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Lun, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

He pasado el fin de semana en Sevilla, en el festival Escena Mobile, viendo actuar a una treintena de artistas que añaden a su voluntad la necesidad de tener entrenamientos específicos debido a que tienen una movilidad diferente. En primer lugar, quiero señalar que me he sentido incurso en un acontecimiento de una calidad humana supina, donde se sabe conjugar perfectamente las emociones con el rigor artístico colocado no como un valor absoluto excluyente, sino relativo, ya que al juzgar entran en consideración muchos factores imponderables. He hecho de jurado. He compartido deliberaciones con personas excelentes. La organización hace todo para que compañías, acompañantes, jurados y organizadores convivan dentro de un marco de solidaridad y aprendizaje constante.

 

Cada vez me siento más cercano a estos movimientos integradores, a quienes hacen artes escénicas con dificultades previas de orden motriz, intelectual o sensorial. Conocerlos es comprenderlos, es volver a sentir de la necesidad de comunicación de los seres humanos a través de estas artes para explicarse ante los otros seres humanos o ante los dioses, utilizando los lenguajes propios. No podemos juzgar artísticamente con los mismos parámetros a dos bailarinas paraguayas con severos problemas de visión, pero lo cierto es que, sustrayéndose a esa circunstancia, su trabajo es ambicioso artísticamente, y eso me reconcilia mucho con la capacidad humana para expresarse por encima de cualquier circunstancia, de la búsqueda de la belleza más allá del propio yo o de sus propias circunstancias y posibilidades sociales.

No quisiera hacer un recuento de lo vivido, simplemente dejar constancia del agradecimiento a los organizadores, a todos los núcleos de formación con personas con estas dificultades, a los logros, al esfuerzo gozoso, a la voluntad, el empeño, el prurito artístico y el ver, otra vez más, que el teatro, la danza, es bueno practicarlo y verlo para todos los seres humanos, que no se trata sólo de un fenómeno mercantil, ni de una profesionalidad como objetivo final, sino que el calor humano que he vivido en el Teatro Alameda, por la sensibilidad de los otros compañeros viendo actuar a quienes competían con ellos, es bastante más importante que cualquier ranking.

Ganó un trabajo de dos coreanos, uno de ellos en silla de ruedas, una delicia técnica. Logró bailar con su silla, era como si bailase sobre patines, estaba integrada en su estética, se utilizaba con valor escénico supremo, junto a un bailarín que dialogaba desde la sensibilidad bípeda. Una historia de amor entre dos hombres. Una pieza que puede ser vista en cualquier contexto, porque es una buena obra de arte.

El nivel de los diez trabajaos seleccionados fue alto. En alguna ocasión este cronista sufrió sentimientos encontrados, ya que lo ofrecido partía de una obvia dificultad, a mi entender insalvable desde mi visión, lo que me impedía la observación no emotiva, no contaminada en ocasiones de grandes dosis de conmiseración, por mucho que buscase un punto de vista neutro. Espero seguir conociendo estos trabajos, estos movimientos artísticos con mayor profundidad para ir variando mi actitud paternalista.

Más mujeres que hombres, cosa habitual en casi todos los órdenes de la vida. Bailarinas y bailarines con Down que alcanzan cotas de calidad admirables. Las sillas de ruedas se manifiestan como elementos artísticos o como necesidad. Las muletas bailan y se expresan.

Recuerdo que hace años en Manresa en una Feria, Jordi Cortés, el coreógrafo catalán, pionero de estos movimientos, comentó que era muy curioso porque se podía entrar a casi todos los teatros como público con sillas de ruedas, pero que era en demasiadas ocasiones casi imposible llegar a los escenarios. Hay que incorporar esta circunstancia a todos los teatros y salas, dentro del reglamento de policía de espectáculos. 

Voy aprendiendo.

Voy comprometiéndome.

Salgo siempre reconfortado, esperanzado, humanizado.