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Lun, Dic

La voz antigua | Maite Tarazona

A veces hacemos las cosas por miedo, o dejamos de hacerlas por miedo también, por miedo votamos, a veces no a quien quisiéramos sino a aquellos que creemos generarán el menor daño posible dentro de una situación de incapacidad de gestión manifiesta.

El miedo nos paraliza desactivando nuestra la capacidad de acción, pervirtiendo un certero impulso inicial en algo difícil de justificar, las  acciones engendradas por el miedo nos convierten en víctimas y verdugos al mismo tiempo, en actores y marionetas de situaciones de las que nunca nos arrepentiremos lo suficiente.

No es lo mismo cometer una locura, creativa por ejemplo, por la necesidad manifiesta de crear y ante la imposibilidad vital de hacer otra cosa porque la fuerza creativa que nos mueve es más fuerte que nosotros, que por miedo, el miedo hará que paguemos las facturas pero nos desvalijará el alma, nos convertirá en zombis a plazos, en entes medio vivos, medio muertos, en cuerpos que respiran pero cuyo pensamiento crítico está tan sofocado que ni siquiera serán conscientes que se están ahogando, poco a poco, lentamente, sin remedio.

La muerte creativa no nos llegará de golpe, no será un devenir súbito que nos deje sin aliento, será una lenta agonía de la que seremos medianamente conscientes, una agonía en la que habrá momentos de lucidez en que vislumbraremos que algo no anda bien, que algo no está en su sitio pero no podemos ponerle nombre, no sabremos qué es lo que nos pasa, habrá un elefante en la habitación, enorme, pero invisible a nuestros ojos, no sabremos qué es lo que ocurre, solo sabremos que de vez en cuando y sin saber por qué nos asalta la tristeza, y entre tanto nos iremos desangrando, lentamente, gota a gota, sin poder parar la hemorragia, hasta que llegue el momento en que nos quedemos secos, hasta que nos demos cuenta de que de nosotros solo queda ya la cáscara que nos daba forma, que ya no hay nada más allá, que nadie pudo salvarnos porque no sabíamos que estábamos muertos.

El miedo es el agente que nos desangra y el capitalismo es el marco que lo sostiene. El capitalismo es la cultura del miedo y nosotros navegamos por ella sumergiéndonos en sus aguas llenas de cadáveres, saliendo de vez en cuando a respirar a su superficie, navegamos entre los cadáveres y las vísceras de los que lo intentaron antes que nosotros y para salir a flote nos alzamos sobre sus cuerpos para que no nos falte el aire.

El capitalismo nos inocula el miedo como estrategia, una estrategia paralizante y accionadora al mismo tiempo, una estrategia que pervierte las acciones originales y las transforma en sobras originarias de lo que fueron o de lo que pretendían ser, yo también trabajo para comer y también poco a poco me desangro, y en lugar de a mi estómago me gustaría poder alimentar el alma. 

Somos hijos del miedo y no hemos conseguido matar al padre.

 Por eso son necesarios los escenarios, para parar la hemorragia, porque ahí si podremos matar al padre, porque ahí si podemos respirar, porque ahí no tendremos que navegar más entre cadáveres, a menos que los resucitemos nosotros para que nos hablen y nos cuenten sus historias. Un escenario, un lugar donde poder plantarle cara al miedo.

Descanse en paz, el miedo, porque nosotros seguiremos viviendo.

Porque no nos rendiremos, porque no expiraremos nuestro ultimo suspiro en pos de un bienestar que es un espejismo, a veces sé que apenas respiro y que mi cuerpo zombi se apodera de mi alma y la comprime hasta que casi no le queda aire, pero es en esos momentos en lo que algo se rebela y lo intenta por última vez, una última vez que siempre será la anterior a la que vendrá después, porque nadie dijo que esto fuera fácil pero no por ello podemos dejar de seguir intentándolo, porque hay cosas inexplicables que nos hacen seguir adelante, la pasión por lo que verdaderamente nos hace sentir vivos.