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Lun, Sep

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Somos seres rutinarios. Se evidencia en nuestros horarios y agendas, y también en nuestro nivel de hormonas. Nos gusta tomar el café matutino siempre a la misma hora, con no más de dos dedos de leche, y terrón y medio de azúcar. Sintonizamos en la radio el mismo programa de ayer, que repetirá las mismas secciones bajo la dictadura del reloj. Para entonces la llamada hormona del estrés, el cortisol para más señas, ha alcanzado su pico coincidiendo con el despuntar del sol. Con ese chute que nos inyecta el cuerpo, desarrollaremos la actividad diaria, toda ella organizada por cuadrículas. De tal hora a tal hora, esto, de esta hora a la otra, aquello, el cuarto de hora de la pausa café, otra vez con terrón y medio de azúcar, y después, la comida salpicada con nuestras manías, el pan sin corteza, las vainas sin hilos, el bistec en ese punto que solo uno conoce, y siempre un kiwi de postre para lubricar tanto trajín intestinal. Las tardes son para el tiempo libre, pero que, no nos engañemos, está tan enjaulado como el horario laboral: lunes y miércoles gimnasio, martes y jueves al parque con los niños, el viernes para celebrar con amigos, fines de semana para la familia y algún acontecimiento cultural. Y todos los días, antes de dormir, esa lectura interesante, pero no lo suficiente como para quitarnos el sueño, con luz tenue por favor, mientras nuestro cerebro segrega la melatonina, la hormona del sueño, el somnífero habitual con el que el cuerpo nos obliga a cerrar los ojos hasta el día siguiente.

La rutina nos da la inercia de la supervivencia, nos ofrece una orientación mínima para no perdernos en un mundo que parece hecho para los otros. Por momentos crea un oasis de comodidad donde la existencia se vuelve más tolerable. Nos da acción aunque carezcamos de deseo, simula razones cuando nos invade tanto sinsentido. En tiempos oscuros, funciona como un pretexto necesario para salir del vacío. Nos plantea un itinerario cuando el primer impulso del día sería quedarnos escondidos bajo las sábanas. Enciende ese piloto automático que guía la marcha cuando nos movemos en arrastre y no en vuelo.

Aunque habitualmente funcione como estructura necesaria para subsistir, la rutina nos lleva a un paraje más tenebroso cuando alarga su sombra. Nos sitúa en un círculo vicioso, en una rotonda sin salida. Un espacio tramposo donde prolongamos las decisiones tomadas a la defensiva, donde disolvemos ficticiamente la sensación de arrepentimiento. Allí donde asentamos inadvertidamente vicios de opinión, automatismos en el pensamiento que se adhieren a uno sin saber por qué. Allí donde acabamos elevando el ego sobre unas creencias que aparentan solidez en la realidad aislada de uno mismo, pero que son naipes al viento si se confrontan con otras realidades diferentes a la nuestra. La rutina, en fin, que perpetúa nuestra ceguera y nos impide aceptar otras perspectivas, que no por ajenas dejan de ser válidas.

Jugar con esta doble vertiente de la rutina resulta inevitable en el campo artístico. Sabemos de la necesidad de la disciplina y de la resistencia, que no son sino dos rostros conocidos de la rutina. Todo desarrollo técnico necesita repetición. Toda investigación crece a base de incidir sobre una misma idea. Hay lugares que solo se alcanzan desgastando suela en la misma dirección. Sin embargo, la rutina mal gestionada deviene fácilmente en una atmósfera que aplaca la frescura, que impide la chispa imprescindible para engendrar cualquier creación. Se nos puede venir encima como una niebla densa. Algo que aparentemente no pesa, pero que vuelve difuso aquello que surgió con brío, con brillantez. Ni la depuración técnica, ni el talento, ni el impulso irracional que nos ayuda a afrontar tantas circunstancias adversas parecen acompañarnos con la misma fuerza.

¿Cómo escapar a esta suerte de letargo que inevitablemente conlleva toda rutina? Nadie espera respuestas absolutas, sin embargo hoy quiero compartir una opción posible: colaborar. A priori, colaborar suena dulce, a una suma de intereses en busca de un objetivo común, una bonita manera para aprender de otros. Pero si se le da tiempo, si se profundiza, si se va más allá del mero encuentro interesado, más allá de la complejidad de toda relación humana, más allá del exceso de respeto, si el encuentro es también una colisión abierta de ideas donde se prioriza la creación, encontramos algo más. Llegamos a un acto de desprendimiento. Uno se desprende de certezas que quizá no eran sino manías creativas, deja de lado opciones que uno repetía por simple tendencia, y se abre a otras miradas, a otras propuestas que, si la humildad acompaña, asumiremos que mejoran las propias.

Uno se desprende de una parte de uno mismo para incorporar una parte de otros. Suena a una anulación, pero es en realidad una invitación a comenzar un nuevo ciclo. Colaborar es mudar de piel, una poda del ego, es un alzarse en ideas contra la rutina, contra maneras de hacer preconcebidas. No es simplemente estar en predisposición para el intercambio, es algo más arduo, más complejo, un juego de equilibrio a muchas bandas que requiere una entrega adicional por parte de cada miembro. Si finalmente resulta, se llega a un lugar extraño, extremo, donde esa creación que uno asume como propia, tiene en realidad muchos autores, ideas en apariencia muy lejanas al imaginario de uno. Es el vértigo de haber creado algo tan propio como ajeno. Y, créanme, ésa es una rareza muy placentera.