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Mié, May

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

“Una señora de mediana edad, mientras conducía su auto, por razones que se investigan, atravesó las barreras de protección, cayendo al lecho del rio Mapocho”.

Cabe señalar que el rio en esta época del año más parece un famélico riachuelo fluyendo por un cauce agresivamente pavimentado.

Mientras por todos los canales de la red abierta se transmitía el rescate que efectuaban los bomberos tratando de sacar a la señora de esa tortuga de metal recostada sobre su caparazón, de pronto en las tomas aparece un ciclista curioso que se aproxima hasta el borde donde alguna vez existieron barreras, reemplazadas por unas débiles cintas plásticas. La curiosidad lo lleva a acercarse en demasía, apoya el pie en falso y termina por caer desde una altura de unos 10 metros, no al agua, sino que, al pavimento, a escasos metros de la señora.

De inmediato todo el operativo de rescate cambió su prioridad, la señora seguramente estaba muy asustada pero fuera de riesgo. Seguramente la fuerza del impacto había sido razonablemente aminorada por el cinturón de seguridad, la deformación progresiva de la cabina, los air bags, etc… mientras el curioso ciclista estrellaba de lleno su frágil anatomía contra una curiosidad incontrolable. Ni siquiera llevaba casco y aparentemente, tampoco criterio.

Debo confesar que ese morbo que todos tenemos, afortunadamente en diferentes grados, no todos tan extremos, me produjo una carcajada difícil de controlar. Cada vez que trataba de contarle a mi esposa los hechos, la risa me superaba. Tardé varios minutos en poder controlarme y cuando al fin pude contar lo sucedido, a ella le pasó lo mismo.

Algunos podrán decir que somos crueles pero la situación era tan ridícula que el sentimiento de comulgar con el dolor del ciclista pasaba a segundo plano.

El ciclista no cayó por la precaria condición de las barreras de seguridad ni porque lo hubiesen empujado. Bueno, en realidad si fue empujado, empujado por su curiosidad.

En este caso las consecuencias no fueron de las mejores, pero debemos reconocer que, si no fuese por la curiosidad, seguiríamos estancados en conocimientos prehistóricos.

La curiosidad es una de las fuerzas naturales capaces de mover al mundo.

El investigar no es más que el intento por satisfacer nuestra curiosidad.

Bendita sea esa desazón capaz de romper la inercia del estatismo y llevarnos a buscar nuevas respuestas que generan nuevas preguntas y así hasta el infinito para hacernos progresar.

Claro está que como en todo, existen diferentes tipos de curiosidad, de la buena y de la mala.

La mala es esa que solo pretende saciar el morbo, mientras la buena es esa de los niños ávidos de conocimiento.

El ser humano es un equilibrio entre extremos y a pesar de que pretenda ser un hombre maduro disfrazándose con trajes y corbatas, siempre existe alguna dosis de niñez ávida de ser satisfecha. Hasta los inventos más revolucionarios se han llevado a cabo gracias a una curiosidad infantil bien administrada.

Los adultos queremos educar a los niños olvidándonos de todo lo que podemos aprender de ellos, empezando por esa tan poderosa curiosidad inocente.

En lo que seguramente se va a transformar en la noticia de la semana, puede que la curiosidad haya matado al gato por el susto cuando la señora atravesó la barrera, pero afortunadamente solo hirió al ciclista.

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