Sidebar

23
Mié, Oct

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

¿Es o no es la danza un catalizador? Disminuye la toxicidad de la combustión. Estimula el desarrollo de un proceso. Impulsa o canaliza un movimiento colectivo. La catálisis es una acción activadora. Metáforas que nos pueden servir para bordear esa atracción y ese viaje en el que, el movimiento de la danza, suele llevarnos.

 

El 14 de septiembre de 2019 abrió la temporada del Centro Cultural Vilaflor, CCVF, de Guimarães, la Companhia Nacional de Bailado, CNB, de Portugal, con dos piezas: Annette, Adele e Lee, de Rui Lopes Graça, y Madrugada, de Victor Hugo Pontes. Un programa doble que nos sirve para experimentar esa magnífica cualidad catalizadora de la danza contemporánea.

El 5 de octubre de 2019, el programa TRCDanza, del Teatro Rosalía de Castro de A Coruña, nos ofreció la oportunidad de entrar en la Happy Island, de La Ribot y la compañía Dançando com a Diferença, de Madeira (Portugal). Una magnífica pieza que cataliza cualquier prejuicio respecto a las posibilidades y límites del arte de la danza. Posibilidades y límites que, en realidad, no son más que los mentales y culturales que, muchas veces, nos imponen o nos imponemos.

ANNETTE, ADELE E LEE de Rui Lopes Graça y la CNB

Annette, Adele e Lee es el título de la pieza que Rui Lopes Graça y João Penalva crearon en 2019 para la CNB.

Esos tres nombres propios, que constituyen el título, son los de bailarines ausentes en la coreografía de Lopes Graça. Se trata de tres bailarines de zapateado, que generaron el material sonoro con el que David Cunningham compuso la música para este espectáculo.

Sin embargo, las bailarinas y bailarines presentes en la coreografía, que lleva el nombre de los anteriores, son de formación clásica y danzan al son de los ausentes.

Así pues, estamos ante una concepción de espectáculo muy peculiar, en la cual el material sonoro, grabado y generado por la danza del zapateado de unos bailarines, afecta e interviene en la danza de otros, desde un estilo y tradición (el zapateado) diferente al estilo y tradición clásica que marca el movimiento de los danzantes.

Este detalle, en si mismo, genera una especie de disyunción o contraste, entre lo que vemos y lo que oímos, que, no obstante, funciona como una suma, como un diálogo en la diferencia. Hay una simbiosis entre lo que oímos y lo que vemos, hay un fundirse. Pero, al mismo tiempo, se puede sentir cómo palpita esa raíz diversa. Y esto produce en la pieza una muy rentable tensión rítmica.

No olvidemos que el ritmo no es la métrica, sino el grado de tensión que se genera y va fluctuando en las acciones y entre las acciones y elementos compositivos de una dramaturgia, sea ésta de danza o de teatro, más allá de voluntades narrativas.

En este caso, en Annette, Adele e Lee de Rui Lopes Graça, no se trata de una coreografía o de una pieza con voluntad narrativa. Aquí el poema de la danza florece en el escenario y se expande hacia nosotras/os, sin historias.

El elenco, compuesto por Andreia Mota, Anyah Siddall, Dylan Waddell, Francisco Sebastião, Inês Moura, João Pedro Costa, Leonor de Jesus, Miguel Esteves, Raquel Fidalgo, Tatiana Grenkova y Tiago Coelho, realiza una interpretación finísima y fluida, de una coralidad hermosa.

La limpieza austera del vestuario y del espacio escénico, diseñados por João Penalva, en conjunción con el diseño de luz de Nuno Meira, hacen del movimiento una especie de inflorescencia fascinante.

Las mallas de colores intensos, rojos, fucsias, rosas, en las que se enfundan los cuerpos, dan una imagen que se debate entre el poderío flamígero de la llama y la suavidad delicada de los pétalos de una flor. Esto contribuye a una recepción contemplativa que no se impone, que no nos roba de manera impetuosa, sino que nos invita a gravitar en sus órbitas.

Pese a esos colores intensos rojizos, rosas y fucsias, al rojo del linóleo del suelo y a la tierra que nos transmite el zapateado, la coreografía juega al contraste, desmaterializando. La coreografía, en los unísonos y cánones, en las repeticiones y variaciones de movimientos, descarnaliza, a través de un movimiento con mucha geometría y repetición, en la onda del mínimal de la danza posmoderna. Medias puntas, muchos giros y apertura de brazos, battements… forman parte de esa gramática. Los battements de diferentes tipos, establecen, en el aire, una analogía con el zapateado que escuchamos todo el rato.

De esta manera, la tierra y el peso, que el zapateado evoca, se elevan hacia el aire, en esa geometría y matemática del movimiento, con el vigor colorido de los cuerpos como mediador.

MADRUGADA de Victor Hugo Pontes y la CNB

En otro estilo muy diferente está la Madrugada de Victor Hugo Pontes.

En el espacio cuadrangular de linóleo blanco, enmarcado por el negro, llama la atención un coche barato, en el margen izquierdo del fondo de ese rectángulo blanco, y una enorme lámpara circular, de luz cálida, en el margen derecho. Una lámpara que, en la penumbra, parece evocar a la luna.

Esta escenografía de F. Ribeiro nos traslada a un no lugar. El escenario no está camuflado, de manera realista, para que veamos un espacio de ficción. Se trata de elementos que funcionan como una especie de metonimia (la parte por el todo). De esta manera, el coche aparcado y esa lámpara-luna nos sirven para trasladarnos a lo urbano, a la pista de una discoteca, a las calles…

La música original de Rui Lima y Sérgio Martins, nos lleva hacia los clubs y discotecas nocturnas. Se trata de música electrónica de ritmos mayormente binarios, como el latido del corazón o los movimientos de la respiración.

Las bailarinas y bailarines entran y salen de ese espacio central del linóleo blanco, y siguen bailando y actuando en el linóleo negro, que rodea el rectángulo central. Entran y salen de la luz. Podemos seguir viéndolos en la penumbra, de manera simultánea a otras bailarinas y bailarines que están moviéndose en la luz.

El escenario se convierte, así, en un paisaje en el que podemos diferenciar, no solo gracias al pintoresco vestuario, elegido por Victor Hugo Pontes, sino también por el movimiento singular, retazos de personas, retazos de caracteres y actitudes. Un grupo diverso de personas que traen consigo sus historias, sus individualidades.

A lo largo de la pieza, que evoca una madrugada de fiesta, van cruzándose, en ese deambular nocturno, e intentando, por veces, desprenderse de la individualidad, para sentirse integrados en un todo, en una comunidad. La danza será la llave de acceso a esa comunión, pero también la marca personal.

Victor Hugo Pontes consigue difuminar los pasos y la técnica de clásico del elenco de la CNB. La propuesta parte de la extenuación del baile en las noches de marcha y fiesta.

La creación coreográfica, por tanto, incluye a las propias bailarinas y bailarines, que participan no solo como intérpretes, sino también con sus propuestas de movimiento singular.

Aeden Pittendreigh, África Sobrino, Almudena Maldonado, Francisco Couto, Gonçalo Andrade, Henriett Ventura, Inês Ferrer, Lourenço Ferreira, Michelle Luterbach, Miguel Ramalho, Nuno Tauber, Paulina Santos y Ricardo Limão, lo dan todo. En grupo, en solos, en dúos…

En los límites de la noche y el día, en los límites de la extenuación del cuerpo, del fin de fiesta, de la vuelta a la luz, después de bailar toda la noche, es cuando brotan pequeñas escenas que parecen contarnos algo, aunque ese algo se mantenga en el misterio de lo inefable. Algo sucede que nos resulta perceptible. Algo pasa entre las personas en danza. Incluso cuando alguien baila solo y alguien, desde algún rincón, se mueve mientras le mira.

Esas introspecciones compartidas, en un espacio común y de tránsito, nos colocan en lugares de vulnerabilidad y belleza que resultan, a veces, difíciles de encontrar en lo exterior.

Una bailarina dice al micrófono: “¿Dónde estás, no te veo?”

Entran y salen del coche aparcado. Se apoyan en él.

Las bajadas y las remontadas de la noche son como olas del mar, como la pulsión binaria del corazón.

Escuchamos declaraciones de amor, en plural, que suenan a gritos desesperados en el vacío: “Ey, guys, I love you!”

Saltos, carreras y un frenesí para alcanzar el grupo. Una visceralidad musical y dancística que supera los tópicos tribales y nos conecta con una juventud del siglo XXI, que necesita soltarse y soltar los roles, esos comportamientos pre-asignados culturalmente, que median en nuestras relaciones.

Las relaciones aparecen y desaparecen, como en la vida misma, pero aquí dentro de esa máquina del tiempo que Victor Hugo Pontes activa en esta pieza.

Porque, es cierto, la danza es una poderosa máquina del tiempo, capaz de acelerarlo o alargarlo e incluso de fulminarlo. Y nosotras/os somos… vosotras/os sois… y ellas/os son… tiempo.

HAPPY ISLAND de La Ribot y Cía. Dançando com a Diferença

Quizás uno de los ejemplos más radicales de la danza como catalizadora es la pieza Happy Island de La Ribot y la compañía de Madeira (Portugal) Dançando com a Diferença.

En el programa de mano del TRCDanza de A Coruña, debajo del título ponía “Danza contemporánea. Danza inclusiva” Y yo debo afirmar que, a los pocos minutos de comenzar el espectáculo, me olvidé de que estaba viendo a bailarinas y bailarines con síndrome de Down o diversidad funcional.

Un elenco compuesto por Bárbara Matos, Joana Caetano, Maria João Pereira, Sofia Marote y Pedro Alexandre Silva.

La convicción de su trabajo, la autenticidad de las acciones que realizan en el escenario, la belleza de algunos momentos, su capacidad para conjugar la diversidad a través de la danza… catalizaron cualquier ápice de prejuicio al respecto. Incluso esa moral buenista, esas actitudes condescendientes y de conmiseración disimulada con las que, en ocasiones, nos relacionamos con personas con diversidad funcional.

En lengua portuguesa continúan refiriéndose a esas personas como “discapacitadas” y se habla también de “deficiencias”. Sin embargo, yo les veo bailar y actuar en Happy Island y lo primero que podría pensar es: “Yo también soy deficiente en muchos aspectos, por ejemplo, no sería capaz de hacer algunas de las acciones que veo en esta pieza.”

El vestuario de La Ribot llena de felicidad la escena, con colores muy vivos y evocación de animales. Una bailarina va enfundada en una malla dorada, lleva una barriga de embarazada postiza por debajo, que se corresponde con el sueño de estar embarazada. Otra bailarina, que entra en silla de ruedas, está enfundada en una malla con un estampado de serpiente y se mueve con un temblor y un titilar, por veces, semejante a los del ofidio. Baja de la silla de ruedas y toda su danza se desarrollará en contacto con el suelo. Otra bailarina luce un vestido voluminoso de tules rojos, que participa, directamente, en la producción de movimientos y que, en determinados momentos, genera una imagen que recuerda a la corola sensual de una flor roja. Otra bailarina lleva solamente un pantalón muy corto plateado y realiza una serie de movimientos acrobáticos y gimnásticos. Mientras la bailarina que serpentea por el suelo, con un penacho de plumas multicolor en la cabeza, dibuja en el cuerpo de la gimnasta en danza. Un bailarín, con camiseta negra y unos pantalones de malla con estampado de leopardo, corre, salta y gira, sosteniendo en sus manos diferentes reflectores plateados circulares. Con ellos, como si fuesen la luna, reflectará la luz a la bailarina de dorado, en las diferentes poses escultóricas que realiza ésta por todo el teatro, escenario y platea.

Sobre el enorme ciclorama del fondo se proyecta, continuamente, una película realizada por Raquel Freire, en la que destacan los paisajes nublados de la isla de Madeira y las figuras danzantes de la compañía. Una mezcla de lo espectral y lo onírico, con un espíritu celebrativo.

La música, desde el piano contemporáneo, hasta la electrónica y el techno de Jeff Mills, “The Wizard” (El Mago), envuelve y arropa el movimiento, en una conexión energética.

Cada bailarina y cada bailarín tiene su momento estelar, aunque la pieza es eminentemente coral y anti-jerárquica.

Tampoco falta la palabra, cuando en el film, algunos de los integrantes del elenco, desde ese paisaje casi surreal, nos cuentan qué es la danza para ellas/os. También nos cuentan algunos de sus sueños e incluso la madre de Pedro Alexandre confiesa la admiración por su hijo y lo mucho que ha aprendido gracias a él.

Testimonios y declaraciones sencillas, hermosas, especiales, emocionantes, de una utopía que Happy Island hace realizable.

Y es esa realización de sueños y utopías alcanzables lo que transforma esta pieza en una obra de fantástica sensatez o de sensata fantasía. Justo lo que más falta nos hace. Por eso Happy Island, para mí, no es danza inclusiva porque incluya a personas con movilidad reducida o con síndrome de Down, sino porque nos incluye a nosotras/os, permitiéndonos comprobar que la utopía es factible y realizable, que la fantasía que nos habita puede ser una realidad y no una locura negativa. Que todo es posible.

En definitiva, danza catalizadora de lo político a través de cuerpos y personas diversas. Porque la revolución del futuro no debería de ser cruenta sino bailada.

 

P.S. – Sobre la obra de Victor Hugo Pontes, en esta misma sección de Artezblai, también puede leerse:

Danzar desde los márgenes, según Victor Hugo Pontes”, publicado el 7 de mayo de 2018.

¿Es posible la abstracción despersonalizadora? Uníssono de Victor Hugo Pontes”, publicado el 10 de junio de 2017.

Carnaval y danza con Victor Hugo Pontes”, publicado el 11 de julio de 2016.

El arte de la caída según Victor Hugo Pontes”, publicado el 10 de abril de 2015.