, también, uno de los grandes guionistas de la televisión catalana donde cosechó éxitos de audiencias populares de tamaño Premium.

Así vamos viendo cómo se agujerea nuestra confianza, cómo se hacen polvo nuestras vagas esperanzas, en contradicción pura. A este paso nos van a sobrar muchas horas para nuestros asuntos íntimos. O para comernos demasiado la cabeza.