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Mié, Abr

Y no es coña | Carlos Gil

Confieso haber pasado unos meses de desapego teatral. Una confluencia de temores propios, complejos y empachos de realismo productivo externo han dañado parte del almacén de credulidad, ilusión y perspectivas con el que alimentaba ese motor híbrido que nos proporciona una energía regeneradora que nos ayuda a huir del despecho y el desprecio que a veces anida en nuestra propia frustración hacia un sistema que consideramos atrapado en su propia inconsistencia y una reglamentación basada en principios que no funcionan en nuestros días.

No he superado la crisis del todo, pero me agarro a cualquier circunstancia de mejora para seguir produciendo las hormonas suficientes para no sentir mareos en cuanto encadeno dos pensamientos analíticos seguidos sobre lo que veo, lo que me ocultan y lo que se regula o se exprime. Y sí, vamos a tomar hoy una ola de optimismo, que debe satisfacer a ti mismo o a mí mismo. Sabemos que es un placebo, pero si quita alguna angustia, es un remedio coyuntural que bienvenido sea.

Aplaudimos la diversidad en nuestros escenarios. Si alguna cosa tiene de magia una sala, un teatro, un espacio vacío es que se llena con palabras, objetos significantes, luces y sombras y cambian, transforman, reinventan. Y cada historia contada sobre unas tablas es una historia de la humanidad, contada por un loco, una divina o por un farsante. Y la humanidad es muy amplia, cabemos todos o estamos todos excluidos menos el ego del que narra. Todas las estéticas confluyen en un acto público, en una convención variable, en una ceremonia a la que llamamos teatro.

Nos advirtió hace ya unas décadas Patrice Pavis que con la incorporación de tantos lenguajes a las propuestas escénicas iba a ser casi imposible que un solo especialista, pongamos que se refería a un crítico teatral, pudiera a analizar con un mínimo conocimiento de causa una obra en la que había texto, gesto, música, danza, plástica, audiovisuales y otros lenguajes confluyentes, hoy en día en difícil que alguien pueda tener una visión global medianamente dotada de los elementos cuantitativos suficientes para saber cómo está el teatro español. O el teatro vasco. O el teatro Iberoamericano. Diría más, nadie conoce ni el veinticinco por ciento del teatro que se hace cada fin de semana en una ciudad como Madrid.

Si en el mes de enero que termina alguien ha visto, es un poner, treinta obras, se ha dejado por ver doscientas. Es un suponer. Por lo tanto, poner estrellas, pontificar, generalizar es una tarea retórica y absurda que nos lleva a la selección de fragmentos para hacer una idea sesgada de una realidad inabarcable que nos coloca ante una diversidad que podemos considerar buena dentro de la teoría del caos, pero que nos congela el discurso generalista ya que se están produciendo situaciones de clasificación de autores, directores, actores, salas y espectáculos que va a ser de difícil reorganización fuera de este sistema cainita de cuantificar y dar valores de cambio y no de uso. Olvidarse de la calidad, de lo intrínsecamente teatral, para hablar de una suma y sigue de salas y proyectos que nacen y mueren sin denominación de origen y sin sello de garantía.

Sí, todo es una gran contradicción. Pero las distancias entre el teatro bueno y teatro malo no están bien señaladas en las hojas de ruta de las revistas, los medios de comunicación generalistas, blogs, los supuestos críticos y analistas y tampoco entre los medios profesionales, ya sean gremiales o sindicales. Y no es cuestión de dinero. Es una cuestión de devaluación del discurso escénico, de la estética, del lenguaje, de la calidad, en busca de la eficacia y la supervivencia o el enriquecimiento inmediato. Conviven diversas maneras de producción, energías emergentes y vicios antiguos, pero sobre la escena, al menos para este que les quiere, no hay tantas divergencias. Se está con un pulso artístico muy bajo, con una intencionalidad creativa de urgencia y supervivencia y eso, conlleva demasiados descuidos, demasiadas renuncias, demasiadas modas y modales reiterativos y nada adecuados a estos tiempos de cambio social y cultural en los que vivimos.

Y sí, hay tetaros llenos y teatros medio llenos o vacíos. Como siempre. Unos ciudadanos que saben de la existencia del teatro, que lo usan de una manera o de otra y que encuentran en los escenarios las obras que les dejan satisfechos, porque no les cuestionan absolutamente nada de su existencia ni su pensamiento. Todo va según le horario previsto. Pero hay que ir recuperando espacios para los tiempos nuevos. Y eso es una decisión política y cultural, no solamente económica.