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Lun, Jun

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

¿Qué pasaría si el público teatral, en vez de estar sentado en la oscuridad de una platea, estuviese de pie y se pudiese mover según lo necesitase? Alejarse cuando se sienta intimidado, aproximarse cuando la acción tome forma de confidencia, girarse cuando no soporte la imagen, marchar, volver... bailar si el ritmo le lleva...

La historia del teatro relata que en los corrales de comedias del Siglo de Oro y en el teatro Isabelino, antes de la invención de la luz eléctrica, el público no estaba amarrado a una butaca, quieto y en silencio, imbuido en la representación. Frente al escenario, igual que frente a las tarimas que las compañías ambulantes de la Comedia del Arte italiana instalaban en medio de una plaza, había tanta ebullición casi como encima del escenario.

Hoy en día, ni la danza ni el teatro cuentan, en sus dramaturgias, con una recepción tan movida, bulliciosa y quizás dispersa. Esto solo se da en los conciertos de música electrónica, pop, rock, heavy metal... donde el público baila, salta y vibra al ritmo de la música y, generalmente, con una copa en la mano. No acontece así con los conciertos de la denominada música culta (clásica, barroca, antigua...), en la que el público permanece sentado en su butaca evitando toser o hacer cualquier movimiento que pueda hacer algún ruido que perturbe la escucha. En el jazz, sin embargo, suele darse una recepción más distendida, sobre todo en los clubs de jazz en los que el público escucha mientras se toma unas copas, pero sin estar dando saltos ni bailando.

Se trata de rituales diferentes en los que, además del estilo musical, también se suele agrupar un público determinado, incluso con una estética determinada. Por supuesto, influye mucho el hecho de si la música está amplificada o no. La música electrónica o el rock, por ejemplo, con muchos decibelios, permiten gritar, hablar, saltar, etc.

Todo esto en la danza y en el teatro, también se da, claro que sí, pero en vez de expresarse de una manera tan exteriorizada y evidente, se produce de una forma contenida e interna.

Hace unos días asistí a un espectáculo titulado Directo 9 que indaga, precisamente, sobre esa energía que se contagia en los directos en los conciertos de música electrónica. En este caso no se trata de que el público participe de manera directa ante la pieza de danza, como si estuviese en un concierto en directo de música electrónica, aunque de hecho lo esté. Se trata de que el público observe esa coreografía pulsional que florece en los cuerpos que danzan envueltos en la música lumínica y en la música sonora electrónica.

Observar, mirar y escuchar, nos afecta, podemos identificarnos rítmicamente y dejarnos arrastrar a nivel muscular y emocional, aunque sea en una proporción muy inferior a la de quien danza. Podemos sonreír ante los cambios que se van produciendo en las interacciones de los bailarines y el Dj. Podemos flipar con el aguante y sentirnos impresionados ante la danza heroica que vence el cansancio y desplaza los límites de los cuerpos hacia ámbitos ignotos donde asoma el misterio. ¿Cómo podrán seguir? ¿Cómo acabará esto? ¿A dónde quieren llegar?...

Directo 9 se estrenó en el Teatro Ensalle de Vigo, el miércoles 3 de octubre. Es la pieza número 9 de la compañía gallega de danza contemporánea Pisando Ovos, que dirige la bailarina y coreógrafa Rut Balbís.

Es la primera pieza en la que Balbís no baila y permanece en la función de dramaturga y directora escénica.

La coreógrafa, una vez más, renuncia a la seguridad de presentar un resultado, una obra cerrada, con una coreografía establecida y marcada por ella. Pisando Ovos continúa por la vía de la exploración de los cuerpos en movimiento, con el espacio, con la música, con la luz.

Balbís confía plenamente en la bailarina Laura Villanueva y en los bailarines Fran Martínez y Raúl Pulido, junto al Dj. Jas Processor y al creador de iluminación Afonso Castro, y apuestan por el directo compartido con nosotras/os. Ese directo típico de los conciertos en los que se produce una energía común que inunda la sala e invade los cuerpos, llevándolos a terrenos más allá de lo cotidiano e incluso de los modos que caracterizan a cada persona, como personaje o identidad.

En el magma de la música electrónica, rematada a ritmo de muiñeira en pandeirada, la bailarina y los dos bailarines dejan que sus cuerpos lleguen a los límites de la extenuación, en movimientos repetitivos y rítmicos de diferentes amplitudes y derivas.

El cante gallego de raíz también surge ecualizado por Jas Processor, llevado hacia una suerte de alucinación sonora, concomitante con la alucinación física y dancística experimentada por quien danza.

La manipulación de los dispositivos lumínicos que están dentro del palco, los paneles de cegadoras, por parte de los bailarines y la bailarina, generan un juego de composición y recomposición del espacio y de la imagen escénica, en intersección con sus propias figuras, en algunos momentos desvaídas o fragmentadas por ese mismo juego.

La acción lumínica, de Afonso Castro, también danza en la pieza, produciendo cambios espaciales y aportando diferentes tensiones en las duraciones de esos efectos lumínicos.

El empleo del rayo láser, barriendo la grada y extendiendo un paño verde por encima de nuestras cabezas, que cambia a una línea en el horizonte del foro, acaba por constituir un motivo poético. Sobre todo cuando ese rayo verde se refleja en el espejito circular que, como un ojo, la bailarina Laura Villanueva yergue hacia el cielo en una mano, mientras sus dos colegas la levantan en el aire. O cuando el bailarín Raúl Pulido estira el brazo hacia las alturas y lleva ese punto destellante de luz verde en la palma de la mano.

Hay una verdosidad y una humedad texturizando este Directo 9.

El verde del paisaje gallego, la humedad de los musgos y los líquenes que reptan por las piedras, por los árboles, por el asfalto, hasta colarse por las brechas de nuestro pensamiento. También la humedad del movimiento que no se rinde al cansancio, sino que se expande sin lindes en la danza case tribal que implica un directo. Porque, de algún modo, este Directo 9 nos muestra que los impulsos rítmicos del directo, de las artes vivas, su humedad, su contagio vital, su física y su química, nunca podrán ser reemplazados por el arte virtual ni por el mundo virtual.

 

P.S. – Sobre el trabajo de Rut Balbís también se puede leer en esta misma sección el artículo titulado: “Dramaturgia en proceso. Azar y necesidad. Las flores de Rut Balbís”, publicado el 24 de mayo de 2014.

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Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
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