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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Los posmodernos huyen del mensaje. Los de derecha también. Por motivos diferentes coinciden en su ensoñación metodológica de lograr hacer tortillas sin romper huevos. Los que se confiesan de izquierda deben convivir con una maldición: hacen teatro panfletario. Y abundando en los tópicos o lugares comunes, el teatro de compromiso, se supone, es siempre de izquierdas.

El planteamiento arriba expresado es, según mandan los que dictan los valores absolutos, un concepto obsoleto, algo que solamente puede salir de la mente de un sesentayochista, de un “progre” trasnochado o de un radical de izquierdas. Es el discurso oficial que con tanta vocación han abrazado los voceros del posmodernismo, de la debilitación del compromiso histórico, de quienes han entendido que colocados todos en el mercado puro y duro, ganarán los más fuertes, sin medirse en su fuerza, simplemente tomando una buena posición en la cola de los que tienen bien engrasadas sus bisagras para las reverencias y genuflexiones y los golpes de pecho ante los circunstanciales ostentadores del poder cultural, es decir, de quienes tienen por unos meses o años la posibilidad de firmar un decreto que se convierta en ayuda o subvención, o sea, los que ejercen su censura económica en nombre de una objetividad cultural o estética nunca demostrada.

Situados todos en ese supuesto y absolutamente inexistente mercado, las carteleras hablan por sí mismas. No hace falta que nos esforcemos en diatribas, ni en resucitar manuales ni doctrinas. Todo se parece tanto, en tantos lugares de la tierra, que parece obvio que se está haciendo un teatro de franquicia, un teatro de éxito y con unos sistemas de producción que solamente propician el mercantilismo por encima de cualquier otro dato valorativo.

Por ello algunos mantenemos que hacer un teatro que no cuestione el status quo es hacer un teatro complaciente con lo existente, es decir, conservador, escapista. Y como está más que comprobado y es científicamente demostrable, existe un compromiso muy fuerte con los valores del neoliberalismo, del conservadurismo más coercitivo, del capitalismo más excluyente y se manifiesta encima de los escenarios de manera constante y sin necesidad de significarse. Es un compromiso con una ideología, aunque se intente disfrazar, ocultar, precisamente,  para lograr efectos más contundentes. Un teatro panfletario totalmente reaccionario.

Quizás haya que recordar aquí lo que decía el dictador español Francisco Franco a sus ministros: “usted haga como yo, no se meta en política”. En aquellos años se decía que se era “apolítico” como una manera de no ser señalado, de sobrevivir en una dictadura, pero en el supuesto de que se viva en democracia y exista libertad, el apoliticismo es una pose, es una manera de ser cómplice con todo lo que se esté haciendo. Y en las artes escénicas, este apoliticismo sirve para encumbrar una de esas palabras fetiche: profesional. Y dicho eso sobre alguien ya parece que está exento de significarse.

Mantengo de manera fundamental que toda estética comporta una ética, y que toda ética sustenta una política. Por lo tanto todo lo que se hace en el ámbito de la cultura, del arte, atendiendo a esta definición responde a una idea del mundo, a una ideología, aunque sea latente, de quien lo hace, y por lo tanto nadie escapa a ello. Quieran o no quieran, los que hacen teatro reaccionario, lo hacen. Aunque sea muy bonito y profesional. Su obra, todas las obras, a pesar de sus propios autores, transmiten un mensaje. O así lo entiendo yo desde que tengo uso de razón política.