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Vie, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Estamos de acuerdo en que se están cambiando las reglas del juego sobre la marcha. Los acontecimientos se suceden a una velocidad imposible de asimilar. Si se han tocado Sanidad y Educación, cualquier recorte o intervención capadora contra la Cultura pasará desapercibida, entre otras muchas razones porque falta unidad de acción y sobra miedo, y la ausencia de programas, planes, alternativas, todavía frena más cualquier reacción. Se vivió en una burbuja tóxica y al pincharse hemos salido de sopetón con los reflejos adormecidos. Ya despertaremos.

Siempre, pero en situaciones creadas por esta convulsión social, política y económica, la pregunta que se coloca de manera constante antes de emprender cualquier acción es: ¿qué tipo de teatro o danza se debe hacer en estos tiempos? Las estructuras de producción son condicionantes muy importantes, y está claro que se van a debilitar las públicas, no sé sabe hasta qué punto, y las privadas se van a demoler, con excepción de algunas productoras preeminentes. El resto, sin cobijo institucional o reducidas las ayudas al mínimo, quedando la inmensa mayoría a la intemperie, deberá, no solamente buscarse la vida, sino su sentido final, no precisamente en el campo profesional sino el de su incardinación social, porque si se va a depender de los públicos, se tendrá que buscar una manera de llegar a ellos, convencerlos y hacerlos cómplices de las propuestas.

Insistiremos en no pontificar, en respetar cualquier opción, cualquier elección, sea de supervivencia o sea de proyección de un interés general, pero la cuestión es que si desde los escenarios se intenta crear placebos a base de obritas menores, que huyan de cualquier viso de contacto con la realidad, será una manera de acabar con las pocas posibilidades de un resurgimiento de las artes escénicas como un elemento de cohesión social, desde una perspectiva cultural que vaya algo más allá de lo cotidiano, de los lenguajes adocenados que desde las docenas de cadenas televisivas surten de manera habitual, gratuita y a granel para la ciudadanía más indefensa.

Algunos pensamos que la duda ofende y que solamente con lenguajes teatralmente más potentes, tocando asuntos que conciernan a una parte sensible de nuestra sociedad, utilizando los lenguajes artísticos más novedosos, sin exclusión de género alguno, se podrá caminar junto a los movimientos más progresistas, más activos, que planteen salidas que no sean las que nos llevan a la aniquilación. Teatro de repertorio, con los títulos, autores y planteamientos que durante el siglo pasado se logró tejer una idea de ciudadanía, de libertad, de democracia. Teatro de creación, con todos los atrevimientos, pero que llegue a los públicos más inquietos, jóvenes, nuevos, o de siempre, pero que busquen en las artes escénicas algo más que pasar un rato. Teatro comprometido estéticamente, que se acerca a los problemas reales y conjuntos, que los exprese con los medios adecuados para convertir la escena en un lugar de debate ético, intelectual o emocional.

Ese teatro será el que encontrará en todos los casos la respuesta adecuada de los públicos y el que trascenderá. El otro, tan digno en lo profesional, como cualquiera, al no intentar concienciar ni mover lo existente, se convertirá en un acto inane. Como mucho, un pieza bien hecha, un complemento, una vía elegante para el inmovilismo, para la perpetuación de lo que nos sitúa en los márgenes de la modernidad. Nadie debe renunciar a sus ideas, ni forzar un discurso no interiorizado. Nosotros nos colocamos en un lugar claro, en una postura, la que más o menos nos ha guiado hasta aquí, y lo hacemos con el convencimiento de que es el momento de hacer el mejor teatro, el más grande, el que esté al servicio de las clases populares, que no se mire el ombligo, sino que forme parte del pulso político de la sociedad en la que crece, que se coloque a la cabeza del la protesta y del debate.

Todo esto sabiendo que no existirá ayuda, ni posible cobijo para estas propuestas, que se deberá luchar por inventarse otra vez los espacios para su exhibición, para el encuentro con los públicos, encontrar el terreno donde desarrollarlo. No es volver a empezar, sino retomar el camino que se había abandonado. Si se mira hacia atrás, a nuestra historia universal de las artes escénicas, la esperanza es grande: lo que queda, lo que perdura, lo que nos sigue alumbrando es el teatro que en su tiempo fue más vanguardista, más revolucionario, que abrazó las ideas más progresistas. El otro, hizo ricos a unos pocos, pero empobreció la escena, con productos de mercado sin vocación artística.

Repetimos: la duda ofende.